Cupido no es un buen tipo

Lucas era bueno con las palabras, pero resultaba difícil concentrarse en la misiva mientras escuchaba a su compañero de habitación quejarse de lo fastidioso que era escribir un reporte sobre la razón para mantener el acceso a la educación en una dictadura. Que si le parecía enfermo que hubiera “una” razón, como quien habla de la única verdad; que si era una razón ridícula por esto; que si era una falacia por aquello. En general, Marcelo odiaba la asignatura.
―Cualquier persona que pueda entender la mitad de esa basura también ha de entender que las dictaduras son vulnerables ―dijo, como si recién llegara a esa conclusión, aunque lo repetía todos los miércoles y lunes―. Lo único que dura es la Democracia de la Miseria.
Ocupado como estaba con la carta, no se le ocurrió una forma sutil de cambiar el tema. En cambio, le siguió la corriente:
―En todo caso, gobernar no paga en nuestra época. La Tolerancia le ata las manos a cualquiera. No entiendo por qué dan Sociología para Dictadores… ¿Y tú, por qué la tomas?
―Me equivoqué de renglón al apuntar las clases ―suspiró el primero.
Por un momento guardó silencio y Lucas estuvo tentado a albergar la esperanza de que ya dejaría de distraerlo. Sin embargo, la sombra que se proyectó sobre el papel decorado le advirtió que Marcelo se había acercado, como siempre, sin hacer el menor ruido.
―Oye… eso no es tarea… es una… ¡¿Carta cursi?!
―No ―replicó, irritado, y sin dejar de escribir, comenzó una explicación que acabaría pronto con el interrogatorio―. ¿Supiste que Annie…?
No pudo ni terminar la pregunta introductoria antes de ser interrumpido con una exagerada exclamación de sorpresa.
―¡¡No puede ser!! ¿Tú? Digo, todos sabemos que estás obsesionado con ella, pero ¿esto? Como sigas así, te expulsarán.
―¡No, idiota! ―gruñó Lucas, y abrió la boca para intentar explicarse una vez más.
―No te preocupes ―Marcelo interrumpió de nuevo―, no voy a decirle a…
―Claro que no. Porque sabes que lo pagarías caro. Pero todavía no sabes qué secreto estás guardando.
―¿No?
―¿Recuerdas que ella recibió una carta de Jaime Nafar?
Confundido, Marcelo asintió: lo recordaba.
―No tiene oportunidad ―dijo, todavía llevando el mentón de arriba a abajo a pesar de dar lo que él suponía una mala noticia―. Tú, menos. Le gusta Milton.
Por primera vez en la conversación, el enamorado de Annie se dignó a mirar a su interlocutor.
―¿Ya se habla de eso? ―quiso saber. Dar explicaciones podía esperar.
―Sip. Y claro, él tiene complejo de secuaz, así que ni bien se enteró, se puso de tapete.
―Oh. Eso va más rápido de lo que esperaba ―reflexionó Lucas―. Ojalá no vaya a cuajar antes de que ella se embobe por el otro.
―¿Qué? ¿Tú… tienes algo que ver con eso?
―Es lo que iba a decirte, acelerado. Envío cartas y disperso rumores para que ella tenga que elegir entre un enamoramiento que no le conviene con Jaime y poder usar al estúpido pero complaciente Milton. ¿Ves?
―¡Claro! ¡Y así podrás…! Eh… ―después de meditarlo un segundo, Marcelo se dio por vencido―. ¿Qué vas a ganar? Ella se pondrá gruñona y tratará peor a todos. Incluyéndote.
―¿Necesito dibujarte todo? Lo hago sólo para verla arrancándose el cabello. Me encanta cuando hace eso ―confesó, con una sonrisa perversa… ¿o era una sonrisa dulce? Cuando se trataba de esa chica, ni él mismo sabía.
Sí, las expresiones de ira controlada de su amor platónico le encantaban. Pero más le gustaba verla patear a todo el que se atravesara, incluso… mejor dicho: especialmente si eso lo incluía. Pero ese era su secreto.
―Oye, ¿y si no funciona? Annie es… ―Marcelo no parecía convencido de poder decir “rara” en presencia del peligroso enamorado de la chica, aunque dicho sujeto lo dijera todo el tiempo.
―Perfecta. Pero también es una chica. La naturaleza, que es la peor villana posible, la diseñó para procrear; y Jaime es… buen material genético.
A Marcelo no le sorprendió escuchar eso viniendo de uno de los últimos misóginos del país, pero se quedó con los ojos cuadrados cuando, media hora después, Annie le dio la razón.
―¿En serio no lo sabías? ―agregó, con desdén, al observar su reacción.
―Las chicas siempre lo niegan ―dijo él, tímidamente.
―Ellas sabrán por qué lo hacen. Pero siempre es posible que esos problemas se presenten, así que lo resolví con anticipación. En todo caso, ese niño consentido no es tan buena opción. Tengo mejor ADN en mente.
―¿Es un chiste? ¿No te gusta? Pero si por aquí la mitad quieren casarse con él y la otra mitad queremos ser como él…
―Quizá. Pero es porque no se han detenido a pensarlo. Jaime sólo tiene recursos. Y talento.
―¿Quieres más?
―Por supuesto. Alguien que no tenga habilidad para desperdiciar todo eso. Y, ¿a ti que te importa, metiche? No somos amigos, sólo hacemos un negocio.
Marcelo asintió, con nerviosismo, y preguntó algo que la huérfana seguía sin responder:
―¿Qué vas a hacer con Lucas?
―¿No debiste esperar la respuesta antes de contarme todo? ―inquirió Annie, su voz habitualmente áspera se había convertido en seda, su sonrisa mostraba colmillos felinos.
―N-no es que tuviera muchas opciones.
―Dos son todas las que se necesitan. Sólo tenías que decir que no estabas interesado en el intercambio.
―¿Y reprobar Sociología? No puedo da…
―Me aburres con tus quejas.
―Lo siento.
La sonrisa se volvió más humana, pero no menos temible.
―No haré nada con Lucas ―respondió Annie, por fin.
Marcelo abrió un poco la boca e inclinó la cabeza.
―¿No?
―Ni le diré que su esbirro lo delató, tampoco.
―¡No soy su esbirro! ―se defendió él.
Ella puso cara de sorpresa por un instante tan breve que Marcelo jamás sabría si realmente había ocurrido.
―No te preocupes ―consoló, de inmediato, como si él hubiera estado lamentándose—. Si no te ha dado el título es porque le gusta dárselas de autosuficiente. No porque sospeche que eres poco confiable.
En efecto, no hizo nada en contra de Lucas. Sólo observó en silencio como Marcelo se volvía en su contra en un esfuerzo por evitar la fama de lamebotas y el título de secuaz.
En cuando a Milton y Jaime, ella no le miraba ningún problema. En la era de la tolerancia no hacia falta elegir.

