Una moneda por tus pensamientos

Una moneda por tus pensamientos.

No una de muy alta denominación, que tampoco siento tanta curiosidad. Pero, sí, un poco. Ella no parece muy interesada en lo que estás pensando cuando lo decide. No creo que se de cuenta de que también tú lo decidiste.

kiss

Ni tu ni ella le dan el dramatismo que suele mostrar el cine, no se enredan ni angustian, ¿quizá sabes exactamente lo que haces? Ella no tiene idea, pero no cree que haya mucha ciencia en un gesto como ese. Ella aún no lo sabe, pero no es de las que cree que haya nada especial en acercar sus labios a los tuyos.

Oh, estoy segura de que rozar sus labios no es todo lo que quieres. ¿O lo es? ¿Eres como esos jovencitos de los libros, tan inexperto e inocente como la adolescente que ahora piensa que es mas interesante la charla que los besos?

¿No sería tierno si resulta que también piensas eso? ¿No sería triste si te estás preguntando con que excusa dejarla? ¿No sería divertido si lo único en tu mente justo ahora es que tienes un montón de tarea para el colegio?

Sí, creo que podría pagar unos centavos por saber lo que piensas, solo para conocer ambas versiones.

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Minientrada

Todo empezó cuando un libro electrónico

—¿no es eso algo poético?—,

sin los extranjerismos

que a menudo requiere hablar de ella,

me pidió describirla:

describirla con versos.

Aunque la red de redes fue mi primera idea,

ella es mucho mas vieja,

acumulando arrugas desde los viejos tiempos de la rueda.

En la ciencia ficción suele verse brillante,

inalcanzable,

con todo y las palabras más propias de la ciencia,

obsequio de los genios del futuro.

Pero es sólo otra hija de la necesidad.

Es la hermana perdida del arte,

un estilo de lápiz a la vez.

De la medicina es aún mas cercana.

Sabe monitorear a sanos,

enfermos y raros.

Las escenas expuestas en paredes y pantallas

son cortesía suya.

Cada vez que volamos, es por ella.

Lástima por los virus construidos por el hombre.

¡Qué miedo con los usos que le dan en la guerra!

Pero como los números,

ella siempre aparece.

Ya es parte de nosotros.

Es como un acertijo

Minientrada

1. Elegir sus propios derechos de lectura

2. Saber sobre el libro antes de leerlo

3. Decidir que leer

4. Decidir cuándo dejar de leer

5. Comentar los libros que esta leyendo y los que leyó hasta el final

6. Encontrar su libro ideal… más de una vez

7. Coherencia… O incoherencia consistente

8. Finales que correspondan a las historias

9. Esperanza, no espejismos

10. Personajes y lugares y frases dignos de sus emociones.

El resto del ejercicio es encontrar las obligaciones del escritor partiendo de eso, pero no estoy lista para compartirlas.

Derechos del lector

La moda está por cambiar

El último barco en quedar atrapado por el hielo, vibró de proa a popa. A nadie le importó demasiado. Unos asumieron que era por la música estridente, otros ya estaban acostumbrándose a que todo diera vueltas después del enésimo brindis.

La mayoría de los que festejaban la Navidad en el crucero ya se habían hecho a la idea de que no llegarían flotando a ningún puerto.

Natalia miró con ternura la sandalia con decoraciones plateadas y la puso en la caja con su duplicado opuesto. No había lugar para su calzado favorito en la nueva era de hielo.

