Atentado Agravado

Este es un relato sobre la infancia de uno de los personajes de una historia nueva… que es la combinación de una historia viejísima con un personaje relativamente reciente (que Max sea uno de mis personajes “nuevos” habla muy mal de mi proceso creativo de estos últimos años).

Son varios personajes, pero justo encontré cinco desafíos que me sirvieron de inspiración para los relatos o fragmentos de los cinco Recipientes de los Dones Antiguos.
Cuando empecé a dar vueltas a la idea, los “recipientes” eran un puñado de alienígenas, pero las cosas han cambiado un poco desde entonces.
Giertreig tiene el cambio más notable, pero al mismo tiempo el menos importante (iba a ser la hermana de enmedio en una familia de científicos brillantes que no la consideraban lo bastante inteligente, en la nueva versión es el hermano menor, pero lo demás va más o menos igual).

“Giertreig”. Aún me cuesta escribirlo. Por eso antes mis extraterrestres se llamaban “Carlo” y “Frak”, porque no se me olvidaba como deletrear eso.  (O Rubén, había un Rubén y un Álvaro… Nada raro ahí, ¿eh?)

Pero, ya dejemos de divagar.


Recipiente del tiempoAtentado agravado

El acusador se tomó su tiempo para ubicar su asiento justo en el centro de su lado de la mesa. Acomodó sus documentos parsimoniosamente. Comenzó a acomodar el calendario para que estuviera en el ángulo correcto.

―¡Por todas las capas de todos los universos, Giertreig! ―exclamó un muchacho de piel clara que estaba sentado en el otro extremo de la mesa―. ¡Ya hacé la acusación! ¡No tenemos tu tiempo!

El niño más pequeño, el que tenía un color de piel perfectamente normal, siguió con su metódico proceso de organización, pero habló mientras lo hacía:
―Los acusados, Ylqird y 0tfhavita, realizaron un atentado agravado de tipo ocho.

Al escuchar eso, la dictaminadora se sintió un poco decepcionada. Esperaba un arbitraje peculiar desde que vio al niño pálido acompañado por su hermano adolescente. Pero los acusaban de un crimen usualmente aburrido. Incluso en los casos agravados, por lo general no se trataba de gran cosa.

Había casos trágicos, por supuesto, como el que había puesto a todos tan nerviosos que hoy en día prácticamente nadie cometía el crimen. En esa ocasión, no se había encontrado al individuo que había dejado una vieja soga colgando de una rama. Sólo sabían que una mujer se había enredado en ella y el árbol había crecido en ese momento tan inoportuno, acabando con la vida de la mujer en una forma tan horrible que había mundos en que ese método se usaba para ejecutar criminales.

―¿Debo suponer que el chichón en tu frente es el resultado?―preguntó, sin demasiado interés.

―También me lastimé el tobillo.

―Ajá ―aburrido, ya se lo imaginaba―. ¿Y exiges que ellos atiendan las lesiones, supongo?

El niño asintió.

―¡Pero no hicimos esa cosa! ―0tfhavita se volvió hacia su hermano menor―. ¿Verdad?

―Bueno, si lo tiramos al piso… ―murmuró el otro―. Señora, ¿exactamente de qué nos está acusando mi hermanito?

Oh. Por eso los tres tenían varios rasgos similares, porque el acusador también era uno de ellos. Mientras ella procesaba esa información, el pequeño respondió a la pregunta:
―El atentado de tipo ocho es tirar basura. Se vuelve agravado cuando alguien efectivamente se lastima.

―Oh. Entonces ya la salvamos ―exclamó el adolescente.

―Eso lo voy a decidir yo ―aclaró la mujer―. A ver, Giertreig, explicá lo que pasó.

―Estos dos dejaron en el piso una cáscara de alguna especie de musa, y me resbalé en…

―Disculpá, ¿qué es una musa?

―Musa paradisiaca ―explicó el niño acusado―. Es una planta de la tierra, y la cáscara de la fruta es super resbalosa.

―Lo cual explica la segunda cabeza que le está creciendo al bebé ―resumió el adolescente, señalando la frente de Giertreig.

―¡Ya no me digas bebé! ¡Ya tengo veintiséis dientes!

Los mayores sonrieron.

―De acuerdo, de acuerdo. Ya lo comprendo. Dejaron la cáscara de una fruta, causando un accidente. Ninguno lo niega, ¿verdad?

―Pero no estábamos tirando basura ―dijo el adolescente―. Estábamos haciendo un experimento.