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Nadie vive para siempre

Este relato surgió como parte de los preparativos del NaNoWriMo 2016 y describe un evento amargo en la vida de uno de los personajes; fuera de eso no está asociado con la historia que escribiré esta noviembre. 

Los detalles sobre el disparador creativo están al final.

Nadie vive para siempre

No puede recordar muy bien el nombre de la melodía, y la letra viene en un idioma que no entiende, pero ¡suena bien, caray! Así que Mikelo sigue silbando al son de su memoria hasta que el taxi se detiene frente a una casa enorme, con un jardín tan descuidado como la apariencia del dueño de la residencia.

Paga con un sólo billete, la diferencia es poca así que sonríe y murmura un “guarde el cambio” antes de desear una buena noche al conductor desconocido.

Controla el impulso de volver a silbar mientras entra con firmeza pero sin prisa a la morada de su socio. O, de los herederos de su socio, ahora que la situación ha cambiado tan abruptamente. Es una verdadera tragedia que nadie viva para siempre, ni siquiera una eminencia de la talla de el experto en biología y genética que le había abierto las puertas al mundo de los negocios.

Mikelo, en particular, preferiría vivir para siempre. También le hubiera gustado que este hombre lo hiciera. Pero no será así y el tuvo que venir aquí, a ver como un féretro lujoso encierra al hombre más brillante que ha tenido oportunidad de conocer.

Está devastado, y no le molesta que su desaliento sea visible en su expresión mientras intercambia saludos con científicos y políticos por igual. Ellos quieren hablar sobre política y ciencia, respectivamente; Mikelo destaca por no estar disfrutando el evento social en que se ha convertido el velatorio del dueño de una empresa tan notable por su gestión como por su área de investigación. La familia del anciano parece conmovida por ese hecho.

Mikelo no vino a codearse con los visitantes, por más que sean unos interesantes contactos en potencia.  Se limita a saludarlos y alejarse, dejándolos admirados por la lealtad de este pupilo que está demostrando no ser el insensible interesado que algunos suponían.

Vino a dar sus respetos al mentor y a consuelo a su familia.

Es sencillo reconocer a la mayor parte de los familiares entre toda esta gente. Son los que no van vestidos para sacarse fotos ni equipados para sacar fotos. Son los que tienen los ojos enrojecidos. Son los que murmuran instrucciones a los empleados.

Es una lástima que esas personas tan amables y afectadas no sean las que van a gestionar la empresa de ahora en adelante. Es una pena que no vayan a perpetuar el legado del adicto al trabajo. No van a firmar la línea punteada para convertir a Mikelo en jefe de investigaciones.

¡Habia estado tan cerca! El hombre ya se lo había ofrecido, el papeleo ya casi estaba.

Ahora la decisión estaba en manos de la esposa y el suegro de el otro candidato, tan capacitado como él pero menos simpático. Ese hombre no se había ganado al jefe, pero al parecer eso ya no hacía falta. Ahora había cambio de administración y Mikelo tendría que buscar trabajo en otro lado. Sí las cosas seguían así, tendría que aceptar la invitación de su hermana para trabajar en esos laboratorios en medio de ninguna parte.

Definitivamente era una desgracia que la gente muriera sin terminar lo que había empezado. Este día era terrible, con el único atenuante de que todavía podía recordar la tonada folk, aunque fuera inapropiado que empezara a silbar en un funeral, ya podría volver a ello cuando tomara un taxi para ir a casa.


Prompt provisto por: Irene Adler

 

Prompt: escribe acerca de un funeral al que tu antagonista asista
POV: del antagonista
Extension: 100 palabras mínimo

*Los hechos en este relato son previos a la novela aún no escrita que por ahora se titula Vertientes del Tiempo (¿a qué les suena el título?).