Cupido no es un buen tipo

Lucas era bueno con las palabras, pero resultaba difícil concentrarse en la misiva mientras escuchaba a su compañero de habitación quejarse de lo fastidioso que era escribir un reporte sobre la razón para mantener el acceso a la educación en una dictadura. Que si le parecía enfermo que hubiera “una” razón, como quien habla de la única verdad; que si era una razón ridícula por esto; que si era una falacia por aquello. En general, Marcelo odiaba la asignatura.
―Cualquier persona que pueda entender la mitad de esa basura también ha de entender que las dictaduras son vulnerables ―dijo, como si recién llegara a esa conclusión, aunque lo repetía todos los miércoles y lunes―. Lo único que dura es la Democracia de la Miseria.
Ocupado como estaba con la carta, no se le ocurrió una forma sutil de cambiar el tema. En cambio, le siguió la corriente:
―En todo caso, gobernar no paga en nuestra época. La Tolerancia le ata las manos a cualquiera. No entiendo por qué dan Sociología para Dictadores… ¿Y tú, por qué la tomas?
―Me equivoqué de renglón al apuntar las clases ―suspiró el primero.
Por un momento guardó silencio y Lucas estuvo tentado a albergar la esperanza de que ya dejaría de distraerlo. Sin embargo, la sombra que se proyectó sobre el papel decorado le advirtió que Marcelo se había acercado, como siempre, sin hacer el menor ruido.
―Oye… eso no es tarea… es una… ¡¿Carta cursi?!
―No ―replicó, irritado, y sin dejar de escribir, comenzó una explicación que acabaría pronto con el interrogatorio―. ¿Supiste que Annie…?
No pudo ni terminar la pregunta introductoria antes de ser interrumpido con una exagerada exclamación de sorpresa.
―¡¡No puede ser!! ¿Tú? Digo, todos sabemos que estás obsesionado con ella, pero ¿esto? Como sigas así, te expulsarán.
―¡No, idiota! ―gruñó Lucas, y abrió la boca para intentar explicarse una vez más.
―No te preocupes ―Marcelo interrumpió de nuevo―, no voy a decirle a…
―Claro que no. Porque sabes que lo pagarías caro. Pero todavía no sabes qué secreto estás guardando.
―¿No?
―¿Recuerdas que ella recibió una carta de Jaime Nafar?
Confundido, Marcelo asintió: lo recordaba.
―No tiene oportunidad ―dijo, todavía llevando el mentón de arriba a abajo a pesar de dar lo que él suponía una mala noticia―. Tú, menos. Le gusta Milton.
Por primera vez en la conversación, el enamorado de Annie se dignó a mirar a su interlocutor.
―¿Ya se habla de eso? ―quiso saber. Dar explicaciones podía esperar.
―Sip. Y claro, él tiene complejo de secuaz, así que ni bien se enteró, se puso de tapete.
―Oh. Eso va más rápido de lo que esperaba ―reflexionó Lucas―. Ojalá no vaya a cuajar antes de que ella se embobe por el otro.
―¿Qué? ¿Tú… tienes algo que ver con eso?
―Es lo que iba a decirte, acelerado. Envío cartas y disperso rumores para que ella tenga que elegir entre un enamoramiento que no le conviene con Jaime y poder usar al estúpido pero complaciente Milton. ¿Ves?
―¡Claro! ¡Y así podrás…! Eh… ―después de meditarlo un segundo, Marcelo se dio por vencido―. ¿Qué vas a ganar? Ella se pondrá gruñona y tratará peor a todos. Incluyéndote.
―¿Necesito dibujarte todo? Lo hago sólo para verla arrancándose el cabello. Me encanta cuando hace eso ―confesó, con una sonrisa perversa… ¿o era una sonrisa dulce? Cuando se trataba de esa chica, ni él mismo sabía.
Sí, las expresiones de ira controlada de su amor platónico le encantaban. Pero más le gustaba verla patear a todo el que se atravesara, incluso… mejor dicho: especialmente si eso lo incluía. Pero ese era su secreto.
―Oye, ¿y si no funciona? Annie es… ―Marcelo no parecía convencido de poder decir “rara” en presencia del peligroso enamorado de la chica, aunque dicho sujeto lo dijera todo el tiempo.
―Perfecta. Pero también es una chica. La naturaleza, que es la peor villana posible, la diseñó para procrear; y Jaime es… buen material genético.
A Marcelo no le sorprendió escuchar eso viniendo de uno de los últimos misóginos del país, pero se quedó con los ojos cuadrados cuando, media hora después, Annie le dio la razón.
―¿En serio no lo sabías? ―agregó, con desdén, al observar su reacción.
―Las chicas siempre lo niegan ―dijo él, tímidamente.
―Ellas sabrán por qué lo hacen. Pero siempre es posible que esos problemas se presenten, así que lo resolví con anticipación. En todo caso, ese niño consentido no es tan buena opción. Tengo mejor ADN en mente.
―¿Es un chiste? ¿No te gusta? Pero si por aquí la mitad quieren casarse con él y la otra mitad queremos ser como él…
―Quizá. Pero es porque no se han detenido a pensarlo. Jaime sólo tiene recursos. Y talento.
―¿Quieres más?
―Por supuesto. Alguien que no tenga habilidad para desperdiciar todo eso. Y, ¿a ti que te importa, metiche? No somos amigos, sólo hacemos un negocio.
Marcelo asintió, con nerviosismo, y preguntó algo que la huérfana seguía sin responder:
―¿Qué vas a hacer con Lucas?
―¿No debiste esperar la respuesta antes de contarme todo? ―inquirió Annie, su voz habitualmente áspera se había convertido en seda, su sonrisa mostraba colmillos felinos.
―N-no es que tuviera muchas opciones.
―Dos son todas las que se necesitan. Sólo tenías que decir que no estabas interesado en el intercambio.
―¿Y reprobar Sociología? No puedo da…
―Me aburres con tus quejas.
―Lo siento.
La sonrisa se volvió más humana, pero no menos temible.
―No haré nada con Lucas ―respondió Annie, por fin.
Marcelo abrió un poco la boca e inclinó la cabeza.
―¿No?
―Ni le diré que su esbirro lo delató, tampoco.
―¡No soy su esbirro! ―se defendió él.
Ella puso cara de sorpresa por un instante tan breve que Marcelo jamás sabría si realmente había ocurrido.
―No te preocupes ―consoló, de inmediato, como si él hubiera estado lamentándose—. Si no te ha dado el título es porque le gusta dárselas de autosuficiente. No porque sospeche que eres poco confiable.
En efecto, no hizo nada en contra de Lucas. Sólo observó en silencio como Marcelo se volvía en su contra en un esfuerzo por evitar la fama de lamebotas y el título de secuaz.
En cuando a Milton y Jaime, ella no le miraba ningún problema. En la era de la tolerancia no hacia falta elegir.

