El número más difícil de escribir

Hay un cesto de frutas frente a mí. Son adornos sin vida, como las de la historia que me hicieron leer en la escuela.

No. La leí porque quise. Era parte de un libro escolar, pero no de mi escuela.

Lo encontré.

No sé si fue el primero, pues he encontrado varios de ellos. Entre cosas de niños que acabaron la escuela y se volvieron adultos. No conocí a los niños, a sus adultos sí.

Este era un libro que solían usar en las escuelas. Y se veía mejor que los de mi escuela, en los que todas las historias eran inverosímiles y tenían que ver con niños haciendo tareas.

Los primeros argumentos forzados que leí fueron los de los libros de mi escuela.
Pero no ese. Era un libro hermoso. Ahí conocí los números mayas. Buenos números. La representación de nada era la más difícil de dibujar, y yo no comprendía porque tenía que serlo.

Ahora lo comprendo.

Después de todo, hay un cesto de frutas sin vida frente a mí. Sólo un poco de hambre bastaría para comprender que no hay nada más difícil y triste que la nada.

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Amados pésimos párrafos

Como cambian las cosas.

Cuando empezó a escribir no sabía usar tildes. Ponía abreviaturas en donde no convenía y tenía el doble de muletillas. En ese entonces la gente pensaba que ella leía mucho.

Ahora es cierto que lee mucho. Sabe las reglas de acentuación y aún así se le quedan errores porque piensa mientras escribe y no escribe lo que piensa que está escribiendo. Apenas ahora se da el lujo de llamarse escritora (novatísima y sin muchos lectores, pero escritora al fin).

No parece la misma que escribió su primer fic sobre un libro latinoamericano convencida de que era la primera loca que hacía algo como eso, y por ello moría de orgullo y de vergüenza. En ese entonces amaba cada letra. Cada pésimo párrafo le gustaba… siempre y cuando lo leyera sólo ella. Y luego empezó a escribir sus propias cosas. Sólo porque se había sentido bien escribir esas páginas que nunca olvidaría y que nunca llegaría a respetar. Nunca o sumamente tarde.

Así fue como se dio cuenta que la forma más fácil de contar una historia era por escrito. Entonces no hacía mil versiones de una historia, sólo tachaba y escribía sobre las paginas arrancadas de un cuaderno al acabar la primera versión.

Y aunque fueran muy malos resultados, los amaba. Como nunca volvería a amar sus historias una vez aprendiera a escribir como se debe. Si es que puede decirse que lo hizo.

No sabía, y quizá hubiera hecho todo igual aunque lo hubiera previsto, que algún día sería incapaz de amar tanto sus letras, pero nunca lograría dejarlas.

amados pésimos párrafos

No queda más remedio que iniciar otra página.

Mientras no pasa nada

Era una noche cualquiera, y no esperaba que nada especial ocurriera bajo las estrellas perfectamente visibles sólo en noches de viento como lo eran todas las noches comunes de Noviembre.

Sí hacía cuentas por ahí, esta noche cualquiera sólo se parecía a otras veintinueve noches de viento, entre cada 365 de cada año. Y sin embargo, era una noche sin gracia, como lo son todas las noches de ciudad en crecimiento, donde apenas empiezan a abrir las primeras discotecas y el único sitio para hacer algunas carreras ilegales es la carretera cercana.

Una noche cualquiera en una ciudad naciente, era una noche para dormir tranquilo.
Y eso hizo. Se fue a la cama a las ocho. Dejó la tele encendida y las luces apagadas. No estaba viendo la tele. Todo lo contrario: dormía, como en cualquier otra noche, viniera o no con viento, porque no esperaba nada.

Y nada pasó. No sonó el teléfono porque nadie tenía noticias para él. Nadie llamó a la puerta, porque sus amigos también dormían temprano.

Despertó como cada mañana y se enteró, por el noticiero local, sobre el accidente de los adolescentes en la entrada de su pequeña ciudad. Al menos no había vuelto a quemarse una de esas nuevas discotecas. Lo que no dijeron en las noticias, fue que nacieron tres niñas casi a la misma hora, en diferentes sitios de la pequeña ciudad, sólo úna en el hospital. No hablaron de la reconciliación de los vecinos, y encubrieron la borrachera del celador del parque. Pero de todo eso él se daría cuenta, a lo largo del día o de la semana. O sí lo llamaba por teléfono alguien esa noche.

Pero eso último él no lo creía muy probable, pues sabía que en esa ciudad nunca pasaba nada por las noches.