Última y primera

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

No hay nada de inocente en el timbrar de un teléfono público.

No cuando él teléfono en cuestión está casi completamente solo; no con todas esas historias de terror.

Pero Helena se acerca de todas formas, porque el sonido no cesa y quizá alguien del otro lado necesita que le expliquen que es el número equivocado o que se fue la persona a la que busca.

Levanta el auricular, abre la boca para explicar, y se queda de piedra cuando una voz esperanzada al otro lado de la linea busca verificar:

—¿Helena Ramos?

—Este es un teléfono público… —Intenta evadir la pregunta, quien sea esa persona ella no lo conoce.

—Lo sé. Pero… ¿Eres Helena, en enero del 2001? O, quizá… ¿Preguntas a la gente? Revisé los cálculos un millón de veces, debe estar ahí ahora…

No supo más. Que la vigilara un extraño daba miedo, y ella no jugaría ese juego, así que colgó y siguió con su camino… directo al cruce donde un camioncito repartidor de golosinas no vio ni la luz roja ni a la mujer que aprovechaba su turno de pasar.

Fue la última llamada para ella.

Era la primera para el operador de Cambiando Pasados S.A., que nunca olvidaría aquel fracaso inicial.

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Rencor

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Algo no estaba bien con la ventana del navegador. Si la minimizaba, todo iba bien, pero mientras estaba activa, había una franja de colores chispeantes en un punto o en otro. No era la primera vez y no se le ocurría como podía ser posible que el único problema fuera el navegador.

Ya no sabía a quien debía preguntarle. “El muchacho ese, el técnico”, recomendarían sus compañeros y su jefe. Y ahora que tenía que admitir que esa era la única opción…. Decidió resignarse al arcoiris aleatorio que se interponía entre él y su información.

No es que odiara al muchacho, ni le intimidaba la excesiva amabilidad con que siempre lo trataba. Sólo…. No le gustaba la situación, siempre sentía que estaba atado de manos.

Era insoportable no poder insultarlo con una mirada despectiva sin sentirse culpable.

Ni hablar de literalmente insultarlo con el apellido equivocado.

El maldito tipo era todo miradas tristes y falsos “No, no te preocupes”; ¡Ni siquiera se disgustaba con él! Y, ¿cono había pasado eso? ¿Desde cuando era el malo? ¡Si había sido el otro el que había dejado caer su taza de la suerte directo a un fatal desenlace!

Del otro lado de la cerca

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Siempre es soleado del otro lado de la cerca.
Tibio y lleno de luz.

Ellos salen cada mañana a regar el jardín o tomar el sol. Llevan ropa muy fresca pero siempre parecen estar acalorados.

Juegan fuera y terminan jadeando. Algunos se sacan sus camisetas empapadas en sudor a la mitad de un encuentro deportivo o mientras asan carne al aire libre. Tienen una piscina y muchos visitantes.

Sus nubes son algodón disperso en un cielo brillante y la noche cae relativamente tarde, para dar lugar a las fiestas y los fuegos artificiales.

A veces me entretengo observando sus actividades de exterior. Incluso he descubierto que algunas podrían divertirme. Y nada impide que tome busque ropa de verano en mi armario, que abra la puerta del frente y mi paraguas, y que cruce a saltitos mi jardín y sus charcas, hasta llegar a la calle principal, rodear su cerca y unirme a su mundo soleado.

Lo hice un par de veces, y las disfruté, claro. Pero no me quedé. Siempre vuelvo a mi chubasco sempiterno y dejo que las nubes grises me cobijen. Es que me gusta el sol, pero no tanto como el olor de la tierra mojada, el canto de la lluvia y una tarde muy fresca, aunque sea un poco oscura.