Privilegios

Malas Historias Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.


Scarlett encendió la televisión, pero su mente no estaba en las noticias sobre precios congelados en la canasta básica. Miró el temporizador que había establecido para prepararse. Aún tenía varios minutos así que canceló la cuenta regresiva y se acomodó para reposar sus pies y cabeza en la cómoda silla de su tía mientras esperaba.

Había sido invitada a una fiesta en el instituto privado más prestigioso del país. El sitio en que se cocían los proyectos novedosos y se forjaban futuros brillantes.

Uno pensaría que aquellas ostentosas puertas de roble tallado se abrían solo para la crema y nata de la sociedad, pero lo cierto era que su cuerpo estudiantil era una mezcla de todo tipo de talentos, hábitos y orígenes. Y aún si no estudiaban ahí, algunos afortunados podían entrar si conseguían una invitación para cualquiera de las fiestas organizadas en el salón principal.

Y Scarlett por fin había tenido una onza de buena suerte.

Excepto porque, después pasar por ella a las seis, ofrecerle bocadillos salados y bebidas dulces, y bailar desde la salsa hasta el vals, el caballero que la había invitado la tomó de la mano y la guió a un pasillo solitario y juntos se colaron a una oficina silenciosa.

—¿Qué… hacemos aquí? —preguntó la morena, intentando ocultar su nerviosismo.

—No voy a proponerte algún jueguito picante, si eso es lo que te preocupa.

—Eh…. Está bien. Pero no responde mi pregunta.

—Pues, echa una mirada a esto. Entonces estará claro como el agua.

“Esto” se ocultaba tras una puerta metálica que daba la impresión de ser muy segura y hermética. Ella no quiso satisfacer su curiosidad y en lugar de ello se dirigió a la puerta por donde había ingresado.

Al abrirla, soltó un gritito de sorpresa y retrocedió un par de pasos, con los ojos como platos y la boca entreabierta. En el pasillo, un musculoso muchacho obstruía la salida que ella planeaba usar. Como el primero, no era demasiado alto y tenía el cabello y los ojos del color de la miel. Sus caras tenían tantos rasgos comunes que parecía que el tipo del pasillo fuera una versión mas alegre y regordeta del que permanecía dentro. Claro que, su rostro redondo no bastaba para pasar por alto que el tipo no era sol grasa: también había suficiente músculo para moler a golpes al otro chico, flaco como fideo… O a ella, para el caso.

