Cupido no es un buen tipo

Lucas era bueno con las palabras, pero resultaba difícil concentrarse en la misiva mientras escuchaba a su compañero de habitación quejarse de lo fastidioso que era escribir un reporte sobre la razón para mantener el acceso a la educación en una dictadura. Que si le parecía enfermo que hubiera “una” razón, como quien habla de la única verdad; que si era una razón ridícula por esto; que si era una falacia por aquello. En general, Marcelo odiaba la asignatura.
―Cualquier persona que pueda entender la mitad de esa basura también ha de entender que las dictaduras son vulnerables ―dijo, como si recién llegara a esa conclusión, aunque lo repetía todos los miércoles y lunes―. Lo único que dura es la Democracia de la Miseria.
Ocupado como estaba con la carta, no se le ocurrió una forma sutil de cambiar el tema. En cambio, le siguió la corriente:
―En todo caso, gobernar no paga en nuestra época. La Tolerancia le ata las manos a cualquiera. No entiendo por qué dan Sociología para Dictadores… ¿Y tú, por qué la tomas?
―Me equivoqué de renglón al apuntar las clases ―suspiró el primero.
Por un momento guardó silencio y Lucas estuvo tentado a albergar la esperanza de que ya dejaría de distraerlo. Sin embargo, la sombra que se proyectó sobre el papel decorado le advirtió que Marcelo se había acercado, como siempre, sin hacer el menor ruido.
―Oye… eso no es tarea… es una… ¡¿Carta cursi?!
―No ―replicó, irritado, y sin dejar de escribir, comenzó una explicación que acabaría pronto con el interrogatorio―. ¿Supiste que Annie…?
No pudo ni terminar la pregunta introductoria antes de ser interrumpido con una exagerada exclamación de sorpresa.
―¡¡No puede ser!! ¿Tú? Digo, todos sabemos que estás obsesionado con ella, pero ¿esto? Como sigas así, te expulsarán.
―¡No, idiota! ―gruñó Lucas, y abrió la boca para intentar explicarse una vez más.
―No te preocupes ―Marcelo interrumpió de nuevo―, no voy a decirle a…
―Claro que no. Porque sabes que lo pagarías caro. Pero todavía no sabes qué secreto estás guardando.
―¿No?
―¿Recuerdas que ella recibió una carta de Jaime Nafar?
Confundido, Marcelo asintió: lo recordaba.
―No tiene oportunidad ―dijo, todavía llevando el mentón de arriba a abajo a pesar de dar lo que él suponía una mala noticia―. Tú, menos. Le gusta Milton.
Por primera vez en la conversación, el enamorado de Annie se dignó a mirar a su interlocutor.
―¿Ya se habla de eso? ―quiso saber. Dar explicaciones podía esperar.
―Sip. Y claro, él tiene complejo de secuaz, así que ni bien se enteró, se puso de tapete.
―Oh. Eso va más rápido de lo que esperaba ―reflexionó Lucas―. Ojalá no vaya a cuajar antes de que ella se embobe por el otro.
―¿Qué? ¿Tú… tienes algo que ver con eso?
―Es lo que iba a decirte, acelerado. Envío cartas y disperso rumores para que ella tenga que elegir entre un enamoramiento que no le conviene con Jaime y poder usar al estúpido pero complaciente Milton. ¿Ves?
―¡Claro! ¡Y así podrás…! Eh… ―después de meditarlo un segundo, Marcelo se dio por vencido―. ¿Qué vas a ganar? Ella se pondrá gruñona y tratará peor a todos. Incluyéndote.