Nostalgia

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El mundo cambia a diario. Las tecnologías complican una actividad para simplificar otra; los gobiernos caen y las sociedades evolucionan.
Pero, al pie de la montaña Flaviado y en lo lindes del río Escarpado, existe una pequeña villa que no había cambiado desde el día en que sus veintiséis fundadores hicieron las primeras casitas que aún hoy se alzan sobre sus columnas parcialmente sumergidas.
En aquel entonces, las columnas permanecían secas en verano y prácticamente desaparecían cuando crecía el rio. Pero en aquel entonces el Escarpado tenía otro nombre y era más caprichoso.
Fue el cambio del rio lo que cambió las actividades de la aldea.
Después de lo que parecía una eternidad de pescar para subsistir, ahora todos se dedican a vender piedra y cosechar arroz. Solo el anciano aquel, con su atarraya, sigue intentando sacar peces del muerto caudal del que fuera el rio Maxo.
A pesar de los cambios en sus tareas, y de que tuvieron que hacer nuevas herramientas y desarrollar nuevas destrezas, estas personas siguen teniendo los mismos valores de siempre, y mantienen sus vidas sencillas y sus conversaciones animadas. Sus tradiciones permanecen aunque las comidas y el calendario han cambiado de forma radical.
En cambio, el último pescador nunca volvió a cenar a la mesa con sus hermanos. No participa del festival. No es el que antes era. A pesar de lo mucho que se esfuerza por seguir en aquellos días de antes, cuando volvía a casa muy alegre con Raúl, Miranda y Javier, más temprano que cualquiera del pueblo. Siempre fueron los primeros en levantarse para ir de pesca.
Hoy, es sólo él, haciendo lo imposible por seguir en donde siempre estuvo y ser quien siempre fue. Una vez cambio sus hábitos. Una sola vez se fue con los vecinos en lugar de acompañar a sus hermanos.
Se despertó, igual que todos, demasiado temprano. Por un segundo no supo que era lo que pasaba. Todavía estaba oscuro. Pero había un sonido muy extraño retumbando por el valle. Sintió curiosidad, como muchos otros. Pero sabía que debía levantarse muy pronto, así que se reacomodó en su cama y volvió a dormir, solo para despertar después, cuando el estruendo se volvió más fuerte.
Decidieron levantarse de una vez, si de todas formas no podrían descansar.
El estruendo venía del río, pero sólo uno de los cuatro hermanos decidió que era mejor ir rio arriba, investigar un poco, a pesar de que los peces desbordaban las redes.
Él se fue, se reunió con otros curiosos, se dejó arrastrar por ellos cuando llegó el momento de correr o morir.
Sus hermanos fueron sepultados por la corriente de roca.
Su cordura se hundió en la culpa y la nostalgia.
Ahora lanza una atarraya entre las piedras que ocuparon el antiguo cauce del rio, mientras el mundo avanza sin explicaciones hacia su gloria o hacia su destrucción.
La villa, en cambio, mantiene la paz mental adaptándose a las actividades pero no a los principios de un planeta que gira.

 

Vacío

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Tenía unos enormes ojos en sus alas. Parecía el rostro de un búho. Quizá en el lugar y momento correctos esa ilusión la hubiera mantenido a salvo, pero nada vale contra la ira de un humano frente a un invasor.
Miranda se sacó la chancleta del pie izquierdo y preparó el golpe con lentitud. La gran mariposa oscura aleteó una sola vez, antes de que… Sigue leyendo

Vete

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No me gusta decir que tengo mala suerte, pero no sé como más explicar el haber estado atrapado durante toda mi vida. Encerrado en Las Cuevas, como todos, pero también encerrado de forma especial, por ser diferente. Antes, en la burbuja que no podría protegerme para siempre. Ahora, en la habitación que mi familia ha convertido en una celda por el bien de todos.

Ellos creen que se cuidan de mí. Creen que yo causé esas muertes, porque es así como funcionan las personas normales: hacen que ocurran cosas. Yo no; no soy como los otros, no puedo provocar nada con mi voluntad. Creen que lo hago por accidente, que no es mi culpa pero debo ser controlado, alejado del mundo.  Eso de encerrar personas es nuevo por aquí, así que se limitaron a enviarme a mi habitación y sellar las salidas. Hacen que la comida aparezca aquí a las horas usuales y aunque me aburro todo el día, estoy mucho mejor así.

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No es casualidad

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Uno tras otro los pasajeros bajan del autobús.

La que sujeta a un par de gallinas por las patas para que estas cuelguen tranquilamente con la sangre fluyendo hacía sus cabezas, es doña Ana. Ese niño es el nieto de don Plutarco, uno de los reconocidos, al menos. La mujer del vestido amarillo es María de los Ángeles y ese que viene atrás de ella es el novio que se consiguió en la ciudad. Doña Jimena, José María y sus dos hijos, la hijastra de doña Polita, esa es otra nieta de don Plutarco y ella baja con su mamá, ayudando con las bolsas, este es don José, y no está emparentado ni con José María, ni con MariJose que viene justo después… ¿Y ese quién es?