—Felicidades, Carly. Eres la primera lo bastante lista para no asomarse. Uno esperaría que todos salgan corriendo, pero no. Es como si nadie conociera el cuento del ratón en la sopa…

—No era sopa, Stewart, era caramelo —interrumpió la voz bobalicona del que obstruía la salida.

—¡Como si pudieras recordar algo mejor que…! No importa, no importa. . Ahora, ven, Carly, asómate de todos modos.

—¿Por qué haría eso cuando ya me dijiste que es peligroso?

—Porque tengo esto —el joven escuálido abrió una gaveta cercana y sacó una pistola—, y si no eres obediente voy a dejarte como pascón.

Era un argumento convincente y Scarlett se dirigió lentamente a la puerta de metal, preguntándose si estaba saltando de la sartén al fuego.

El anfitrión abrió la puerta para ella y la invitada descubrió que no era fuego lo que la esperaba, sino cuchillos. Cuchillos gigantes varios metros abajo. Por algún mecanismo que no alcanzaba a ver, unos se balanceaban como el péndulo letal de un villano de caricatura mientras otros se deslizaban en ranuras igualmente enormes o simplemente permanecían fijos y verticales, esperando al infortunado que cayera desde la puerta.

Quizá era buen momento para pedir auxilio o suplicar por su vida, horrorizada al estar a tan poco pasos de esa afilada muerte. Quizá debía retroceder, y si hubiera sido de las temerarias, podía señalar que era difícil escoger entre quedar como colador o en rebanadas.

Nada de eso pasó por su mente. Sólo quería saber qué tipo de colegio tenia instalaciones como estas y quizá de quien era la oficina. Pero, mas importante, recorrió rápidamente el trecho entre ella y la puerta.

La incertidumbre nubló la vista del demente que la había traído aquí, pero pronto comprendió lo que ella pretendía. Sujetó lo que pudo mientras ella lo empujaba. La gravedad tiró de él, y él tiro de la puerta, que por fortuna abría hacia la habitación letal, o le habría prensado los brazos porque el tirón la habría cerrado. Aún así, tampoco era una gran ayuda sujetarse de algo con ese material y forma. Como si se sujetara de una barra de mantequilla, se resbaló casi de inmediato.

Veloz como el relámpago, el grandulón corrió en su auxilio, y de algún modo que Scarlett no llegaría a cuestionar, llegó justo a tiempo para sujetarlo por el antebrazo antes de que cayera a una muerte segura.

Eso había salido mejor de lo que esperaba la joven. En el acto echó a correr por el pasillo y se mezcló entre los asistentes de la fiesta.

A estás alturas ya circulaba algún tipo de alcohol y una considerable porción de los presentes estaba menos racional que al llegar. No pidió ayuda ni a los sobrios ni a los ebrios. Todos tenían que estar en el estofado, o alguien habría visto raro que hubiera un cuarto subterráneo con navajas.

Localizó las puertas principales y salió a la calle caliente como un horno. Corrió por su vida hasta encontrar un taxi. No la seguía nadie.

En casa, tras explicar lo ocurrido a su familia, tenía que tomar una difícil decisión: ¿llamaría a la policía antes de huir de la ciudad? No tenía ganas de llorar ni se quejó de su infortunio. No le sorprendía, a decir verdad. Hacía mucho que tenía claro que estaba frita si pretendía fiarse de su suerte, era por eso que siempre estaba lista para tener que lidiar con sorpresas horribles. En cambio, a los gemelos, aquello los tomaba por sorpresa. Se les hizo difícil conseguir un reemplazo para el sacrificio que requería lo que sus amigos llamaban la sopa mística, de donde provenían sus poderes… un tema del que no quiero hablar, ellos son reservados y yo prefiero evitar los problemas.

 

Lagartijas

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


Mientras el niño usa su imaginación para recrear otra era con los dinosaurios de plástico en su habitación, un reptil más moderno utiliza la suya para tomar el sol a pesar de que esta diluviando en el patio.
Se quedó fuera desde el verano, cuando el pequeño creía que también era un dinosaurio. Fueron buenos tiempos, con preguntas sobre él y preguntas dirigidas a él.