―¿Necesito dibujarte todo? Lo hago sólo para verla arrancándose el cabello. Me encanta cuando hace eso ―confesó, con una sonrisa perversa… ¿o era una sonrisa dulce? Cuando se trataba de esa chica, ni él mismo sabía.
Sí, las expresiones de ira controlada de su amor platónico le encantaban. Pero más le gustaba verla patear a todo el que se atravesara, incluso… mejor dicho: especialmente si eso lo incluía. Pero ese era su secreto.
―Oye, ¿y si no funciona? Annie es… ―Marcelo no parecía convencido de poder decir “rara” en presencia del peligroso enamorado de la chica, aunque dicho sujeto lo dijera todo el tiempo.
―Perfecta. Pero también es una chica. La naturaleza, que es la peor villana posible, la diseñó para procrear; y Jaime es… buen material genético.
A Marcelo no le sorprendió escuchar eso viniendo de uno de los últimos misóginos del país, pero se quedó con los ojos cuadrados cuando, media hora después, Annie le dio la razón.
―¿En serio no lo sabías? ―agregó, con desdén, al observar su reacción.
―Las chicas siempre lo niegan ―dijo él, tímidamente.
―Ellas sabrán por qué lo hacen. Pero siempre es posible que esos problemas se presenten, así que lo resolví con anticipación. En todo caso, ese niño consentido no es tan buena opción. Tengo mejor ADN en mente.
―¿Es un chiste? ¿No te gusta? Pero si por aquí la mitad quieren casarse con él y la otra mitad queremos ser como él…
―Quizá. Pero es porque no se han detenido a pensarlo. Jaime sólo tiene recursos. Y talento.
―¿Quieres más?
―Por supuesto. Alguien que no tenga habilidad para desperdiciar todo eso. Y, ¿a ti que te importa, metiche? No somos amigos, sólo hacemos un negocio.
Marcelo asintió, con nerviosismo, y preguntó algo que la huérfana seguía sin responder:
―¿Qué vas a hacer con Lucas?
―¿No debiste esperar la respuesta antes de contarme todo? ―inquirió Annie, su voz habitualmente áspera se había convertido en seda, su sonrisa mostraba colmillos felinos.
―N-no es que tuviera muchas opciones.
―Dos son todas las que se necesitan. Sólo tenías que decir que no estabas interesado en el intercambio.
―¿Y reprobar Sociología? No puedo da…
―Me aburres con tus quejas.
―Lo siento.
La sonrisa se volvió más humana, pero no menos temible.
―No haré nada con Lucas ―respondió Annie, por fin.
Marcelo abrió un poco la boca e inclinó la cabeza.
―¿No?
―Ni le diré que su esbirro lo delató, tampoco.
―¡No soy su esbirro! ―se defendió él.
Ella puso cara de sorpresa por un instante tan breve que Marcelo jamás sabría si realmente había ocurrido.
―No te preocupes ―consoló, de inmediato, como si él hubiera estado lamentándose—. Si no te ha dado el título es porque le gusta dárselas de autosuficiente. No porque sospeche que eres poco confiable.
En efecto, no hizo nada en contra de Lucas. Sólo observó en silencio como Marcelo se volvía en su contra en un esfuerzo por evitar la fama de lamebotas y el título de secuaz.
En cuando a Milton y Jaime, ella no le miraba ningún problema. En la era de la tolerancia no hacia falta elegir.