 

Somos

Proyecto de Adictos a la escritura
Marzo 2016

Apareciste, no supe de dónde, cuando entré a último curso. Éramos compañeros. No nos hablábamos, a pesar de que teníamos en común las burlas de algunos estudiantes con familias que merecieran llamarse normales. Nunca nos vimos, hasta que la dirección organizó un club destinado al aprendizaje de modales. Tenía un nombre sofisticado que todos olvidamos enseguida. Para nosotros era solo “el curso de modales”.

Eras el instructor. Resultó que ocultabas al caballero perfecto, el más elegante. Y eso no tenía ningún sentido, porque todos sabíamos que al salir del instituto, caminabas casi una hora hasta el edificio donde los desamparados se pelean por el cuarto menos frío. ¿Quién te había enseñado a resolver los conflictos con palabras, a pedir “por favor“ y a ceder el paso?

Yo, tu mejor estudiante, me moría por saberlo. Y empecé a investigar. Te seguí, te pregunté, pregunté a mis amigos y a los tuyos. No se me hacía difícil, ahora que me habías enseñado a tratar correctamente a las personas educadas y teniendo una apariencia que no destacaba en un sitio como ese al que llamabas hogar. Fue la curiosidad lo que me abrió la puerta a tu realidad, y no sé que hechizo me hizo perderme ahí.

Fue fácil sonsacarte secreto. Fue difícil comprenderlo. Naciste en una mansión, te educaron para desenvolverte en sociedad y te dieron posesiones que ni habías pedido ni te merecías. Y sin embargo, no tenían lo que necesitabas, así que te marchaste. Y ahora, ¿qué eres? Una persona sin hogar, un caballero en la calle. Qué se yo.

Yo he luchado cada día durante años para tener uno o dos de los muchos privilegios que tu rechazaste. Yo los quería, yo intentaba ganármelos. Yo soy una de esas damas importantes, es solo que aún no puedo reclamar mi lugar.

Eres.
Soy.
Somos.
No sé qué, lo siento, pero somos.

No por mi curiosidad. No por tus lecciones. Por los desencuentros, o mas bien, por lo poco que pesan. Desde la primera vez que me señalaste mi error. Desde la última vez que decidimos que no estábamos de acuerdo. La damisela zarrapastrosa y el rebelde elegante, ajenos a nuestros mundos y extraviados en los de los demás. Nos encontramos el uno al otro, y ahora caminamos de la mano.

La amalgama imperfecta de dos perfectos inadaptados. ¿Quién diría que encontraríamos nuestro lugar así?

Del espejo al papel

Proyecto de Adictos a la escritura: Género de terror.
Octubre 2014

Todo comenzó en el cuarto de baño de la pequeña casa que habitaba con mi madre.
Eran las ocho de la noche del primer lunes en un año en que contaba con la compañía de mamá. Me envió a dormir temprano y ese día de la semana yo solía ver televisión hasta muy tarde, a mis ocho años aquel representaba un cambio devastador.

Todos tenemos nuestros medios para desahogar la ira, y el mío era hacer todo frenéticamente. A menudo, el resultado era lamentable. Ese día, por ejemplo, me lastimé las encías porque estaba aplicando mucha más fuerza de la sensata al cepillo de dientes. Pero eso no fue lo que me hizo llorar.
Fue la criatura sin cara, de pie detrás de mí. Llevaba una sonrisa burlona y me hizo un guiño, Pero la sonrisa estaba a la altura de su cuello, como una enorme y sangrante rajadura en su garganta, y el guiño lo hizo curvando esa sonrisa de modo que se viera como una herida diferente o como un ojo abierto al par de uno cerrado. Paralizado por una mezcla de horror y fascinación, fui completamente incapaz de ver a otro lado. En cambio, me fijé en los detalles: la costra que se había formado en su garganta, cubierta de reciente sangre oscura, la camisa alguna vez blanca y ahora llena de mugre y sangre, la forma de la caída del cabello sobre la mitad de la faltante faz. Algo más había mal en esa cara… o, mejor dicho, en esa ausencia de rostro. Pero no supe qué. No comprendí en ese momento. El hombre sin cara avanzaba hacia mí, así que no podía pensar: debía correr.

En lugar de eso, lloré. No en silencio, ni de la forma en que sollozaba cuando me sentía enfermo. Era un llanto histérico, tras el cual mi madre dijo que yo había gritado mucho, que había considerado llamar a los vecinos para pedir ayuda. Yo no recordaba nada de eso, ni a mi madre sacándome del cuarto de baño, ni qué había ocurrido con el monstruo sin cara.

No supe más de él, salvo en mis pesadillas.
Soñaba cosas invérosímiles. El monstruo venía y hablaba conmigo, moviendo en forma grotesca esa boca fuera de lugar. En los sueños, me daba menos miedo, pues se veía simplificado. Era sólo una rajadura en una garganta anónima, que se movía y se transformaba para comunicarse. Jamás venía hacia mí.

El verdadero terror era al abrir la puerta para salir de mi habitación. La luz del alumbrado público entraba por una ventana al final del pasillo, formando una impresión del ventanal que se extendía frente a las habitaciones. Los dedos alargados de un árbol que de día era bastante amigable, parecían buscar alguien a quien extrangular en esa sombra. Y el resto del lugar, sumido en las penumbras, yo podía adivinar los movimientos del monstruo. Su sonrisa de sangre. Su guiño supurante.

