Administración de energía

Antes del Programa de Hogares, ya nacían niños.

Antes de que existiera cualquiera de los festejos comunes, ya celebraban los aniversarios de nacimiento. Los llamaban cumpleaños.

Los antepasados de Penelope, en particular, los habían celebrado siempre de la misma forma: con una pequeña fiesta o reunión con esas personas a las que tenían que agradecer lo bueno de ese año vivido. No era común que una tradición familiar sobreviviera tanto tiempo que fuera más vieja que la civilización como la conocían; pero a la niña eso no le importaba mucho eso.

La joven rebelde no odiaba todo lo establecido, simplemente lo cuestionaba. No era su culpa que tantas normas, costumbres y legados fueran tan poco prácticos, obsoletos o absurdos. A diferencia de todos esos, la fiesta de cumpleaños tenía perfecto sentido y ella se divertía mucho, así que estaba conforme con ayudar a perpetuarla.

Así que fue con sus amigos más cercanos (un pequeño porcentaje de sus muchos amigos), un par de maestros, una consejera y el médico que había operado a su hermano; uno a uno los invitó a su fiesta; cuando fue necesario, explicó la ubicación de su casa, y dio detalles vagos sobre el evento.

Hasta ahora, ese había sido su único papel… eso, y presentarse, naturalmente. Pero este año Mariana y su madre la invitaron a colaborar con la comida y, por primera vez, tuvo la oportunidad de preparar la harina para un pastel en lugar de conformarse con limpiar la cuchara.

Afrontó la tarea con entusiasmo y esmero, aunque no le hizo ninguna gracia cuando la batidora lanzó harina sobre su cara.

―¡Hija! ¡Pero si antes hay que poner los líquidos! ¡Aquí lo dice!… ¿Y tú hermana no te lo dijo?

―Pues claro que se lo dije.

También le había dicho que tuviera cuidado de no agregar demasiada azúcar. Y su madre le recordó que debía preparar el molde para que no se fuera a adherir la mezcla. La receta detallaba cuanto tiempo debía permanecer en el horno. Al menos eso lo hizo bien, porque el horno tenía un temporizador, pero se le olvidó regular la temperatura y el pastel quedó… digamos que demasiado dorado.

Pero podía comerse. La parte que lograron sacar del molde, podía comerse. Aunque estaba tan dulce que quitaba el apetito.

Por primera vez en la historia familiar de los festejos, tuvieron que comprar el pastel en una tienda. Quizá con la receta familiar Penelope no hubiera tenido que oír todas esas felicitaciones de los amigos a los que había explicado que hoy aprendería a preparar pastel.

Nunca antes había deseado tener menos amigos, pero ¡eran tantos y tan hábiles para los elogios! ¿Cómo no se iba a aburrir de explicarles que el pastel no lo había hecho ella y que jamás en la vida pensaba volver a cocinar?

―Pero dejes que eso te baje la moral, querida ―replicó la consejera, usando el mismo tono que usaba en su oficina―. La primera vez no queda como en el dibujo del recetario. Es cosa de volver a subir a la bicicleta, como dicen las abuelitas.

Penélope no había oído esa frase, pero la abuela de su interlocutora debía ser bastante mayor que la propia, así que no lo pensó mucho. En cambio, si replicó sobre el consejo.

―¡Que va! Mi moral está bien. Nada más descubrí que tomaría mucho esfuerzo. ¿Y para qué, si es mas bueno el pastel de la tienda? Si ya tengo días ocupados sin tener que aprender a cocinar.

En ese momento, no le pasó por la mente que esa podía ser una habilidad fundamental cuando por fin hiciera su elección de vida.

Llegado el momento, en lugar de aprender lo básico en el menor tiempo posible, decidió que era más práctico escribir “que le guste cocinar” entre los requisitos para su pareja… Qué pena que los evaluadores ignoraran esa parte.

Privilegios

Malas Historias Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.  


Scarlett encendió la televisión, pero su mente no estaba en las noticias sobre precios congelados en la canasta básica. Miró el temporizador que había establecido para prepararse. Aún tenía varios minutos así que canceló la cuenta regresiva y se acomodó para reposar sus pies y cabeza en la cómoda silla de su tía mientras esperaba.