El cocinero sensible

Ejercicio Literario #23
Un ataque de nervios

Isabelo Pereira no había tenido vacaciones en once años.
No las necesitaba porque lo único que le llamaba la atención era la cocina, y no había destino turístico en el mundo que le brindara tantos recursos como la mansión del mayor creador de tecnología en el mundo.
Este hombre estaba loco por los circuitos integrados, el cilicio y los mariscos. ¡Sí: mariscos! Pero también le gustaba probar nuevas delicias, y ese era el trabajo de Isabelo, quien se veía a sí mismo como un artista más que como un cocinero.
Un artista que cumplía a cabalidad su trabajo y dedicaba 18 horas al día a buscar una nueva combinación de sabores para su jefe, y reproducir los mejores en las grandes cenas y fiestas exclusivas de los jueves.
Definitivamente eso último no le agradaba, por qué su preciosa cocina se llenaba de gente, y su comida era criticada por ignorantes. Pero cada semana se armaba de paciencia para recibir a los indeseables asistentes y comensales.
Hasta el terrible día en que uno de ellos se robó la sal.
No sabía quién había cometido semejante crimen, ni por qué. Pero el hecho era que, por primera vez en once años, no había sal.
Lo descubrió de la peor manera, cuando los huevos ya estaban en la sartén. Extendió el brazo, abrió la mano y sujetó el salero; lo sacudió, sin mirar, sobre el prospecto de desayuno tradicional, y entonces se dio cuenta del problema.
Buscó las reservas, a toda velocidad porque mientras el buscaba la estufa seguía encendida. No había tiempo de volver a cerrar las puertas y gavetas, o para asegurarse de que todo quedara en su sitio.
No encontró nada.
Haciendo un gran esfuerzo para mantener la calma, buscó en los sitios más insospechados, y pensó en utilizar algo salado en lugar del mineral.
Pero tras sacar todo de los anaqueles, se convenció de que no había nada útil, así que se resignó a caminar hasta la esquina en busca de la sal. Apagó el horno aunque el pan aún no estaba bien tostado, verificó dos veces que tenía la llave, y corrió hacia la pequeña tienda después de cerrar la puerta de la cocina.
El precio de la sal era una broma de mal gusto, pero no le quedó más remedio que comprarla al doble de lo usual después de regatear un rato. Y regresó sobre sus pasos, pensando que ahora sí le hubiera servido un ayudante, para que fuera por la sal. ¡Pero si alguno de esos sujetos se había llevado la sal para empezar! Ya pensaba tonterías.
Entró al calor de la cocina sólo para descubrir el incendio que iniciaba en la sartén, y se apresuró a buscar el extinguidor, maldiciendo constantemente al sistema automático que jamás funcionaba.
Pero los rociadores sí se activaron. Justo cuando el extinguidor había hecho su parte, una lluvia artificial se vino sobre Isabelo.
El hombre suspiró, devastado.
Pero no sirve llorar ni sobre los huevos quemados ni sobre la sal mojada. Así que el cocinero, el artista, llamó al encargado de mantenimiento para que verificara el estado de la estufa y mientras lo dejaba trabajar fue de nuevo a la tienda y compró más sal sobrevaluada.
Tuvo que cocinar en una sartén menos apropiada, usando una estufa pequeña y antigua, pero el desayuno estuvo listo antes de mediodía.
―Tardaste, Pereira ―no fue un reclamo, sólo un comentario.
―Mis disculpas. Hubo… contratiempos.
―Mejor, así con hambre sabe mejor ―comentó el ingeniero y, después de un bocado, agregó:― Ah, pero los huevos están muy salados.
*****
No se presentaron demasiadas personas. Es que Isabelo había reunido muy pocos amigos a lo largo de su vida.
―Pues yo tengo mis dudas de que fuera por eso ―comentaba uno de los pocos asistentes―, mira que salir tan sensible, cuando parecía que tomaba bien la crítica.
―De maravilla, pero imagino que para un chef como él, una queja por algo tan insignificante fue terrible.

Cenizas en la noche

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #10: Entre libros

Literautas

Indicaciones:
1.El texto tiene que contar una historia con su inicio, su desarrollo y su desenlace.
2.La acción principal ha de ocurrir en un escenario lleno de libros.
3.En la historia tiene que aparecer un diálogo que contenga la frase: “El año que viene, tal vez”.
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CENIZAS EN LA NOCHE

Erase una vez una fogata alimentada por libros.

Y si yo les hablara de los títulos y autores de aquellos buenos amigos tratados cual vil combustible, esta sería una historia de terror. Pero no podría listar tantos sociólogos, poetas, científicos y charlatanes; mucho menos podría citar cada una de sus obras, traídas en carretas desde mil bibliotecas hasta esta playa artificial.