Cubría el espejo del baño antes de lavarme los dientes o el rostro y temía incluso evaluar mi apariencia en los baños del instituto, sin importarme que esos espejos se encontraran tan lejos de mi hogar.
Con el paso de los meses y de los psicólogos, abandoné la manía de encender las luces rápidamente, correr al atravesar el pasillo y cubrir los espejos. Pero el miedo no se quedó en mi infancia. Al contrario, empeoró mientras me alcanzaba la adolescencia y mis amigos insistían en ir a ver películas violentas o de horror. Los acompañé a verlas todas y me impresionaron poco; no eran gran cosa en comparación con mis temores ocultos. Pero cuando me quedaba sólo, cuando mi despierta imaginación mezclaba los recuerdos de la infancia, los terrores inventados y las cada vez más sangrientas escenas del séptimo arte… ¡Ya imaginarán la fiesta que armaban esos monstruos!

Mis pesadillas dieron paso al insomnio. Mi negación, dio paso a diversas obsesiones que intentaban distraerme de mis miedos. No las elegí bien, debo decir. Los alucinógenos le daban vida a mis demonios inventados, los libros de terror los aumentaban y las clases de arte sólo me permitieron comprender, cuando aprendí lo necesario para retratar humanos, qué era lo que había mal en la cara faltante del monstruo que había despertado a los demás: no tenía motivo alguno para estar ahí. Lo que había en el reflejo no era otra cosa que la parte posterior de una cabeza. Lo comprendí cuando empecé a estudiar las formas de plasmar el cabello en una pintura. Así que mi monstruo no carecía de cara, si no que llevaba la cabeza girada. No era reconfortante.

Aunque, a estas alturas no era tampoco demasiado terrible.

Después de todo, había oído el llanto de niños que no estaban, había salido a toda prisa de un elevador que había decidido encogerse lentamente mientras descendia, había huido de un perro de dos cabezas y una noche mi madre me había visitado para contarme que debíamos mudarnos porque el hombre sin cara había exigido el rostro de la persona más joven que habitara esa casa. Eso último había sido un sueño, y las primeras debían ser alucinaciones, pero eso tampoco era reconfortante.
A menudo veía heridas en los rostros de mis compañeros. Mi primera novia, una chica muy linda pero muy engreída, fue asesinada por algún pervertido y ahora iba a acompañarme cada vez que dormía durante la noche.
La realidad, mis alucinaciones y lo que sea que habitaba la frontera entre ambos, se habían confabulado en mi contra.

Así empezó la soledad, así empezó el insomnio. Me alejé de las caras desgarradas, los corazones arrancados y las piernas amputadas. Me alejé del cadaver de Lucila. Y pronto me vi noches enteras con la ventana tapiada y las luces encendidas, pensando en lo sólo que me sentía.

Mi madre, pobrecilla, intentó salvarme por muchos medios. Psicólogos, sacerdotes, espiritistas, vacaciones… Complacía mis caprichos, e invitaba gente a la que no quería ver para que yo hiciera amistad con sus hijos… con sus deformes y podridos hijos. Aunque yo era consciente de que eso estaba solamente en mi cabeza, me hacía muy difícil sostener una conversación con ellos.

Así que todo fue un fracaso. Hasta que invitó a la viuda Fernández y a su nieta autista. La chica no tenía nada desagradable, pero no podía mostrar menos interés en mí. La madre, estuvo en la sala aburriendo a su anfitriona. Y su esposo muerto descubrió que yo tenía uno de sus libros en mi armario.
Habló de lo mucho que había demorado en escribirlo, porque no se atrevía a inventar un final y no había conseguido descubrirlo. Yo, que había creído siempre que aquella historia cómica y romántica era plenamente ficticia, mostré curiosidad. Por un momento el se mostró indeciso. Destapó un poco su cerebro al rascar en la parte de la cabeza donde había impactado la bala del arma que nadie había encontrado. Finalmente, decidió contarme. Mientras sus otras obras eran basadas en chismes fuera de contexto o en fantasías completas, esta era la historia de su vida. Él era todos esos personajes y había sufrido todos esos eventos. La línea temporal la había adaptado a capricho, pero en muchos sentidos era una historia real. No había esperado que fuera buena, y sí me había divertido era simple coincidencia. En realidad, escribir esa historia había sido una forma de sacar la basura. Sus rencores, sus culpas y sus miedos, no lo dejaban dormir, así que prefería no vivir con ellos.

Cuando hubo alcanzado todo cuando se había propuesto en la vida, aburrido y cansado a los noventa años, lleno de achaques y con sólo un asunto pendiente, había decidido terminar el libro con lo primero que se le ocurrió. Era un final irónico, muy apropiado para la sinrazón general del libro. Pero era mentira. Así que el viejo autor contrató un vagabundo para que lo convirtiera en realidad. Ahora el vagabundo sentía culpa y él no sentía gran cosa porque estaba muerto.
Su anciana esposa viva se marchó con su nieta a eso de las cuatro de la tarde. Él se fue con ellas y nunca lo volví a ver.
Pero vi otros muertos y otros entes y otras cosas… No me dejaban dormir. Así que de vez en cuando, mientras oía los ruidos de la noche, en lugar de pensar en lo sólo que estaba, escribía sobre mis monstruos. Sólo sobre los reales, porque sólo ellos eran un problema.

