Sólo es una promesa

Por un defecto en los reguladores, está nevando en la estación Eiko. Un día blanco en el que RED resalta incluso mas de lo que solía hacerlo Tabitha con su atuendo oscuro de #temporalBreveEfimera amante del Rock Eco. La nieve nos parecía molesta, ahora los dos vivimos en lugares sin ese tipo de clima.

—¿Qué piensas, fiv?

Ni siquiera conozco la traducción correcta a esa palabra, pero sé lo que significa. Sé lo que ella piensa cuando me llama “fiv”, aunque no sabría ponerlo en palabras. Sólo sé que siempre me causa la necesidad de sonreír y tengo que hacer un enorme esfuerzo para no ir directamente al núcleo de esos pensamientos tan intensos que la definen.

Lo que piensa me ahoga, y no quiero que acabe. Supongo que así es como lo sentían los poetas de La Tierra.

Automáticamente, le digo lo único que podría decirle: la respuesta sincera a su pregunta. Por el gesto en su cara, sospecho que es una suerte que justo ahora no este viendo en su mente: lo que piensa no me gustaría.

—Deberías llamarla —dice.

Que extraño. A ella le gustaría que yo dejara de hablar con Tab para siempre, ¿y dice que la llame, sólo porque me pregunto si extraña la nieve?

—Dile que nos comprometimos.

Ah. Ya veo.

No será la noticia que por fin me separe de Tabitha, pero entiendo porque Red espera eso. Es por lo mismo por lo que siente celos: ella no logra comprender nuestra relación, y piensa que Tab le lleva ventaja por ser de mi mundo.

En cualquier caso, si debería contarle a mis amigos que encontré el amor y que ahora busco una ceremonia de matrimonio válida. Aunque sólo debo entrar al edificio cercano, antes de irme la beso como si fuera la última vez.

En el centro de comunicaciones me encuentro al hermano de mi prometida. Rezonga sobre mi conducta en Yhe. Algo me dice que si le hago una visita a su subconsciente… Ajá. Ni siquiera tuve que llegar hasta el subconsciente para descubrir que lo que en realidad lo ofende es que Red y yo estemos a punto de casarnos. Sus motivos para sentirse tan indignado son un asunto complicadísimo, pero supongo que es injusto llamarlo un patán sólo porque su código moral y su definición de respeto son totalmente diferentes a los mios.

Continúo acumulando ‘infracciones inofensivas pero evidentes’, como él dice, al encender uno de los amplificadores y abrir el cada vez menos usado canal de comunicación con El Observatorio.

Contesta Jake. Siempre esta ahí a esta hora.

Su voz, perfectamente clara y audible, a mi me suena distante, vacua. He oído más de una vez que lo describen como un tipo banal con una voz que hace juego. Pero yo nunca tuve esa impresión. Su mente es uno de los universos más sensibles que yo haya visitado en mi vida.

Siempre estuve acostumbrado a rondar su mente mientras lo escuchaba, creo que por eso se me hace tan pobre oír su voz desde aquí.

En menos de cinco minutos las chicas están en la línea también. Todos me felicitan, pero desde aquí no puedo sentir el entusiasmo. Más bien me siento sólo. Ni siquiera les explico que no sé como voy a casarme con ella, que no hay un planeta en que las reglas nos resulten convenientes. Cuando estaba en casa, cuando no estaba muy seguro dónde acababa mi mente y empezaban las de ellos, eso hubiera sido parte de la conversación, y de algún modo me habría ayudado hablar con ellos. Ahora… ¿esto es a lo que se referían mis padres al decir que al salir del colegio los amigos se pierden?

Al acabar la llamada de larguísima distancia, estoy emocionalmente drenado.

—¿Malos augurios? —pregunta uno de los amigos de mi prometida. Es un amigo para mí también, supongo, pero no entro y salgo de su mente como si fuera mía, así que no me ayuda a sentirme acompañado.

De todas formas, le explico lo que puedo sobre mi situación.

—Ah, es por el matrimonio. Le pasa a casi todas las especies.

—No tenemos ni la fecha, ni siquiera encontramos una ceremonia. Es temprano para nostalgia por nupcias.

Él hace un ruido ronco con su nariz, el equivalente de su especie a encogerse de hombros.

—Es la decisión la que cuenta, no la ceremonia. Cuando eliges casarte, o no casarte, estás admitiendo en que forma amas a tu otra persona.

Ahora entiendo porque la gente de su cultura no se compromete, sólo escriben y firman su contrato de una vez. Me gustan sus contratos, pero la ceremonia se realiza en un planeta inhabitable para especies con dos pulmones.

Y sin embargo… creo que tiene razón. La decisión ya fue tomada. Para siempre, con votos ineludibles y públicamente, así es como admitimos amarnos. Viéndolo así, es un poco aterrador; no creo haber tomado nunca un desafío de semejante talla.

¡Venga!


Este relatito suelto describe desde un incidente que será discutido desde un ángulo diferente en la historia que estoy (re)organizando para escribir en noviembre, pero si me puse a escribirlo fue debido a un ejercicio literario propuesto por Julie Duffy, que -versión corta- sugiere explorar como una persona es diferente según con quien esté.

¿Ven cuál es la enorme diferencia en como se desenvuelve el protagonista? Probablemente no, tampoco lo ven quienes lo rodean, ni él mismo.

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El profesor de magia

Eres el último en recibir una invitación. Sabes que no debe ser gran cosa, porque tú no eres la gran cosa, pero igual te entusiasma ser uno de los seleccionados para impartir clases en el último colegio en funciones.