Podría pasar páginas y páginas hablando de la travesía tan larga, tan difícil, tan enriquecedora, que vivieron Johanna y Morgan para llegar al sitio en que se amontonaban sin orden alguno las obras de arte y los registros de importantes sucesos históricos, en espera de ser destruidos sin remedio. Pero, sucede que tengo las palabras contadas, así que ha de bastarles con saber que sufrieron, lucharon, dudaron y perseveraron. Enfrentaron humanos, monstruos y demonios personales.

Me gustaría describir al menos la encarnizada lucha que dio inicio cuando fueron descubiertos por los hombres de idénticos trajes en blanco y negro, idénticos peinados e idéntico calzado. Pero este relato no podría ser para todo público si yo entrara en esos detalles tan sangrientos. Tampoco debo hablar de los hombres sin identidad individual, porque temo que mi juicio afecte este breve relato por medio de mi crítica contra los sistemas que exigen a la gente que no recuerde nada, que no piense gran cosa y que pase su vida entera entre cosas más inmediatas, realistas… aprobadas.

¿Qué puedo decir entonces de esa enorme fogata, que ardía alimentada por sus víctimas en una playa artificial bajo la luna blanca de una noche negra?

Tal vez sirva la inocente metáfora de las llamas que bailaban coloridas enmedio de la oscuridad. O la comparación trágica entre el humo y las cenizas, restos descoloridos de aquel espectaculo de luces que fueran alguna vez las páginas que ardían.

¿Qué puedo decir de Morgan y Johanna, viajeros sin brújula que amaban los libros? Creo que lo importante ya está dicho: ellos perseveraron, fueron atacados durante un largo viaje y una vez más ahora que llegaban a tan terrible puerto, pero lucharon y vencieron. ¡Claro que vencieron!

Y asumirán ustedes, mis pacientes lectores, que siendo así las cosas, lo que voy a contarles sobre los hombres sin personalidad, es que perdieron. Pelearon con tantas ganas como los vencedores, y estaban en ventaja, pero eso no viene al caso, lo que importa es que, a la larga, perdieron.

Apagado el incendio, oculta la luna por el humo, la oscuridad reinó sobre las cenizas de los libros y sobre los que habían sobrevivido al desastre. También cubrió a los dos héroes que los habían rescatado.

―Ahora habrá que devolver todos estos libros a sus sitios ―dijo una agotada voz femenina entre las sombras―. Pero supongo que podemos descansar antes. ¿Cuándo crees que debamos empezar a contactar bibliotecarios?

―El año que viene, tal vez ―respondió la igualmente agotada voz de su compañero de aventura.

Última inspección

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #9: Principio a fin.

Literautas

Indicaciones:

1. El texto se contará con un narrador en primera persona.
2. La primera frase del texto ha de ser: “Me giré al escuchar sus pasos”.
3. El texto terminará con la frase: “cerré los ojos, incapaz de seguir mirando”.

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ÚLTIMA INSPECCIÓN

Me giré al escuchar sus pasos en el recibidor.

―¿Encontró algo? ―dije, con ese tono irónico que alguna vez había sonado poco propio de mí.

―No señor, nada.

¡Dos horas! ¡Dos horas y quizá más para concluir que no había nada en un salón vacío! Para protocolo, era bastante esfuerzo.

Todo había comenzado con la inspección regular de arena. Al parecer, el proveedor había traído grava: el ir y venir de inspectores duró más catorce cientos de horas. Casi me vi en la bancarrota por el exceso de gastos en impresión de papel y transferencia de archivos digitales.

Por supuesto, habían decomisado la arena equivocada y la arena de playa. Luego empezaron las otras preguntas.

Inspeccionaron todos los aspectos posibles. De pronto querían saber sobre la roca para montaña y el humus que teníamos en reserva. ¡Y se atrevieron a reportar el humus como “demasiado antiguo”!