Una vida de juguete que llegó a su fin demasiado pronto y ahora su única función  es servir de coartada para la otra lagartija que a veces se cuela en el jardín demasiado tarde. No es el papel que un juguete leal haría con gusto, pero así son las cosas para los objetos inanimados.

Cada vez que alguien mira a la otra lagartija, sus reflexiones o una conversación breve llevan a la misma conclusión: “es un juguete que el niño dejo fuera”. Y como mucho, comentan que parecía que se estaba moviendo, y se ríen de las bromas que les juega su imaginación.

Y lo dejan pasar.

Lo dejarían pasar aunque supieran que el animalito que vieron moverse no era el mismo reptil de plástico que no puede buscar refugio con este clima. Aunque quizá alguno le lanzaría una piedra. Pero no se preocuparían, no cerrarían con más cuidado las ventanas. ¿Por qué harían alboroto por una lagartija? Ya bastante tienen con preocuparse de si las lechuzas o los gatos negros llevan mensajes de muerte o infortunio prolongado.

El gato de la familia es color negro, pero no trae mala suerte y no ha sido reclamado por la bruja del pueblo, al parecer es seguro tenerlo en casa. Ni siquiera el perico necesita temerle, porque es un animalito perezoso que solo muestra interés en los bichos si son de juguete. Por eso, no hace caso a la lagartija oscura que, por fin, ha decidido entrar por la ventana abierta en el cuarto del niño.

Hoy tiene luna nueva, y la lluvia cesará muy pronto.

Hoy es un buen día para pasar la tarde con un inocente y dedicar la noche a engañarlo para que salga de casa. Hoy es un buen día para que una familia pierda su mayor tesoro y ella gane unos años más de vida.

Luces, susurros y tiza

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Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

La primera vez que removió la puerta, fue con un trapo húmedo en las manos y mucha rabia alojándose en su pecho. Creía que era un juego de los niños de la zona, y por un tiempo se limitó a enojarse cada vez que tenía que limpiar. Pero había un pequeño detalle que le molestaba y no estaba muy seguro de qué era, hasta que decidió que voigilaría a la hora en que pasaban los chiquillos. Ahí se acordó: en esa colonia no habían niños de menos de quince años.
¿Y si en lugar de niños eran pandilleros los que pintaban una puerta de tableros en su pared frontal casi todas las semanas? No había pandillas ahí, no todavía. Pero nunca se sabe. Era un asunto preocupante, urgía borrar aquel graffitti cada vez que aparecía.
Su vecina dijo que no había visto nada, que seguramente era cosa de espíritus, o peor, algún vecino que intentaba algún ritual. Según ella no podía salir de eso nada bueno, pero a él le preocupaban mas los pandilleros.
Sin embargo, a todo se acostumbra el cuerpo, y el pobre hombre tuvo que hacerse a la idea. Una tarde, dejó la dichosa puerta justo ahí, donde alguna mano física o metafísica la había pintado.
Esa misma noche, una figura alta, delgada, con dedos de más en una mano y de menos en la otra, se detuvo frente a la puerta. Extendió una mano con cinco dedos exactos, giró el picaporte, y abrió la puerta hacia afuera.
Nadie volvió a saber del hombre que vivía en la casa de la puerta dibujada con tiza, aunque su vecina hablaría con psicólogos, sacerdotes y curanderas, sobre luces extrañas y una conversación entre susurros.

Fin del camino

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Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.


Entro en pleno día, parece buena idea. No hay nadie vigilando pero supongo que eso es a cualquier hora.
El concepto de propiedad privada todavía está vigente, sobre todo para alguien como el dueño de esta enorme casa, pero ya nadie vigila nada. Hubo un tiempo en el que nadie se preocupaba por nada más que los ladrones, porque los otros peligros les parecían muy distantes. O imposibles, como dijeron los que me acusaban de ser un demente que miraba monstruos en las sombras y garras en las ramas de los árboles. Pues hoy en día hay muchas sombras y ramas de árboles. En especial, en la propiedad de la familia Molina.
Pero consigo pasar inadvertido mientras cruzo la puerta principal.