Después de MariJose y antes de Pedro Pablo, se baja un tipo altote, de pelo rubio blanco, creo que los cuentan como rubios en no sé qué país de gente pálida. Sepa quien vaya a ser, pero con algo de suerte es uno de esos banqueros extranjeros que quieren calmar su conciencia llevándole comida a la gente de los pueblos. Ya, es una estupidez, porque aquí, como la tierra es insolente y el agua es poca, todavía no han venido a quitarnos nada así que todavía podemos comer siempre que tengamos ganas de sacarle maíz a la piedra. Es la única ventaja de ser el único pueblo sin recursos en medio de lo que parece el mismísimo edén de tan productivo que es. No le importamos a nadie, ni para venir a llevarnos las gallinas, ni para tirarnos los huesos al final de la comida.

Pero igual, hay gente aquí que prefiere comer huesos que hacer parir a una tierra muerta. Y están los que de plano no pueden. Así que está bueno que vengan a darles algo. ¿Y si es de esos que se llevan a los niños? Pues ya verán los papás si cuidan a los suyos, ¿no?

En cualquier caso, yo salgo ganando, porque tengo un cuarto vacío allá al fondo del corredor, y es el único cuarto vacío en todo el pueblo. Aquí no hay hospedajes, porque no hay viajeros. La gente casi nunca se va. María de los Ángeles el año pasado. Hace como cuatro años se fueron doce niños, que decían que iban a estudiar y emplearse en la ciudad. Yo misma, cuando tenía la idea de ser actriz y fui a conocer mundo, como dicen. En el fondo, todos supimos siempre que íbamos a volver. Y todo el que se va deja su cuartito bien cerrado o le venden la cama para que la hermana o el sobrino con el que compartía cuarto tenga más espacio. Los muertitos dejan heredero. Así que el único cuarto vacío, es el de mi hijo que no tenía edad para morirse pero igual nos dejó. Ahorita tiene un montón de trebejos, pero de todos modos lo puedo rentar para ganar buena platita cuando -cada tantos años- pasa alguien por el pueblo.

A lo mejor el extranjero no es buena noticia. A lo mejor es seña de que ahora si nos pusieron el ojo. Quizá hallaron petróleo, o algo así. Pero, como conocí mundo, sé que es inevitable, de nada sirve preocuparse, patear o ir llorando por ahí. Hay que ir pasando, acostumbrarse. Los ricos de otras tierras, son como los ricos de por aquí, o como una plaga o una sequía. Hay que aguantarlos porque no podemos cambiarlos. Hay que verles el lado bueno y decir tanto como podamos que son necesarios, que nos dejan algo a cambio, que van a irse y todo va a estar bien. A veces no se van. Las cucarachas, el zancudo ese de patitas rayadas y doña Juana Campos aquí nacieron y no se van a ir, toman vidas -aunque indirectamente- y sólo dan molestias, pero uno se dice cualquier cosa para consolarse.

No se me olvida que el blanquito debe ser así. Y me diré más tarde que sus cosas se le aguantan porque paga un cuartito por dos noches, pero no por eso me tiene gustar. Así que sonrío, le respondo sus preguntas, le sirvo un almuerzo en la única mesa del comedor que mi familia ha tenido por dos generaciones. Pero no le ofrezco la habitación, ya volverá después de recorrer el pueblo buscando un hotel. Y cuando pregunta si tengo un baño para los clientes, le digo que no, que a duras penas si pusimos una mesa con cuatro sillas en nuestra pequeña sala.

—Es que no hay muchos clientes —explico—, sólo de vez en cuando sale algo, cuando una pareja se pelea, por ejemplo, el hombre siempre acaba encargando los tres tiempos… mientras se consigue otra.

El extranjero no se sorprende.

Come sin comentarios, y se interrumpe de nuevo para preguntarme por el Bosque de piedras.

—¿El qué? —de verdad no tengo idea de qué es eso.