Para examinar todo, se llevaron cada tipo de suelo y durante los siguientes veintitantos cientos tuve que vender “no hay”.

Perdidos los clientes, no se hicieron esperar los proveedores con sus dudas y cobros. Y así se acumularon los problemas, hasta llegar a ese día.

Al menos era la última inspección.

Cuando la mujer se fue con su reporte, yo me quedé esperando al próximo visitante: un posible comprador.

Le di un vistazo más al salón principal, de donde habían retirado las muestras nuestros proveedores. Ya no había en él suelos que pudieran presentar defectos. Tampoco había nada que vender, más que el propio salón vacío. Abatido ante la oleada de recuerdos cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

Reconstrucción

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #5: Entre bastidores

LiterautasLa acción del relato tiene que ocurrir en un teatro. No hay restricciones ni de personajes ni de tema. El único requisito es que uno de los personajes ha de guardar un secreto.

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RECONSTRUCCIÓN

El Authentikós tenía cierto encanto al estar casi vacío. Para Indira se trataba de la sonoridad, pero lo que embelesaba a Cornelio era algo que él mismo no sabía explicar.

Él había reconstruido el edificio, pero su amor por el mismo le venía de antes: de sus días de actor. En ese entonces tenía un propietario distinto que lo mantenía en el abandono a pesar de ser un monumento histórico, y fue ahí donde el primer rechazo frustró al joven prodigio de la actuación.Ella lo veía con ojos más prácticos: el edificio era perfecto para sus grandes producciones.

En todo caso, este día no giraba alrededor de la carrera de ninguno de ellos. Celebraban cinco años de feliz matrimonio, y casi ocho de prodigarse un amor sin reglas, límites o promesas.
Al parecer era su destino estar juntos, y ellos estaban conformes con ese designio en particular.
Alguna vez ella había temido que un romance tan intenso como el que soñaba arruinaría su carrera. Era joven, ambiciosa y apasionada; era la pupila del mejor director de la ciudad, su asistente y protegida.
Así fue como sus caminos se cruzaron la primera vez, cuando él se presentó a las audiciones de un nuevo proyecto.

También Cornelio era joven, ambicioso y apasionado. Como Indira, pero en otro campo, era talentoso: el hombre perfecto para el papel. Pero el director no pareció pensar eso.

Desolado, dejó el teatro y volvió a la universidad.

Durante siete años no supo nada sobre la muchacha que lo había visto con deseo en los ojos; esa que había descubierto que, si las cosas se daban, perdería la cabeza por él.

Se reencontraron porque ella se había convertido en propietaria del teatro y pretendía remodelarlo para cumplir una promesa hecha a su maestro ya fallecido.

En siete años, los dos habían cambiado de muchas maneras distintas. Pero la madurez no les quitó ni lo ambiciosos ni lo apasionados; tampoco había cambiado lo que sentían el uno por el otro.

Al presentarse el reencuentro, Cornelio sabía que no tenía ninguna razón para perder aquella oportunidad y ella se había arrepentido bastante por haber convencido a su maestro y amigo de que no contratara al muchacho, dando motivos que parecían válidos pero que sólo ocultaban su miedo.

Había sido un error que no cometería de nuevo; un error que su amado debía desconocer para siempre.