Ah. Esto ya sonaba más como una acción de Ylqird, el más joven miembro del concejo científico de la comunidad boscosa.

―¿En la calle y sin poner avisos? ―el acusador se cruzó de brazos, y les echó una mirada de incredulidad.

―¡Claro! Si poníamos avisos, no te hubieras resbalado. Tan torpe no sos.

―En teoría ―aclaró el mayor.

―Por favor, ¿en qué consistía su experimento? ―preguntó la dictaminadora mucho más interesada que antes.

―Estamos tratando de determinar la relación entre la naturaleza de un evento y la velocidad con que el Recipiente del Tiempo puede reaccionar a él.

―¡El Recipiente del Tiempo! ―exclamó la dictaminadora.

―¿O sea que todos esos incidentes han sido a propósito? ―preguntó el niño lastimado, llevándose la mano a su cabello mal cortado.

La mujer hablaba al mismo tiempo:
―¡No tenía idea de que uno de los Dones Antiguos había caído sobre uno de nuestros vecinos!

―Oh, sí, justo ese ―el adolescente señaló a su hermano más pequeño.
Pero qué coincidencia tan oportuna. ¡Justo un miembro de tan renombrada familia de científicos!

―¿Incluso cuando Urhgoaf casi me tira del tercer piso, era para ver si detenía el tiempo antes de estrellarme con el suelo?

―Técnicamente, si te tiró ―señaló el adolescente.

―Pero no aprendimos mucho de eso ―suspiró el otro―, te demoró mucho más de lo usual, pero afectaste solamente tú tiempo esa vez. No tenemos con qué compararlo.

El más chico entornó los ojos.

―¿Todos estaban en esto? ―preguntó, arrastrando la voz, mientras los señalaba con un índice amenazador.

Los otros asintieron, sin impresionarse en lo más mínimo por la ira de su hermano menor.

La dictaminadora se aclaró la garganta, en un intento por evitar que el conflicto empeorara. Todo el mundo sabía que los Recipientes de los Dones Antiguos podían ser peligrosos si se lo proponían.

―Oh ―el niño la miró como si apenas recordara que ella estaba ahí―. Mis más sinceras disculpas. Fue todo un malentendido.

Él parecía lamentarlo realmente, y ella sintió profundo alivio al dictaminar la inocencia de los acusados.

Sin embargo, no supo si sonreír o redactar una solicitud de vigilancia cuando los escucho hablar mientras salían:

―¡No puedo creer que hayan estado experimentando sin decirme!

―¿Y desde cuándo tenemos que decirle nada a los sujetos de pruebas?

―¡Saben que quiero llevar la investigación de los dones antiguos! ¡Si siguen sin tomarme en serio, les voy a acelerar el tiempo hasta que se mueran de viejitos!

―Pues te vamos a tomar en serio cuando aprendás a acelerar el tiempo…

Sólo es una promesa

Por un defecto en los reguladores, está nevando en la estación Eiko. Un día blanco en el que RED resalta incluso mas de lo que solía hacerlo Tabitha con su atuendo oscuro de #temporalBreveEfimera amante del Rock Eco. La nieve nos parecía molesta, ahora los dos vivimos en lugares sin ese tipo de clima.

—¿Qué piensas, fiv?

Ni siquiera conozco la traducción correcta a esa palabra, pero sé lo que significa. Sé lo que ella piensa cuando me llama “fiv”, aunque no sabría ponerlo en palabras. Sólo sé que siempre me causa la necesidad de sonreír y tengo que hacer un enorme esfuerzo para no ir directamente al núcleo de esos pensamientos tan intensos que la definen.

Lo que piensa me ahoga, y no quiero que acabe. Supongo que así es como lo sentían los poetas de La Tierra.

Automáticamente, le digo lo único que podría decirle: la respuesta sincera a su pregunta. Por el gesto en su cara, sospecho que es una suerte que justo ahora no este viendo en su mente: lo que piensa no me gustaría.

—Deberías llamarla —dice.

Que extraño. A ella le gustaría que yo dejara de hablar con Tab para siempre, ¿y dice que la llame, sólo porque me pregunto si extraña la nieve?

—Dile que nos comprometimos.

Ah. Ya veo.

No será la noticia que por fin me separe de Tabitha, pero entiendo porque Red espera eso. Es por lo mismo por lo que siente celos: ella no logra comprender nuestra relación, y piensa que Tab le lleva ventaja por ser de mi mundo.