—Me dijeron que aquí hay un lugar, una meseta, creo, donde no crece nada y solo se pueden ver piedras, de todas las formas colores y tamaños. Que están organizadas bien bonito, como en ese lugar de las Europas, pero no son gigantes.

Este hombre no suena como un extranjero. No tiene acento, y las palabras que usa son perfectamente normales. No come como banquero, ni siquiera como empleado mal pagado de banco. Vaya cosa.

—Hombre, no sé de que está hablando.

—No, si yo tampoco sé mucho de ese lugar, pero no importa, no importa. ¿Sabe dónde queda la meseta donde solo hay piedras?

—No señor, de eso es de lo que no sé nada. De las piedras alienígenas si oí hablar un par de veces. Pero aquí no hay ni grandes ni chiquitas.

El extranjero guarda silencio, me ve con desconfianza y luego termina su comida para poder marcharse con los bolsillos un poco más ligeros. No se queja del precio, por cierto.

#

Cata me acaba de hacer un guiño. ¿Por qué las niñas son así? ¿Todas coquetas?

Por estar mirándola no me fijo en mi camino y me llevo de encuentro a alguien. Es un hombre todo lleno de harina. Hasta el pelo se le mira blanco. Para eso se ha de ocupar mucha harina. Si yo me echara encima toda esa harina, mi mamá me mataría a chancletazos.

—¡Con cuidado niño! —dice el hombre, alegre—. ¿Te quieres ganar un dinerito?

—Sí, señor. ¿Qué necesita? ¿Qué le lleve su mochila a la casa de doña Nora? —no es de aquí, así que seguro busca posada.

—No, no. Qué me enseñes el Bosque de piedra.

—¿Y eso que es?

—¿No sabes…? Es un lugar árido por aquí cerca, donde hay muchas piedras…

—Señor, eso es todo el pueblo.

—No, no, pero yo me refiero a un lugar donde sólo hay piedras… Espera…

busca en su mochila y saca un libro de esos blanditos… como un almanaque, lo abre y me enseña una foto a color—. Ahí.

No sé dónde queda pero como él hombre me quiere pagar, y como me cae bien porque se echo encima toda esa harina para hacerse chistoso, le ayudo a buscar. Primero vamos a mi casa a preguntarles a mi mamá y a mis tías. Pero nadie sabe donde es eso.

Luego, donde la vecina, que le coquetea a este señor pero no nos dice nada útil.

Don Macario dice que no sabe qué es eso y nos cierra la puerta en la cara, pero claro que luego la vuelve a abrir, porque con este calorcito, quien va a estar a puerta cerrada.

Nos encontramos con Alejo, no mi compañero sino el más grandecito, el que ya va al colegio y que dicen que es su medio hermano pero no se parece. Dice que sabe donde hay una meseta con piedras y nos vamos los tres a andar. Está bien largo, y con este calorcito pronto estamos sudaditos y la harina se le ha de haber corrido al señor que busca las piedras, porque ahora está todo rosadito y sólo el pelo sigue blanco.

—¿Y pa’ que quiere ver piedras, señor? —pregunto.

—Porque hay unas igualitas en mi pueblo.

—¡Ay no se haga! —se burla Alejo—. Usté que va a ser de pueblo, usté es gringo.

—Sí, ya me han dicho eso, pero no, hasta soy más blanco que ellos, ¿saben? Soy de un caserío que se llama el Pedrero, allá en Santa Rita, pero la del este, ¿saben dónde?

No sabemos.

—Pues el caso es que allá la gente siempre me vio raro, por ser así de pálido. Los niños se burlaban y las viejitas me querían exorcizar, así que me fui a la ciudad. No me fui enojado, ni nada, pero estoy muy ocupado y no he vuelto como en seis años. Hace poco, vi en una revista que hay un lugar llamado Bosque de Piedras, que es igualito a ese lugar donde íbamos a traer piedras y buscar tierra blanca. Así que leí la revista, y vi que quedaba acá en un pueblo que se llama igualito que el mío pero que queda en el otro lado del país. Y pensé que eso esta misterioso, y quise venir a conocer. Estuve guardando mis días de vacaciones para ir a mi casa, pero al final me vine a la otra Santa Rita, siguiendo las direcciones que daban en la revista.

—¿Para ver piedras? —pregunta Alejo.

—¡Para ver piedras misteriosas!