Entre ronquidos

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #4: El aeropuerto

LiterautasEl escenario es un aeropuerto en la víspera de Navidad. Hay bastante movimiento de viajeros que comienzan sus vacaciones o regresan a casa por estas fechas. Hay también algún retraso y un par de vuelos cancelados. Entre los pasajeros que aguardan, nos llaman la atención:
Diego: joven estudiante que viene de un país extranjero y está en ese aeropuerto de paso. Acaba de bajarse de un avión y tiene que subirse a otro para llegar a casa, pero acaban de cancelarle el vuelo y no tiene muchas opciones salvo quedarse a dormir en el aeropuerto.
Milagros y Teresa: dos monjas que viajaban a pasar las fiestas con sus familias. Su avión acaba de ser cancelado e intentan convencer a Diego (el estudiante) para que las acompañe de vuelta al convento. No quieren que pase la noche solo en ese lugar.
Matías: un hombre de 75 años que viaja a casa de su hija para pasar allí las fiestas. Le preocupa el retraso. No quiere pasar la que podría ser su última Navidad en un aeropuerto. Se pasa todo el tiempo pendiente del teléfono (en comunicación con su hija) y pendiente de cualquier información que ofrezca la compañía aérea.
Andrés: un carterista que intenta tomar un vuelo para alejarse de esa ciudad lo más rápido posible, ya que le buscan un par de matones a causa de sus deudas de juego.
El relato debía incluir al menos uno de los personajes de la lista, pero ¿por que elegir uno si podían estar todos? .

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ENTRE RONQUIDOS

¡Una hora!

La mía no era la espera más larga a decir verdad. Pero eso no era consuelo; al contrario, significaba que podía ser peor.

Me caía del sueño, pero al ver al muchacho que roncaba y babeaba frente a mí, decidí que prefería mantener mi dignidad. En el momento en que estaba registrando mi bolso en busca del monedero, una voz amable y cansada me preguntó si mi vuelo se había retrasado.

—Así es. ¡Una pesadilla!

—¡Dígamelo a mí! —el dueño de la voz era un ancianito de esos a los que quieres llamara “abuelito”—. Esta podŕia ser mi última oportunidad de ver a mi familia completa; todos los nietos estaran juntos por ser Navidad, pero…

De ahí a las fotografías de todos los nietos, hubo unas pocas palabras de distancia. ¡Y yo que andaba con sueño!

Los ronquidos del muchacho, que antes parecían molestos, de pronto eran parte del conjunto somnifero. Decidí fingir que recibía una llamada, pero al dirigir la vista a mi bolso, descuidado a causa de la conversación, encontré a un extraño registrándolo.

—Lo siento —dijo, con una sonrisa avergonzada—. Soy cleptómano. ¿Tu viaje va bien? Es que necesito comprar un boleto y…

—Esta retrasado.

—¡Maldita sea! —más que un grito de enojo, fue un lamento.

—¿Me devuelves mi monedero o debo llamar a los guardias?

—Oh, sí. Toma —me dejó mi billetera intacta, con todos los documentos pero sin dinero.

¡Cleptómano, claro! Y yo nací ayer.

Con tanto problema en el aeropuerto, ni valía la pena reportarlo, además, pronto se perdería entre la multitud.

—Yo creo que se quería robar tu boleto —dijo el ancianito.

No respondí nada, y él se extendió en comentarios sobre esta juventud descarriada.

Mis párpados se cerraban… y entonces el grito “tengo una bomba y aquí nos vamos a morir todos”, desató el caos.

Mientras muchos corrían y otros suplicaban, yo fui de las que se tiró al suelo. El abuelito negó con la cabeza, resignado al final; en tanto, unos ronquidos arrítmicos eran ahogados por el bullicio.

La gente se pisoteó entre sí. Los guardias huyeron o sacaron sus armas, y en el ojo del huracán, quedaron dos muchachas, de edades dispares sorprendidas por la reacción de todos.

—Dios mío, —dijo la mayor— ¿ves lo alarmistas que son? Por eso te digo que no me cuentes películas de terroristas en los aeropuertos.

Ahora sólo se oía su diálogo, la respiración agitada del guardia y los que estábamos en el suelo, y los ronquidos del muchacho.

—¿Será que lo dije muy fuerte? —preguntó la otra jovencita, confundida.