En cualquier caso, si debería contarle a mis amigos que encontré el amor y que ahora busco una ceremonia de matrimonio válida. Aunque sólo debo entrar al edificio cercano, antes de irme la beso como si fuera la última vez.

En el centro de comunicaciones me encuentro al hermano de mi prometida. Rezonga sobre mi conducta en Yhe. Algo me dice que si le hago una visita a su subconsciente… Ajá. Ni siquiera tuve que llegar hasta el subconsciente para descubrir que lo que en realidad lo ofende es que Red y yo estemos a punto de casarnos. Sus motivos para sentirse tan indignado son un asunto complicadísimo, pero supongo que es injusto llamarlo un patán sólo porque su código moral y su definición de respeto son totalmente diferentes a los mios.

Continúo acumulando ‘infracciones inofensivas pero evidentes’, como él dice, al encender uno de los amplificadores y abrir el cada vez menos usado canal de comunicación con El Observatorio.

Contesta Jake. Siempre esta ahí a esta hora.

Su voz, perfectamente clara y audible, a mi me suena distante, vacua. He oído más de una vez que lo describen como un tipo banal con una voz que hace juego. Pero yo nunca tuve esa impresión. Su mente es uno de los universos más sensibles que yo haya visitado en mi vida.

Siempre estuve acostumbrado a rondar su mente mientras lo escuchaba, creo que por eso se me hace tan pobre oír su voz desde aquí.

En menos de cinco minutos las chicas están en la línea también. Todos me felicitan, pero desde aquí no puedo sentir el entusiasmo. Más bien me siento sólo. Ni siquiera les explico que no sé como voy a casarme con ella, que no hay un planeta en que las reglas nos resulten convenientes. Cuando estaba en casa, cuando no estaba muy seguro dónde acababa mi mente y empezaban las de ellos, eso hubiera sido parte de la conversación, y de algún modo me habría ayudado hablar con ellos. Ahora… ¿esto es a lo que se referían mis padres al decir que al salir del colegio los amigos se pierden?

Al acabar la llamada de larguísima distancia, estoy emocionalmente drenado.

—¿Malos augurios? —pregunta uno de los amigos de mi prometida. Es un amigo para mí también, supongo, pero no entro y salgo de su mente como si fuera mía, así que no me ayuda a sentirme acompañado.

De todas formas, le explico lo que puedo sobre mi situación.

—Ah, es por el matrimonio. Le pasa a casi todas las especies.

—No tenemos ni la fecha, ni siquiera encontramos una ceremonia. Es temprano para nostalgia por nupcias.

Él hace un ruido ronco con su nariz, el equivalente de su especie a encogerse de hombros.

—Es la decisión la que cuenta, no la ceremonia. Cuando eliges casarte, o no casarte, estás admitiendo en que forma amas a tu otra persona.

Ahora entiendo porque la gente de su cultura no se compromete, sólo escriben y firman su contrato de una vez. Me gustan sus contratos, pero la ceremonia se realiza en un planeta inhabitable para especies con dos pulmones.

Y sin embargo… creo que tiene razón. La decisión ya fue tomada. Para siempre, con votos ineludibles y públicamente, así es como admitimos amarnos. Viéndolo así, es un poco aterrador; no creo haber tomado nunca un desafío de semejante talla.

¡Venga!


Este relatito suelto describe desde un incidente que será discutido desde un ángulo diferente en la historia que estoy (re)organizando para escribir en noviembre, pero si me puse a escribirlo fue debido a un ejercicio literario propuesto por Julie Duffy, que -versión corta- sugiere explorar como una persona es diferente según con quien esté.

¿Ven cuál es la enorme diferencia en como se desenvuelve el protagonista? Probablemente no, tampoco lo ven quienes lo rodean, ni él mismo.

De incógnito

Una palabra o dos eran el único pasaporte que necesitaba. Dicen que el dinero te abre puertas, que los libros te llevan a dónde quieras. Pero Heivden sólo necesitaba preguntas. Sí podía formular la interrogante correcta, podía obtener cualquier dirección, cualquier contraseña… cualquier “palabra mágica”.

Así las llamaba su hermano: palabras mágicas. No eran para cualquiera.

A Ichabod se le hacía difícil, pero Heivden había heredado el don de su madre, aunque hasta hace unas horas no tenía idea. Ahora que había viajado de un mundo a otro con sólo un par de palabras, había infinitos viajes en el horizonte.