Empecé a imaginar que los monstruos se saldrían de la gaveta en que guardaba los textos, revueltos entre ellos, armados de algún modo, para arrastrarme a su hogar en la oscuridad. Pero no dejé de almacenarlos ahí.

No hasta que mi madre encontró en la gaveta de su hijo de diecisiete años y pico, un montón de historias de terror. Me fastidió con la idea de publicarlos durande doce meses, antes de que yo le hiciera caso, confiando en que la fuerza de unas cuantas personas creyendo que era un cuento hiciera falsos a los monstruos.

Funcionó tan bien con el primero, que nunca me detuve. En lugar de eso, estudié literatura, agregué mis criaturas inventadas a la mezcla, y… bueno, henos aquí.

Debo admitir que al principio me sentía como la mujer de esa película, la que distribuye el video maldito para escapar de la maldición. Pero, ¿que otra cosa podía hacer?… Aunque supongo que en eso también era como ella. De todos modos, a ustedes les encanta. Por eso están aquí, esperando que les cuente sobre que es mi nuevo libro.

Y no se preocupen. No creo que mis monstruos los alcancen a través de mis libros. Cuarenta años después, sólo ha habido suicidios y desapariciones aíslados, no más de una docena, entre mis lectores. Seguro que se debían a motivos que nada tenía que ver con las novelas que les gustaban.
En fin, eso es lo que hay que decir sobre la dedicatoria de este libro: «A las personas que creen, equivocadamente, que yo no tengo miedo». ¡Claro que tengo miedo! ¿O de dónde creían que habían salido los monstruos? ¿De las pesadillas de alguien más?… Cuatro de ellos sí, pero eso es un tema diferente. Y los buitres de la propiedad intelectual que acaban de levantar la mano las pueden ir bajando, porque esa persona era mi madre, ella me dio esas ideas para que las escribiera, y aunque ahora no está, tengo un papel firmado por cada una de esas ideas.

Y respecto a la novela… diré lo que otro autor me dijo a mí:
Soy todos esos personajes y he sufrido todos esos eventos. Adapté la línea temporal a capricho, pero en muchos sentidos es una historia real. No espero que sea buena, y si los asusta… sepan que a mí me asustó más.

Ahora sí, comencemos con las preguntas, y luego los autógrafos, ¿les parece?

La cabaña de sus ancestros

Proyecto de Adictos a la escritura: El desafío:
El primer párrafo fue propuesto por Virgil Phoenix.
Marzo 2014
La joven se encerraba en su habitación e intentaba comprender en silencio. Los recuerdos naufragaban en su mente y cada vez le era más difícil ponerlos en orden. No había hablado con nadie al respecto, temía lo que pudiesen pensar. No confiaba en nadie, por lo que prefería cargar con todo por sí misma, pero comenzaba a derrumbarse. Cubrió sus ojos con las manos y se mordió el labio inferior. No podía soportarlo más, los fantasmas le perseguían. Estaba muriendo, poco a poco, todo se desvanecía. Intentó tranquilizarse recordando los buenos tiempos que solía pasar en la cabaña.
Amaba la cabaña y a los “invitados”, como los llamaba su hermano mayor. En aquel entonces ella no podía verlos, quizá por eso era tan sencillo considerarlos bellos. Ahora les tenía terror. No querían resolver sus asuntos, no querían ser guiados. Sólo querían quedarse, y no estaban sólo en la cabaña sino en todos lados.A veces la ignoraban, a veces los ignoraba ella.

Pero había muchos que parecían querer hacerle daño. La hacían enojar o escondían sus cosas. Se burlaban, la confundían. Y no la dejaban sola un segundo.

Su hermano, el único al que ella hubiera querido ver, no se presentó nunca. Todavía no superaba su pérdida y, ahora que había heredado su habilidad, necesitaba que le explicara por qué había tantos fantasmas acosándola y qué debía hacer para que se fueran.

Al no haber rastros de él, empezó a investigar, intentó de todo para que los menos vivos la dejaran en paz. Pero lo único que había logrado era que amigos y familiares le recomendaran una visita al psicólogo. En menos de media hora, supo que era el especialista el primero del que debía desconfiar. Pero no el último. Un simple descuido y la encerrarían en un cuartito de paredes acolchadas.

Así que sólo podía encerrarse en su habitación y soportar a sus acosadores tan silenciosamente como le era posible.

Sabía, sin embargo, que no soportaría mucho más. Los recuerdos de los muertos se mezclaban con los suyos, y cada vez se reducía más su contacto con el mundo de los vivos. No podía comer, estudiar, conversar, ni nada. Porque estaba siempre tratando de ocultar su secreto. ¿Acaso no la encerrarían de todos modos?

Y ahora, mientras se concentraba en sus pocos recuerdos claros, también pensaba en el presente. No tenía idea de qué hora o día era, dónde estaban sus padres, o cuánto tiempo llevaba encerrada en esta habitación que cada vez parecía menos suya y más de los fantasmas.

Tenía que poner fin a todo eso.

«Si no puedes con ellos», recordó, «úneteles».