Las interrogaron un rato, mientras la gente empezaba a recuperar la calma y unos paramédicos llegaban a atender a algunos individuos que se habían lastimado o que habían tenido desmayos. Poco a poco se reanudaron las quejas por el retraso y todo volvió a la normalidad, mientras el muchacho seguía roncando.

Unas monjitas que pasaron por ahí lo despertaron le preguntaron algo que no escuché porque ya era hora de abordar mi vuelo. Increible lo mucho que pueden dormir algunos.

Más vale tarde

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #3: 30 años tarde

LiterautasLa escena ha de girar en torno a una carta que llega 30 años tarde. Puede ser una carta enviada en cualquier época y por cualquier persona.

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MÁS VALE TARDE

—¡Mami! —gritó Rosario, mientras corría hacia la pequeña biblioteca.

—¿Sí, Rosi?

—Hay una señora en la puerta. Se parece al cartero de los cuentos.

Todavía existía una oficina postal. Los “convencionales” todavía utilizaban ese medio de comunicación. Pero en esta zona no vivía ninguno de esos individuos adinerados apegados a las tradiciones. Aquí no venían los carteros, porque la gente no tenía dinero para enviar cartas.

Pero ahí estaba, con una misiva para Susana Girón.

—Está… bastante atrasada —rió la mensajera—, pero igualmente debemos entregarla.

—Ella no está —explicó Fernanda—. Pero yo puedo entregarla si gusta.

—Por favor. Y firme aquí…

Susana era su suegra. La mujer que había sacrificado su carrera y su vida social para cuidar de un hijo muy enfermo, incapaz de valerse por si mismo o comunicarse debido a una enfermedad que casi había acabado con la raza humana. Durante unos veinte años, después de que se identificara apropiadamente y antes de que se encontrara su cura, muchas madres decidieron “interrumpir el embarazo” tan pronto como el laboratorio les indicaba que su bebé tendría la enfermedad. La tasa de natalidad se redujo de manera alarmante.

Para las nuevas generaciones, era un tema para la clase de historia; pero la vida de Susana había sido marcada por dieciseis años de cuidar a un niño-vegetal. Alguna vez había deseado que él niño no existiera, por el bien de los dos. Pero ese tiempo había pasado. Su hijo la amaba a pesar de que sabía que ella había pedido los análisis para ver si valía la pena traerlo al mundo, porque lo importante era que había renunciado a todo para dedicarle tiempo a él.

A él, que no tenía nada para ella.

Ahora, años después de que se desarrollara una cura, sí que lo tenía. No sólo el fruto de su trabajo, si no una familia que idolatraba a aquella mujer.

Una familia que sentía curiosidad ahora que ella recibía una carta de una empresa llamada CIOR. No sabían lo que hacía esa compañía. Tan pronto como volvió, le preguntaron.

—¿CIOR? —se sorprendió la señora— Que yo sepa eso cerró hace años —revisó el sobre y finalmente lo abrió para ver que contenía—. ¡Ah, hija, si esto es viejísimo!

—¿Qué era abuelita? —preguntó la niña.

La señora rió con gusto.

—La peor noticia que una mujer podía recibir en mis tiempos. Aquí dice que el bebé que tuve hace casi treinta años, iba a estar enfermo.

—¿Mi papi? ¿Era sobre su enfermedad?

La niña conocía bien la historia, pero no comprendió como Fernanda y Gael. Ese retraso inverosímil había cambiado dos vidas, y había hecho posibles otras dos.

Mi proveedora ha muerto

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #2: Misterioso asesinato en la montaña

LiterautasNos encontramos en un bonito y pequeño pueblo de montaña al final del verano. La temporada turística está a punto de terminar y, como cada año en esta época, los vecinos se preparan para sumirse en la tranquilidad del invierno. Pero la paz del lugar se ve enturbiada cuando una mujer aparece asesinada en un paraje cercano.La fallecida se trata, al parecer, de una famosa escritora japonesa de 50 años que estaba pasando sus vacaciones en la zona. Como era de esperar, se monta un gran revuelo. Los vecinos están desconcertados, hay rumores de todo tipo, se barajan diversos sospechosos y el pueblo está invadido de periodistas, admiradores y curiosos, además de numerosos policías que acuden como refuerzo para investigar el caso.