―¡Mira! ¿Cómo me queda éste? ―preguntó Ichabod; por supuesto que lo había traído también. Ni por error hubiera ido a ningún lado sin su hermano.

Miró el sombrero que su hermano se estaba probando. Sí hubiera podido, Heivden hubiera ocultado su opinión al respecto.

―¡Ouch! ―Ichabod fingió estar dolido aunque su mellizo no había pronunciado palabra―. Eso no es cierto, ya verás que encuentro uno que sí me queda bien.

―¡Lo que daría por poder decirte de una vez que te ves bien! ―dijo Heivden, mientras seguía a su hermano a través del laberinto de estantes mal organizados en un espacio reducido.

―De acuerdo, de ahora en adelante no voy a espiar. ¡Éste! ―Ichabod se embutió otro sombrero en la cabeza. Este lo hacía ver como un bote de salsa.

Heivden negó con la cabeza.

―¿Y aquel? Pásame ese… el azul ―cuando se hubo acomodado la extravagante gorra azul, extendió sus manos como para mostrar lo bien que ahora se veía.

―Ahora sí ―dijo el mellizo de cabello oscuro, con un asentimiento aprobatorio―. Ese eres tú.

―Bueno, haré lo posible por no tomar eso como un insulto. ¿Que tal el anaranjado?

―¡No te dejaré caminar por ahí con…! Espera, ¿no habías dicho que no espiarías?

―No lo hice.

―¿Y entonces como supiste que pienso que esa gorra te queda horrible?

―Eres muy mal mentiroso.

No lo era. Ambos eran razonablemente hábiles en el engaño. Pero también se conocían demasiado bien como para burlar al otro.

―Llévate éste.

―¿Por qué me dices que me compre un sombrero que me hará ver como un niño paranoico?

―¡Ahora sí estás espiando!

―Claro, no tiene caso evitarlo. Al parecer de cualquier forma sé lo que piensas ―dijo Ichabod y, como lo sabía, no había ninguna necesidad de que su hermano dijera en voz alta que era mejor ese sombrero que ningún sombrero, si querían sobrevivir el tiempo suficiente en aquella… ciudad.

Veintitrés horas y dieciocho minutos, eso era lo que faltaba para que los escudos de la región se abrieran. Hasta entonces, los viajes mágicos eran imposibles. Mientras tanto, ocultar el cabello color cobre de Ichabod era de vida o muerte. Los extranjeros no eran bienvenidos, en especial los que venían de cierto mundo en dónde todos tenían el cabello color cobre.

Viniendo de una familia extremadamente multiracial, sólo uno de los mellizos había heredado esa característica, así que sólo necesitaban un sombrero. Aún así, no podían pagarlo.

No tenían dinero que dejar en el mostrador cuando salieron, sin quitar el letrero de cerrado, así que Heivden usó su recién descubierta habilidad para dejar un clon exacto del sombrero que se llevaban. Repitió una disculpa hacía el encargado inconsciente, y se aseguró de cubrir cada hebra de cabello en la cabeza de su hermano.

―No entiendo porque puedes hacer sombreros y viajar a donde quieras, pero no puedes hacer que mi pelo se vea igual que el tuyo ―apuntó Ichabod.

―Oh.

―¿”Oh”, qué?

―Es que… sí hay una palabra mágica para eso, pero no se me había ocurrido preguntar.

Robar y ser robado

Ya sabes como es, un día estas tranquilo, robando un museo para no perder la práctica, y el amor de tu vida por fin se digna a aparecer. Su belleza física, pasajera cómo es, consigue provocar pasajeras emociones.

Las emociones llevan a la decisión de siempre: tomar lo que deseas. Así que diseñas un plan para robar su corazón, y te metes en su vida con el sigilo con que entrarías a un banco cerrado.

Todo fluye, constante e inconstante, como el tiempo. Consigues lo que quieres, por supuesto, pero también ocutlo que jamás te había sucedido: mientras te asomabas a su mundo, el amor de tu vida se ha asomado al tuyo y tu corazón esta ahora en su pecho.

¡Que robo tan absurdo es el amor, al final resulta que te quedas con sólo un corazón, y como no es el tuyo no tienes idea de como echarlo a andar.

El profesor de magia

Eres el último en recibir una invitación. Sabes que no debe ser gran cosa, porque tú no eres la gran cosa, pero igual te entusiasma ser uno de los seleccionados para impartir clases en el último colegio en funciones.