Fue, con todos sus ahorros y toda su paciencia, hasta el supermercado. Compró lo necesario para darse un banquete y luego se fue con todo eso y las pastillas que no había estado usando por más que sus padres y el psicólogo creyeran que sí.

Encontró la cabaña justo como la recordaba, pero llena de polvo y hojas secas. Limpió un poco en la zona de la cocina y sala, sólo para estar cómoda una última vez. Ni siquiera estaba rodeada de fantasmas.

Empezaba a dudar. Todo volvía a ser lógico en el mundo y ya no parecía indispensable dejarlo. Y, en todo caso, ¿qué tal que no muriera por tomar esas pastillas? ¿ Y sí sólo conseguía acabar encerrada más pronto? Tal vez tampoco eso era tan malo: ¿Y si el lugar era libre de fantasmas, como esta cabaña?

La cabaña a la que su hermano iba para hablar con sus ancestros estaba demasiado vacía. No tenía demasiado sentido. A su pesar, no pudo soportar la tentación de explorar toda la cabaña, y al final incluso reunió valor para ir al cuarto en el que su hermano solía verlos.

Ahí estaban algunos bisabuelos, la tía-abuela que había muerto muy niña… ¡Su hermano!

Tenía tantas preguntas: sobre la habilidad de ver a los menos vivos, sobre la cabaña, sobre él… Temía que no tuviera tiempo, pero hubo más que suficiente.

Supo que ellos se quedaban en la cabaña, que estaban muy felices de verla, y que no sabían que ella tenía el don ahora, aunque tampoco les sorprendía mucho. Por desgracia, ni su hermano ni los demás parientes sabían como manejar a los fantasmas molestos.

Era por eso que estaban ahí, en el único lugar del mundo al que los demás no vivos nunca entraban. Y ella también se quedó. Un día. Un mes. Un año…

¿Cuándo fue que murió de inanición? Daba lo mismo, las únicas personas que le hacían compañía en la cabaña estaban tan muertas como ella.

Otra de esas parejas sin futuro

Consigna de Adictos a la escritura.
Palabra: Quisicosa

Mientras la mesera se marcha a tomar la orden en la mesa cercana, mi cita se oculta detrás del menú. Mal finge, considerando que ya pedimos un café para cada uno. Exactamente lo que tomamos en la cita anterior.

Ahora que lo pienso, estamos en el mismo lugar… supongo que viene tanto que incluso tiene mesa favorita.

Hay que admitir que Ángel es un muchacho lleno de manías, pero nada demasiado obsesivo. Si el único problema con él es que no puede hablar sin enredarlo a uno con un sin fin de quisicosas y hasta palabras que con toda seguridad no existen. Y no es normal que un muchacho que sabe tantas cosas, destruya tan fácilmente su idioma.

Él tiene muchas cualidades que me gustan.

No es uno de esos sujetos que piensan con la testosterona y hablan con los puños. Nunca lo he visto entrar en cólera y cuando se ve metido en una pelea suele ganar sin dar un sólo golpe. Por cierto que de esas peleas, siempre la causa es que el otro sea un imbécil y lo ataque por nada, y la única ocasión en que lo he visto meterse a pelear, fue defendiéndonos a mi hermano y a mí cuando recién llegábamos y esos vagos habían decidido tomarla en nuestra contra.

Mientras más lo veo, dando vueltas al menú sin más necesidad que la de no verme a los ojos, más me doy cuenta de que ya no interesan los motivos por los que lo amo.

―A ver, ¿cuál es la mala noticia? ―digo, por más que tenga miedo a la respuesta.

Él suspira y deja en paz el menú. Me mira fijamente y puedo notar que le toma trabajo decidirse a hablar.

―No eres tú ―dice con voz muy clara, sin explicarme más.

Quiero decir que no entiendo de que habla, lo cual viene a ser verdad muy a menudo, pero no ahora. Qué él no esté siendo claro, conforme a su costumbre, no significa que yo no sepa de que habla. Siento leves deseos de llorar. Pero debo reponerme y salir de esta como si nada.

―Perdón por dejarte creer que eras tú. Fue tu culpa porque eres maravillosa. Creí que podías serlo, ¿entiendes?

―¿Ah sí? ―no creo que lo entienda― ¿Y ahora que es diferente?

Lo veo fruncir el ceño, pensando para mentir o para comprenderse a sí mismo, no lo sé a ciencia cierta.

―Pues que ya lo… pensé. Y no tenemos futuro ―dice, con voz de culpa mientras desliza su mano izquierda por el borde de la mesa.

No tenemos futuro porque él se está corriendo. Eso pienso, pero no viene al caso que lo diga.

―Supongo que no vas a ser más claro que eso. Nunca lo eres.

Y no me tardo nada en tomar mi bolso y ponerme de pie para marcharme.

Antes de que yo empiece a caminar, él dice una cosa más. La más rara que me ha dicho en lo poco que lo he tratado.

―Es mejor ahora, y no cuando nos hayamos acostumbrado a estar juntos. Es desagradable tener que repartirnos una vida.

Le dedico la última mirada confusa y me voy, sin preguntarme como se siente él que acaba de sonar tan triste.

Fue bueno mientras duró, pero no fue ni un instante…él se enamoró de mí y vio que no teníamos futuro en el transcurso de cuatro días y unas pocas horas. Y pensar que se miraba tan maduro.