Frente a mí se abre el enorme salón, con su decoración sobria y muebles clásicos. La televisión moderna pero no gigante. Justo en la pared del fondo, el retrato de Armando Meza Molina me dedica una mirada severa.

En el piso de arriba, se oye la risa de uno de los perros del viejo. Esos no me preocupan. He aprendido a evadir y engañar a esos retrasados mentales. Pero si uno de sus hijitos mimados me encontrara… ¡O, peor aún, su mano derecha! Se me desboca el corazón de sólo pensarlo.

Necesito moverme.

No sé por que camino encontraré lo que busco, y me temo que hay mas posibilidades arriba. ¿Me arriesgo con los perros?

Probaré las escaleras de incendio antes. Ya nadie usa escaleras de incendio.

Las vías de escape se volvieron muy valiosas después de que se armó la gorda, cuando los monstruos comenzaron a cazar a los humanos. Mucho ha ocurrido desde el día en que mi hermanastra tuvo que admitir que yo no estaba loco (la población disminuyó, los humanos empezaron a cazar al cazador , mi hermanastra fue asesinada por una pandilla que creyó que el apocalipsis era un pase libre para todo…), y ahora hay calma de nuevo. Las escaleras de incendios, están desiertas.

Creen que el problema está resuelto, yo sé que no. Así como fui el primero en comprender que el amable señor Molina, con sus donaciones millonarias a hospitales, escuelas y reservas biológicas, era una fiera letal.

Y está en alguna parte de esta casa.

Oigo pasos y me oculto tras las escaleras. Justo a tiempo. Desde mi escondite veo como arrugan la nariz al pasar y entro en pánico. Estos no son los perros estúpidos, son los recién llegados: no necesariamente listos pero al parecer, con buen olfato.

El olfato y el pelo fueron lo que determinó el sobrenombre de estos monstruos, ya sea que se escaparan de un laboratorio o de un libro encantado. Hombres lobo. Mujeres lobo. Era lo primero que se le venía a la cabeza a cualquiera que los viera.

No se ven así todo el tiempo, desde luego, pero eso lo hace aún más similar a la leyenda. Los que se alejan, confundidos por mi capa y los aromas artificiales que obtuve antes de venir, se ven como cualquier par de muchachos.

Subo las escaleras, encuentro la alcoba del dueño. La puerta se abre ante mis dilatados ojos.

Contagioso como la rabia, aunque no sea por medio de mordidas, lo que esto haya sido, se extendió antes que las noticias al respecto. Pero el primero fue este hombre.

Molina, el primer hombre lobo.

Y yo me he colado en su casa.

Sonríe.

—Vaya vaya. El último humano. ¿Has venido a aceptar la oferta que te hice entes de que nadie creyera siquiera en todo esto?

No tengo mas remedio. Todos aceptaron el brebaje que los haría mas aptos para sobrevivir: la fiera y el humano, todo en uno.

La idea no me agrada, pero ya no tiene sentido ir contra la corriente.

En ambas direcciones, como el amor

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—Me buscaste un remplazo —recrimina, con una mueca de ira deformando su preciosa cara.

Sus manos tiemblan, es evidente cuando deja de usarlas para revolverse el cabello. Las lágrimas ruedan sobre sus mejillas enrojecidas mientras pasea como león enjaulado.

Vuelve a sentarse, sus miradas se cruzan y se levanta de un salto.

—Dijiste que me amabas y que no cambiaría con la distancia —agrega, ahora en voz mas baja, pero mas venenosa—. Esto me dice justo lo contrario.

Esta vez hay respuesta. La voz es tan alta que podría decirse que ya llegaron a los gritos; hay un ligero temblor en algunas de las palabras.

—Lo que dice, es que el lugar que debías ocupar estaba desolado. Cuando te necesité, no encontré a nadie. Tuve que conformarme con quien me quisiera, porque tú me defraudaste.

—¡No te atrevas! —grita, mientras va hacia la puerta.—. ¡Fuiste tú quien me defraudó a mí!

Desaparece de la vista, cerrando de un portazo, dejando a solas a su pareja… A su ex, que ahora entierra la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa.

El silencio vibra entra las paredes hasta que arañan los primeros sollozos.