Es cierto que el espectáculo y la búsqueda de personas, mascotas y objetos perdidos paga mejor, pero prefieres enseñar. Los chicos a los que has dado clases irregulares durante los últimos siete años no tenían nada de malo, pero a ti te atrae la idea de una estructura, a lo mejor es cierto que tienes alma de viejo.

Así que te metes en tu traje de mago, con todo y el sombrero —sin palomas, eso es para prestidigitadores— y tomas un tren que te deja a dos cuadras del edificio más grande de la ciudad más pequeña del país.

Muestras tu mejor lado, responsable y ordenado, y te tomas la molestia de intimidar un poco al niño que tartamudea en la última fila, porque sabes que es la maldad lo que se valora en esta institución —¡si lo dice su nombre: maldad e indiferencia!

Así corren los días. Amas la planificación constante, asignar calificaciones por primera vez. Odias la forma en que te ven cuando les gritas. Unos podrían llorar, otros… son un poco aterradores. Pero no tienes corazón para gritar solamente a los que no van a buscar venganza, así que tienes que tolerar ronchas, trampas y alguna humillación pública los martes.

Puedes vivir con eso, o al menos intentarlo, pero no puedes evitar encariñarte con algunos. El chico tartamudo tiene un don para esto, aunque no podría pronunciar una palabra mágica así su vida dependiera de ello. La presidenta de la clase es negada para la materia, pero comprende todo y se hace a la tarea de entrenar al chico bizco que al inicio no entendía una palabra —y probablemente nunca llegará a hacerlo— pero si puede congelar el vapor con solo decir ‘cero’. Hay un estudiante en primer año que no deja de echar las cartas hasta que consigue entender algo, no importa lo difícil que el tema le resulta.

Enseñarles es tan gratificante que no puedes encontrar indiferencia. Empiezas a asignar proyectos extra, a recomendarles técnicas de estudio, e incluso ayudas con algunos problemas personales.
Un día descubres que tomaste partido en la mayor parte de las guerras declaradas entre algunos estudiantes, e incluso te involucras en las batallas que se libran en secreto.

No puedes continuar con la intimidación y los castigos en forma de hechizos espantosos, y no es una sorpresa que pronto las autoridades del colegio quieran hablar contigo.

Te van a despedir, estás seguro.

Pero quizá no es una decisión inapelable. Quizá te den algún tipo de advertencia. Pero aunque no te pongan de patitas en la calle ahora mismo, ¿como vas a adaptarte? ¿Como vas a mantener los estándares del instituto?

Estás muy nervioso, pero te presentas con la cabeza en alto y saludas sin temblor en la voz.
Preguntan sobre un estudiante destacado en tu materia y te limitas a recitar los hechos: tiene buenas notas porque su desempeño mágico es impresionante, le dejaste conservar la llave del armario de utensilios e ingredientes porque trabaja incansablemente. No clamas que ‘no es favoritismo’ porque sabes que sí, así que supones que sonarías culpable.

Esa llave, dicen, es lo que te ha traído a esta oficina. Te explican que ese chico que parece de lo más inofensivo, viene de una familia de ladrones, y dejarle acceder al armario así, sin supervisión, acabará en la desaparición de todo lo que ahí se guarda.

¡Pero que gran alivio! Basta con explicar que lo monitoreas en secreto y que los invaluables implementos mágicos están encantados para regresar al armario cada lunes, justo a la medianoche.

Por supuesto que sabes que tus estudiantes pueden obviar tus reglas, no todos ellos valoran la estructura, y todos tienen ambiciones siniestras y métodos astutos. Eso es este colegio.

No eres como ellos, pero sabes como manejarlos.

Y así, siguen los días. Estás en tu elemento.

El último crimen

Buenas tardes, alumnos. Revisé sus reportes sobre el primer tema conocido en que se impuso la Ley de Tolerancia. Todos tienen notas aceptables como podrán notar… Jaden, haz el favor de repartirlos… Les decía, todos tienen calificaciones aceptables, excepto Nora y Jaime que entregaron hojas en blanco. Nora, si era una broma, debes saber que no fue divertida. Pero por si acaso te copiaste de tu compañero, te di unos cuantos puntos. Por supuesto que una hoja en blanco es la respuesta correcta, sobre todo si toman la tarea tan literal como seguramente ha hecho Jaime, supongo que debo formular mejor mis preguntas.

Todos los demás, encontraron información más o menos completa… Sigue leyendo

Una moneda por tus pensamientos

Una moneda por tus pensamientos.