El medio hermano de mi compañero me mira. Y yo lo miro. Y supongo que queremos hablar de lo loco que es este hombre. Pero no sería correcto así que sólo seguimos caminando a la meseta.

Esta meseta es todavía de Santa Rita. Para todos lados se ve verde, pero aquí, todo es un pedrero. Y cactus.

No le veo el chiste, la verdad.

—No, no es aquí —dice el turista, apenadísimo.

—¿No?

—No, no. Estas son piedritas comunes. Las que les digo…

—Es cierto, Alejo, estas no son como la foto que me enseñó este señor. Son todas parecidas. En cambio las de la foto son todas diferentes.

—Ah, pues no sé. Esta es la única meseta.

Ni modo, tendremos que ir más largo, a preguntarle a la profesora Molina, que es el que tiene libros y todo eso.

Bajar no me apetece todavía, porque estoy cansado. El turista está que se desmaya, pero tiene prisa. Así que allá vamos. Me raspo las rodillas en una caída, pero esa es cosa normal.

#

Estas no son horas de visita, por eso me preocupa oír que llaman a la puerta.
Es Pedrito, con un joven albino.

—Buenas noches, ¿qué pasa?

—Es un foráneo, profe.

—Mucho gusto, señorita, soy Jaime Mora.
—Un placer, señor Mora.

—Jaime.

—Jaime, entonces. Yo soy Jazmín. ¿Pero, qué hacen aquí? La posada es donde doña Nora.

—Yo le dije —asegura Pedrito, aunque el extranjero pone cara de sorpresa—, pero él dijo que a donde quiere ir es al bosque de peñas.

—De piedra —corrige Jaime—. Es una formación muy curiosa, y estoy ansioso por visitar el lugar.

—¿Bosque de piedra?

—Sí, señorita —responde, animado—. He estado preparando el viaje por meses, desde que vi la revista. Por fin logré que me dieran mis vacaciones y acá estoy.

Lo comprendo todo cuando menciona la revista. Si con razón me sonaba ese nombrecito.

—Lo siento tanto, señ… Jaime. A mí también me confundió el artículo.

—¿Disculpe?

—¿Lo vio en la revista de arqueología que saca el departamento de educación, verdad?

Él asiente, y yo sigo explicando, aunque no es lo que él pidió saber:

—¡Esa gente! Hacen cosas como esa todo el tiempo. Así es con esas instituciones que sólo pretenden justificar sueldos de gente sin verdadera pasión. ¡Copiando artículos y agregándole tonterías para hacerse los originales!

—¿Pero qué pasó con el articulo? No comprendo.

—Pues que tomaron la información de una de esas publicaciones en internet. De un muchacho que viaja de un lado a otro tomando fotos de cosas curiosas. Bajaron las fotos y la información, lo pusieron en su propia revista y agregaron las señas del pueblo, pero se equivocaron de Santa Rita. Por lo visto las fotos las tomaron en el éste.

Pobre hombre, después de ese viaje tan incómodo tendrá que pasar una incómoda noche en el cuartito que renta doña Nora, y luego se regresará a su rutina sin haber conocido el Bosque de Piedras que tanto le había llamado la atención.

Un sólo inconveniente

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Había muchas teorías sobre cómo fue asesinada, ¿saben? Ninguna fue demostrada y, un siglo más tarde, el misterio había sido olvidado a pesar de todo el dramatismo que se diera al asunto en su momento. La comunidad lo dejó atrás con dificultad; sus padres fallecieron, ya ancianos, con aquella carga todavía sobre sus hombros. Y la vida siguió su curso.

No escuché sobre ella hasta que… bueno, hasta que la escuché a ella. Pobre muchacha. Debió ser muy difícil todo ese tiempo en… cautiverio. Sigue leyendo

Yo no vi nada

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La cuarta casa que visitamos fue la de la anciana inofensiva. Sabíamos que ella no era la asesina, porque no tenía ni los motivos ni la fuerza para liquidar a los doce delincuentes. Pero de todas formas debíamos revisar su casa en busca de un objeto con forma de jeringa pero más dañino, tomar su declaración… verificar que no hubiera gato encerrado. Porque eso era lo que parecía, que había gato encerrado. Sus vecinos decían que ocultaba algo. Sigue leyendo