Es cierto que el espectáculo y la búsqueda de personas, mascotas y objetos perdidos paga mejor, pero prefieres enseñar. Los chicos a los que has dado clases irregulares durante los últimos siete años no tenían nada de malo, pero a ti te atrae la idea de una estructura, a lo mejor es cierto que tienes alma de viejo.

Así que te metes en tu traje de mago, con todo y el sombrero —sin palomas, eso es para prestidigitadores— y tomas un tren que te deja a dos cuadras del edificio más grande de la ciudad más pequeña del país.

Muestras tu mejor lado, responsable y ordenado, y te tomas la molestia de intimidar un poco al niño que tartamudea en la última fila, porque sabes que es la maldad lo que se valora en esta institución —¡si lo dice su nombre: maldad e indiferencia!

Así corren los días. Amas la planificación constante, asignar calificaciones por primera vez. Odias la forma en que te ven cuando les gritas. Unos podrían llorar, otros… son un poco aterradores. Pero no tienes corazón para gritar solamente a los que no van a buscar venganza, así que tienes que tolerar ronchas, trampas y alguna humillación pública los martes.

Puedes vivir con eso, o al menos intentarlo, pero no puedes evitar encariñarte con algunos. El chico tartamudo tiene un don para esto, aunque no podría pronunciar una palabra mágica así su vida dependiera de ello. La presidenta de la clase es negada para la materia, pero comprende todo y se hace a la tarea de entrenar al chico bizco que al inicio no entendía una palabra —y probablemente nunca llegará a hacerlo— pero si puede congelar el vapor con solo decir ‘cero’. Hay un estudiante en primer año que no deja de echar las cartas hasta que consigue entender algo, no importa lo difícil que el tema le resulta.

Enseñarles es tan gratificante que no puedes encontrar indiferencia. Empiezas a asignar proyectos extra, a recomendarles técnicas de estudio, e incluso ayudas con algunos problemas personales.
Un día descubres que tomaste partido en la mayor parte de las guerras declaradas entre algunos estudiantes, e incluso te involucras en las batallas que se libran en secreto.

No puedes continuar con la intimidación y los castigos en forma de hechizos espantosos, y no es una sorpresa que pronto las autoridades del colegio quieran hablar contigo.

Te van a despedir, estás seguro.

Pero quizá no es una decisión inapelable. Quizá te den algún tipo de advertencia. Pero aunque no te pongan de patitas en la calle ahora mismo, ¿como vas a adaptarte? ¿Como vas a mantener los estándares del instituto?

Estás muy nervioso, pero te presentas con la cabeza en alto y saludas sin temblor en la voz.
Preguntan sobre un estudiante destacado en tu materia y te limitas a recitar los hechos: tiene buenas notas porque su desempeño mágico es impresionante, le dejaste conservar la llave del armario de utensilios e ingredientes porque trabaja incansablemente. No clamas que ‘no es favoritismo’ porque sabes que sí, así que supones que sonarías culpable.

Esa llave, dicen, es lo que te ha traído a esta oficina. Te explican que ese chico que parece de lo más inofensivo, viene de una familia de ladrones, y dejarle acceder al armario así, sin supervisión, acabará en la desaparición de todo lo que ahí se guarda.

¡Pero que gran alivio! Basta con explicar que lo monitoreas en secreto y que los invaluables implementos mágicos están encantados para regresar al armario cada lunes, justo a la medianoche.

Por supuesto que sabes que tus estudiantes pueden obviar tus reglas, no todos ellos valoran la estructura, y todos tienen ambiciones siniestras y métodos astutos. Eso es este colegio.

No eres como ellos, pero sabes como manejarlos.

Y así, siguen los días. Estás en tu elemento.

Preguntas sin pronunciar

Nunca entendió por que alguien querría un tatuaje. Una marca permanente que además del dolor físico del primer día, amenazaba con causar dolor emocional en cualquier momento.

El nombre de su “verdadero y único amor” se burlaría de ellos cada maldito día después del inevitable rompimiento. El logo de su banda favorita los haría preguntarse a dónde había ido esa persona prometedora que habían sido de jóvenes.

¿Qué los grabados en la piel habían sido usados para deshumanizar a las personas? ¿Para clasificarlas? No le quedaba claro como funcionaban los rebeldes modernos, tan desesperados por ser independientes y únicos y originales, como por ser catalogados y marcados para siempre como elementos sin nombre.

Por supuesto que había tatuajes muy bonitos, verdaderas obras de arte. Pero ¿cómo sabían cuál era el mas hermoso? Podrían cubrir cada centímetro de piel y aún así se toparían tarde o temprano con el horror de que la pieza perfecta para ellos aparecía demasiado tarde.

Muchas imágenes bellas se convertían en adefesios en las manos equivocadas o por causa de las arrugas y los kilos que se les unían con el paso de los años. El cuerpo humano era un lienzo muy difícil de mantener.

De verdad, ¿por qué seguían viniendo, con sus desafíos, sus amores, sus recuerdos y sus gustos más dulces o retorcidos? No se los preguntaba, porque le preocupaba que se dieran cuenta de que no había respuesta.¡Amaba los tatuajes con locura! Desde la idea hasta el resultado final, especialmente cada segundo que pasaba haciéndolos. ¿Que sería de ella si los lienzos dejaban de quererlos?

Mejor recibía su bendición sin preguntas y atendía otro cliente.

 

Inspirado por el Write on Wednesday de enero 17.