No una de muy alta denominación, que tampoco siento tanta curiosidad. Pero, sí, un poco. Ella no parece muy interesada en lo que estás pensando cuando lo decide. No creo que se de cuenta de que también tú lo decidiste.

kiss

Ni tu ni ella le dan el dramatismo que suele mostrar el cine, no se enredan ni angustian, ¿quizá sabes exactamente lo que haces? Ella no tiene idea, pero no cree que haya mucha ciencia en un gesto como ese. Ella aún no lo sabe, pero no es de las que cree que haya nada especial en acercar sus labios a los tuyos.

Oh, estoy segura de que rozar sus labios no es todo lo que quieres. ¿O lo es? ¿Eres como esos jovencitos de los libros, tan inexperto e inocente como la adolescente que ahora piensa que es mas interesante la charla que los besos?

¿No sería tierno si resulta que también piensas eso? ¿No sería triste si te estás preguntando con que excusa dejarla? ¿No sería divertido si lo único en tu mente justo ahora es que tienes un montón de tarea para el colegio?

Sí, creo que podría pagar unos centavos por saber lo que piensas, solo para conocer ambas versiones.

Minientrada

Todo empezó cuando un libro electrónico

—¿no es eso algo poético?—,

sin los extranjerismos

que a menudo requiere hablar de ella,

me pidió describirla:

describirla con versos.

Aunque la red de redes fue mi primera idea,

ella es mucho mas vieja,

acumulando arrugas desde los viejos tiempos de la rueda.

En la ciencia ficción suele verse brillante,

inalcanzable,

con todo y las palabras más propias de la ciencia,

obsequio de los genios del futuro.

Pero es sólo otra hija de la necesidad.

Es la hermana perdida del arte,

un estilo de lápiz a la vez.

De la medicina es aún mas cercana.

Sabe monitorear a sanos,

enfermos y raros.

Las escenas expuestas en paredes y pantallas

son cortesía suya.

Cada vez que volamos, es por ella.

Lástima por los virus construidos por el hombre.

¡Qué miedo con los usos que le dan en la guerra!

Pero como los números,

ella siempre aparece.

Ya es parte de nosotros.

Es como un acertijo

Minientrada

1. Elegir sus propios derechos de lectura

2. Saber sobre el libro antes de leerlo

3. Decidir que leer

4. Decidir cuándo dejar de leer

5. Comentar los libros que esta leyendo y los que leyó hasta el final

6. Encontrar su libro ideal… más de una vez

7. Coherencia… O incoherencia consistente

8. Finales que correspondan a las historias

9. Esperanza, no espejismos

10. Personajes y lugares y frases dignos de sus emociones.

El resto del ejercicio es encontrar las obligaciones del escritor partiendo de eso, pero no estoy lista para compartirlas.

Derechos del lector

Preguntas sin pronunciar

Nunca entendió por que alguien querría un tatuaje. Una marca permanente que además del dolor físico del primer día, amenazaba con causar dolor emocional en cualquier momento.

El nombre de su “verdadero y único amor” se burlaría de ellos cada maldito día después del inevitable rompimiento. El logo de su banda favorita los haría preguntarse a dónde había ido esa persona prometedora que habían sido de jóvenes.

¿Qué los grabados en la piel habían sido usados para deshumanizar a las personas? ¿Para clasificarlas? No le quedaba claro como funcionaban los rebeldes modernos, tan desesperados por ser independientes y únicos y originales, como por ser catalogados y marcados para siempre como elementos sin nombre.

Por supuesto que había tatuajes muy bonitos, verdaderas obras de arte. Pero ¿cómo sabían cuál era el mas hermoso? Podrían cubrir cada centímetro de piel y aún así se toparían tarde o temprano con el horror de que la pieza perfecta para ellos aparecía demasiado tarde.

Muchas imágenes bellas se convertían en adefesios en las manos equivocadas o por causa de las arrugas y los kilos que se les unían con el paso de los años. El cuerpo humano era un lienzo muy difícil de mantener.

De verdad, ¿por qué seguían viniendo, con sus desafíos, sus amores, sus recuerdos y sus gustos más dulces o retorcidos? No se los preguntaba, porque le preocupaba que se dieran cuenta de que no había respuesta.¡Amaba los tatuajes con locura! Desde la idea hasta el resultado final, especialmente cada segundo que pasaba haciéndolos. ¿Que sería de ella si los lienzos dejaban de quererlos?

Mejor recibía su bendición sin preguntas y atendía otro cliente.

 

Inspirado por el Write on Wednesday de enero 17.