Había sido invitada a una fiesta en el instituto privado más prestigioso del país. El sitio en que se cocían los proyectos novedosos y se forjaban futuros brillantes.

Uno pensaría que aquellas ostentosas puertas de roble tallado se abrían solo para la crema y nata de la sociedad, pero lo cierto era que su cuerpo estudiantil era una mezcla de todo tipo de talentos, hábitos y orígenes. Y aún si no estudiaban ahí, algunos afortunados podían entrar si conseguían una invitación para cualquiera de las fiestas organizadas en el salón principal.

Y Scarlett por fin había tenido una onza de buena suerte.

Excepto porque, después pasar por ella a las seis, ofrecerle bocadillos salados y bebidas dulces, y bailar desde la salsa hasta el vals, el caballero que la había invitado la tomó de la mano y la guió a un pasillo solitario y juntos se colaron a una oficina silenciosa.

—¿Qué… hacemos aquí? —preguntó la morena, intentando ocultar su nerviosismo.

—No voy a proponerte algún jueguito picante, si eso es lo que te preocupa.

—Eh…. Está bien. Pero no responde mi pregunta.

—Pues, echa una mirada a esto. Entonces estará claro como el agua.

“Esto” se ocultaba tras una puerta metálica que daba la impresión de ser muy segura y hermética. Ella no quiso satisfacer su curiosidad y en lugar de ello se dirigió a la puerta por donde había ingresado.

Al abrirla, soltó un gritito de sorpresa y retrocedió un par de pasos, con los ojos como platos y la boca entreabierta. En el pasillo, un musculoso muchacho obstruía la salida que ella planeaba usar. Como el primero, no era demasiado alto y tenía el cabello y los ojos del color de la miel. Sus caras tenían tantos rasgos comunes que parecía que el tipo del pasillo fuera una versión mas alegre y regordeta del que permanecía dentro. Claro que, su rostro redondo no bastaba para pasar por alto que el tipo no era sol grasa: también había suficiente músculo para moler a golpes al otro chico, flaco como fideo… O a ella, para el caso.

—Felicidades, Carly. Eres la primera lo bastante lista para no asomarse. Uno esperaría que todos salgan corriendo, pero no. Es como si nadie conociera el cuento del ratón en la sopa…

—No era sopa, Stewart, era caramelo —interrumpió la voz bobalicona del que obstruía la salida.

—¡Como si pudieras recordar algo mejor que…! No importa, no importa. . Ahora, ven, Carly, asómate de todos modos.

—¿Por qué haría eso cuando ya me dijiste que es peligroso?

—Porque tengo esto —el joven escuálido abrió una gaveta cercana y sacó una pistola—, y si no eres obediente voy a dejarte como pascón.

Era un argumento convincente y Scarlett se dirigió lentamente a la puerta de metal, preguntándose si estaba saltando de la sartén al fuego.

El anfitrión abrió la puerta para ella y la invitada descubrió que no era fuego lo que la esperaba, sino cuchillos. Cuchillos gigantes varios metros abajo. Por algún mecanismo que no alcanzaba a ver, unos se balanceaban como el péndulo letal de un villano de caricatura mientras otros se deslizaban en ranuras igualmente enormes o simplemente permanecían fijos y verticales, esperando al infortunado que cayera desde la puerta.

Quizá era buen momento para pedir auxilio o suplicar por su vida, horrorizada al estar a tan poco pasos de esa afilada muerte. Quizá debía retroceder, y si hubiera sido de las temerarias, podía señalar que era difícil escoger entre quedar como colador o en rebanadas.

Nada de eso pasó por su mente. Sólo quería saber qué tipo de colegio tenia instalaciones como estas y quizá de quien era la oficina. Pero, mas importante, recorrió rápidamente el trecho entre ella y la puerta.