El personaje principal de vuestra historia puede ser cualquiera excepto el asesino o la fallecida.Reto opcional: En algún momento de vuestra historia, probad a incluir la frase “Le devolvió el libro“.

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MI PROVEEDORA HA MUERTO

Todos seguían hablando de eso: en el colegio, en la televisión, en la calle…

Por lo general, cuando la gente empieza a contarme como se veía el cadáver y que la policía hizo esto o aquello, me desconecto de la conversación.

Verán, desde que empecé a leer esos libros, no me interesa nada más. Pero es porque son específicos en lo que realmente me interesa: el motivo. ¿Qué me importa a mí que un desconocido esté muerto en alguna parte si no sé por qué murió? Eso es morbo inútil e insensible.

Aunque me interesaba el homicidio reciente, no me parecían muy importantes los detalles de la escena del crimen. Después de todo mi interés no se debía a que hubiera ocurrido todo tan cerca de mi casa, si no a la víctima: mi autora favorita.

Escuché tantos detalles al respecto cuando fui al colegio, que ya me parecía haber estado ahí cuando la encontraron el día anterior.

Me demoré de regreso a casa, porque a cada rato me detenía uno de esos fanáticos enfermos que buscaban el parque donde había terminado una vida de maravillosas historias.

Aunque me parecía un fastidio que periodistas y seguidores hicieran una fiesta de la muerte de la mujer que yo más admiraba, me sentí un poco identificada con los que vinieron hasta acá porque nunca habían cumplido su sueño de conocerla y, sobre todo, me reconocí en los que lloraban en silencio.

Quizá, de haber sido en otro sitio, yo habría ido.

No, no es cierto.

A dónde quería ir, era al sitio donde ella había escrito su primer libro. Es que yo también había dejado para “la próxima firma de libros” esa situación -ahora imposible- de conocerla.

Según el noticiero, la policía seguía sin tener pistas legitimas. Lo que sí tenia, era un montón de teorías falsas, muchas de ellas ridículas y otras elaboradas y tan ficticias como esos libros que habían llenado mi vida por dos años y medio.

Aún no leía su obra maestra, porque según mi padre era “aún más inapropiada que los demás libros de esa mujer”. Mi tía incluso me había enviado una copia sabiendo que a mi me obsesionaba la autora, pero mi padre le devolvió el libro mucho antes de que yo pudiera verlo siquiera. Eso desencadenó una pelea horrible, pero él se salió con la suya y yo decidí que algún día me saldré con la mía.

Ahora es oficial que la pobre no escribirá un libro mejor que ese.

Lo bueno de tanta alaraca de la gente, es que había especiales sobre ella en todos los canales culturales y de historia.

Estaba viendo uno de esos especiales mientras estudiaba. Nuevamente, yo buscaba un concenso entre mi vicio y las exigencias de mi padre.

Intenté no imaginar demasiadas teorías sobre el asesinato de una autora relativamente polémica, pero aún así fui la primera (y espero que la última) en enterarme de quien la mató.

Lo supe por algo que dijo mi padre cuando llegó a casa y se enteró de lo que yo había dejado en televisión:

―¡La mujer está muerta y tú sigues obsesionada con ella! ¿Qué voy a hacer contigo?

¿Se dan cuenta del motivo? Si yo fuera madre de una “adicta”, también habría matado a su proveedor. No es lo más correcto, pero tampoco iré a la policía a acusar a mi padre por intentar protegerme de lo que no comprende.

No es que alguien fuera a creerme. No tengo evidencia ni un razonamiento lógico y claro.

Pero SÉ.