Un hombre bueno

Consigna de Adictos a la escritura
Palabra: impureza

Macario era un hombre bueno.

Pagaba sus impuestos, le daba comida a los mendigos, le cedía el paso a los vehículos de emergencia, reciclaba y nunca le había sido infiel a su esposa. Jamás en la vida hubiera hecho mal a otros. Cierto que no le bridaba su apoyo a la gente que obraba de forma incorrecta, pero es que no existen franjas grises, o se es bueno o se es malo y los que deciden lo segundo deben soportar las consecuencias. Votó sí cuando se realizó la consulta general en su país para la imposición de la pena de muerte.

No podía creer que justo él hubiera tenido que sufrir aquel evento que le había llenado de impureza en cuestión de segundos, y no sabía lo que debía hacer ahora.

Esa mañana había desayunado mientras leía en el periódico la aberrante noticia de que Lucas Moreno había sido puesto en libertad. “Pero si mató a un hombre”, había dicho, disgustado, “Lo hubieran tenido que ejecutar y lo sacaron en cinco años”. El muchacho había perdido a sus padres en un incendio causado por una instalación eléctrica defectuosa en su edificio que había sido reportada y nunca arreglada, y al no tener donde vivir ni que comer, el muchacho había ido a robar una tienda con el resultado de un cliente muerto, un empleado herido y muchos daños materiales. Pero era un muchacho y había confesado…

Era molesto, para un hombre bueno como Macario, que se perdonara a un asesino.

Y aún así, había seguido su día, sabiendo que convivía con gente mala en todas partes. No sabía porque los delincuentes tenían que forman parte de la vida de la gente decente. Esa mañana había pensado mucho en eso. En el tren, en la oficina, en la cafetería durante el almuerzo… Y ahora… Era como si hubiera sabido lo que iba a ocurrir.

En el camino de regreso había hablado con una compañera sobre Moreno y su liberación. Ella dijo que él había sufrido bastante ya y no necesitaba más castigo. Pero él había insistido en que un asesino es un animal y que seguro no tenía nada en el pecho.

Y luego había bajado del tren y había caminado hacia su casa, pensando en lo tonta que era la gente. ¿Por qué insistían en defender a esos individuos que nada bueno aportaban a la sociedad? En la esquina de siempre vio a la niña que ya sabía que la bolsa que él llevaba tenía comida para ella y su hermanito.
El día estuvo completo al entregarle el almuerzo a la niña, y no esperaba ninguna novedad en las dos cuadras que le quedaban.

Y entonces, vio la tercera cosa más insólita que él hubiera podido imaginar: su vecina se había hartado del esposo que siempre andaba con otras mujeres, y estaba sacando “toda su basura” de la casa, mientras el marido gritaba amenazas y súplicas revueltas, siguiendola de cerca pero sin detenerla.

“Mi amor, eso no”, suplicó el infiel, dentro de la casa pero audible desde el exterior, un instante antes de que ocurriera la segunda cosa más insolita de la lista de Macario: la mujer aventó el televisor desde una puerta sin balcón que había en la segunda planta.

Macario se encogió tontamente sobre sí mismo en lugar de apartarse, luciendo sumamente ridículo durante una fracción de segundo, hasta que ocurrió la cosa más absurda, rara e imposible según Macario: un hombre lo apartó salvándole la vida, y cuando el lo miró dispuesto a darle las gracias, descubrió con horror que su rostro era el que había visto en la noticia de Moreno.

Un asesino le había salvado la vida. ¿Qué mancha más grande puede adquirir un hombre sin habérselo propuesto? La niña en la esquina almorzaría al dia siguiente porque un joven asesino estaba ahí cuando ocurrió todo aquello. ¿Podía existir ironía mayor?

Mientras su vecina seguía aventando cosas, y el huía del sitio donde sentía haber cometido un crímen, Macario se preguntaba porque estaba tan torcido el mundo.

Minientrada
Escritura automática
Septiembre 2011

No pienso en nada en particular, y es lo mejor porque cuando pienso termino preguntándome tonterías, cosas tristes respecto a los finales, o cosas estúpidas respecto a los inicios. En cualquier caso, acaba en ser lo mismo de siempre, el que cuenta es el final. Y todo el recorrido, ya sea en páginas, escenas o años de verdad, sólo tiene significado si afecta al resultado, al cierre.
Pues yo lo siento mucho pero los inicios siguen gustándome más que los finales. Los inicios lo dejan a uno pensar, somos dueños de eso. Los inicios son abiertos y su sentido se lo daremos nosotros, en cambio los finales, son lo que son sin que podamos hacer ni pensar nada al respecto y eso… por lo general es más bien decepcionante.

Todo porque no firmas con tu nombre

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Palabra: Fotografía

A veces, cuando vuelvo del trabajo, siento el absurdo deseo de marcar tu número telefónico para escuchar tu voz.
Si en algo me conoces, sabes que yo no soy capaz de negarle nada a nadie, en particular a mí misma. Pero jamás llamé porqué no tenía idea de cual era tu número de teléfono.

Ahora que lo pienso, no tengo nada tuyo. Por eso es absurdo que me muera de ganas por llamarte y que me informe sobre todos tus movimientos. Yo comencé a creer que estaba enamorada de ti cuando… Bien, lo admito, no puedo recordarlo. Ahora parece que siempre hubieras estado en mi vida.