La incertidumbre nubló la vista del demente que la había traído aquí, pero pronto comprendió lo que ella pretendía. Sujetó lo que pudo mientras ella lo empujaba. La gravedad tiró de él, y él tiro de la puerta, que por fortuna abría hacia la habitación letal, o le habría prensado los brazos porque el tirón la habría cerrado. Aún así, tampoco era una gran ayuda sujetarse de algo con ese material y forma. Como si se sujetara de una barra de mantequilla, se resbaló casi de inmediato.

Veloz como el relámpago, el grandulón corrió en su auxilio, y de algún modo que Scarlett no llegaría a cuestionar, llegó justo a tiempo para sujetarlo por el antebrazo antes de que cayera a una muerte segura.

Eso había salido mejor de lo que esperaba la joven. En el acto echó a correr por el pasillo y se mezcló entre los asistentes de la fiesta.

A estás alturas ya circulaba algún tipo de alcohol y una considerable porción de los presentes estaba menos racional que al llegar. No pidió ayuda ni a los sobrios ni a los ebrios. Todos tenían que estar en el estofado, o alguien habría visto raro que hubiera un cuarto subterráneo con navajas.

Localizó las puertas principales y salió a la calle caliente como un horno. Corrió por su vida hasta encontrar un taxi. No la seguía nadie.

En casa, tras explicar lo ocurrido a su familia, tenía que tomar una difícil decisión: ¿llamaría a la policía antes de huir de la ciudad? No tenía ganas de llorar ni se quejó de su infortunio. No le sorprendía, a decir verdad. Hacía mucho que tenía claro que estaba frita si pretendía fiarse de su suerte, era por eso que siempre estaba lista para tener que lidiar con sorpresas horribles. En cambio, a los gemelos, aquello los tomaba por sorpresa. Se les hizo difícil conseguir un reemplazo para el sacrificio que requería lo que sus amigos llamaban la sopa mística, de donde provenían sus poderes… un tema del que no quiero hablar, ellos son reservados y yo prefiero evitar los problemas.  

Nadie vive para siempre

Este relato surgió como parte de los preparativos del NaNoWriMo 2016 y describe un evento amargo en la vida de uno de los personajes; fuera de eso no está asociado con la historia que escribiré esta noviembre. 

Los detalles sobre el disparador creativo están al final.

Nadie vive para siempre

No puede recordar muy bien el nombre de la melodía, y la letra viene en un idioma que no entiende, pero ¡suena bien, caray! Así que Mikelo sigue silbando al son de su memoria hasta que el taxi se detiene frente a una casa enorme, con un jardín tan descuidado como la apariencia del dueño de la residencia.

Paga con un sólo billete, la diferencia es poca así que sonríe y murmura un “guarde el cambio” antes de desear una buena noche al conductor desconocido.

Controla el impulso de volver a silbar mientras entra con firmeza pero sin prisa a la morada de su socio. O, de los herederos de su socio, ahora que la situación ha cambiado tan abruptamente. Es una verdadera tragedia que nadie viva para siempre, ni siquiera una eminencia de la talla de el experto en biología y genética que le había abierto las puertas al mundo de los negocios.

Mikelo, en particular, preferiría vivir para siempre. También le hubiera gustado que este hombre lo hiciera. Pero no será así y el tuvo que venir aquí, a ver como un féretro lujoso encierra al hombre más brillante que ha tenido oportunidad de conocer.

Está devastado, y no le molesta que su desaliento sea visible en su expresión mientras intercambia saludos con científicos y políticos por igual. Ellos quieren hablar sobre política y ciencia, respectivamente; Mikelo destaca por no estar disfrutando el evento social en que se ha convertido el velatorio del dueño de una empresa tan notable por su gestión como por su área de investigación. La familia del anciano parece conmovida por ese hecho.

Mikelo no vino a codearse con los visitantes, por más que sean unos interesantes contactos en potencia.  Se limita a saludarlos y alejarse, dejándolos admirados por la lealtad de este pupilo que está demostrando no ser el insensible interesado que algunos suponían.

Vino a dar sus respetos al mentor y a consuelo a su familia.