Albergué tantas esperanzas como pude, manteniendo este “amor” ya que no todos los días consigo sentir algo más que enojo y cansancio. Está sensación de necesitarte, y querer que me necesites, y la emoción ante la sola idea de que quizá… y ahí está el problema. Existen dos palabras que odio: “esperar” y “quizá”. El “no” puede doler, y la palabra “nunca” me hace sentir vacía, sola y perdida. Pero cuando debo renunciar, puedo arrancar esa hoja de la libreta de cosas por hacer, la guardo en un lugar donde esté a salvo pero no a la vista,  me las ingenio para resignarme y me concentro en otra página. El “sí” es una enorme responsabilidad que mil veces me he negado a enfrentar. Son situaciones en las que puedo hacer algo.

Si fuéramos muy diferentes, si tuviera que resignarme, sería fácil. Amarte no es la única manera de aprovechar tu luz.

Si me dijeras que me quieres, me moriría de miedo, pero te querría. Y creo que estaríamos bien.

¡Pero ese “quizá” en tu forma de actuar me volvía loca! Con gusto hubiera aceptado conocer a tus demonios internos si fuese posible curiosear en tu mente para saber si tu “quizá” era un “no” o un “sí”. Pero eso no se puede, así que me deleité en la agonía de ese “quizá”.

Lo hubiera hecho por siempre, pero tomaron esa fotografía en que salimos juntos, y cuando llegó a mis manos descubrí que tenía un número de teléfono al reverso.

Sentí curiosidad; pero fue hasta hoy por la tarde que le sonsaqué a tu hermano que tienes esa obsesión rara de firmar con tu número telefónico en lugar de un nombre.

Cuando llegué del trabajo mi gato estaba dormido, y solamente las ganas de llamarte me recibieron. Nunca me niego aquello que puedo concederme – sería estúpido hacerlo – así que te llamé.

Y sólo estaba la contestadora, en la que tu mensaje es un breve silencio, así que sigo sin oír tu voz. ¿Me llamas cuando llegues, por favor?

Muerte en otoño

Proyecto de Adictos a la escritura: Escritura sorpresa.
Enero 2014
Género oculto: Terror

Género oculto: Terror

Siempre lo supe: aquello que realmente debemos temer llega durante el día. Los verdaderos monstruos sí duermen. Duermen, y sueñan. Los seres más temibles sueñan con gigantescos edificios y escriben palabras dulces en papelde colores.

Cuando llegaron, mientras las hojas secas comenzaban a caer al suelo, muchos pensaron que eran inofensivos. ¿Por qué iban a dudarlo? Tenían un par de ojos humanos, un par de piernas humanas, manos con cinco dedos y una sola boca sin colmillos de fiera, lenguas bífidas o veneno letal.

Aunque la mayoría de los locales prefirió mantener la distancia, otros fueron curiosos. Los más intrépidos intentaron comunicarse con ellos. No teníamos los medios para comprender que no eran como nosotros. Y sin embargo, había algo sobre ellos… algo que no podíamos describir, ni comprender, pero que tampoco podíamos obviar. Algunos vimos el peligro aún antes de que comenzara el canto de la muerte.

Esa tonada suya, ese rugido, cesa un par de veces en el día. O al menos eso creo. Es difícil medir el tiempo desde que ellos vinieron. La última hoja de otoño ya está por caer, y yo juraría que el sol ha salido por el este sólo una pocas veces desde que llegaron.

Los que pudieron huir, lo hicieron. Unos desde el inicio, otros mucho más tarde, cuando las vidas ya habían comenzado a extinguirse por montones. Por supuesto que se fueron. No había forma de proteger sus hogares, enfrentar a los enemigos o siquiera esconderse.

Yo me quedé.

Yo no podía irme.

¿Qué puede hacer un viejo inmóvil cuando la muerte se cierne sobre él?

Justo aquí, presencié la caída de todos mis amigos, que entre quejidos perdieron la vida como lo haría yo tarde o temprano.

Quizá para muchos la certeza era una especie de consuelo. No había nada más por lo cual preocuparse, porque la muerte los abrazaría de cualquier modo. Sólo podíamos abrazarla también. Pero… Esto sonará absurdo, puesto que hablo de algo inevitable, sin embargo confieso que yo no quería morir.

Yo hubiera querido defenderme. Hubiera querido, por lo menos, sólo esta vez, lo que nunca anhelé: hubiera querido moverme.

Pero no puedo y me ha llegado el turno. La noche casi llega, y aún así con la última luz del día ellos me eligen. El brazo postizo del monstruo me alcanza y me muerde. Es un brazo que muerde. Estos monstruos son realmente espantosos. Tienen un brazo extra que te arranca trocitos en mordidas muy pero muy pequeñas y, cuando quieres darte cuenta, caes hecho cadaver.

Pero ahí no termina su maldad.

Todos hemos oído cómo sigue: cuando yo haya caído, me arrastrarán lejos de aquí, y si tengo la suerte de que no me lancen a las llamas, será porque su propósito es aún más humillante. ¿Exhibirán mi cadaver en sus salas, como parte de un mueble? ¿O lo van a triturar y terminaré siendo papel para poesía?