Es sencillo reconocer a la mayor parte de los familiares entre toda esta gente. Son los que no van vestidos para sacarse fotos ni equipados para sacar fotos. Son los que tienen los ojos enrojecidos. Son los que murmuran instrucciones a los empleados.

Es una lástima que esas personas tan amables y afectadas no sean las que van a gestionar la empresa de ahora en adelante. Es una pena que no vayan a perpetuar el legado del adicto al trabajo. No van a firmar la línea punteada para convertir a Mikelo en jefe de investigaciones.

¡Habia estado tan cerca! El hombre ya se lo había ofrecido, el papeleo ya casi estaba.

Ahora la decisión estaba en manos de la esposa y el suegro de el otro candidato, tan capacitado como él pero menos simpático. Ese hombre no se había ganado al jefe, pero al parecer eso ya no hacía falta. Ahora había cambio de administración y Mikelo tendría que buscar trabajo en otro lado. Sí las cosas seguían así, tendría que aceptar la invitación de su hermana para trabajar en esos laboratorios en medio de ninguna parte.

Definitivamente era una desgracia que la gente muriera sin terminar lo que había empezado. Este día era terrible, con el único atenuante de que todavía podía recordar la tonada folk, aunque fuera inapropiado que empezara a silbar en un funeral, ya podría volver a ello cuando tomara un taxi para ir a casa.


Prompt provisto por: Irene Adler

 

Prompt: escribe acerca de un funeral al que tu antagonista asista
POV: del antagonista
Extension: 100 palabras mínimo

*Los hechos en este relato son previos a la novela aún no escrita que por ahora se titula Vertientes del Tiempo (¿a qué les suena el título?).


 

Portada

Cuotas de Libertad

Corre el año 25 en el planeta que se convirtió en colonia de La Tierra. Los esclavos han perdido toda esperanza y los propietarios están en su mejor momento. La conquista fue terrible y, aunque son pocos los nativos que quedan para recordarlo, los más jóvenes han oído la historia.Les queda poco de lo que solían ser, y por eso lo atesoran.Ahí es donde ocurre esta pequeña historia, cuyo inicio se remonta al mismísimo descubrimiento de este planeta hoy colonizado.

En la celda 34, hay un muchacho que no pertenece ahí.
En una casa con forma de pastel, hay un muchacho que no pertenece ahí.
Las dos personas que saben a donde pertenecen están a punto de encontrarse.

Origen de la idea

Recuerdo poco sobre el origen de esta historia.
Por ejemplo, tengo una imagen clara de haber estado en el laboratorio de ciencias naturales del colegio donde hice ciclo común, viendo las alas de cierto bicho no clasificado, para sacar en claro las alitas de los Zaat, que en ese entonces tenían otro nombre. Recuerdo, haber escrito el inicio por lo menos dos veces. Muchas veces me lo conté a mi misma, de maneras distintas. Hay un personaje que no existía en algunas de las versiones, y en otras era muy diferente a como resultó en ésta. Constantes: el viaje, el río, las celdas, y la familia Mason… que en ese entonces tenía otro apellido… no… ¡No tenían apellido!

Convencer a uno solo

Proyecto de Adictos a la escritura: Personaje literario.
Septiembre y Octubre 2010

Kyle dejó el orfanato contra su voluntad. Jared, el niño ciego que los Morris habían adoptado mucho antes que a él, le había dicho que sus papás iban a ser muy buenos, y tenía razón. Pero Jared no sabía cómo era Kyle. No sabía sobre los accidentes repentinos y demás cosas raras. Y para colmo, Madeleine le había recordado que él era un peligro en un sentido más. Lo que había pasado con su familia verdadera, podía ocurrir con los Morris también.Mientras se marchaba con los Morris, Madeleine caminaba hacía la oficina de Ana.

—Ana —dijo, como saludo.

—No lo vieron —Ana fue directa, como lo era siempre con Madeleine—. Pero lo verán.

—No. Será como la otra vez. Haré que lo devuelvan, y esta vez se fue tan preocupado que no lo notarán. Sólo debo asustar al niño de los Morris, y lo devolverán antes de que el llegue a estar lo bastante feliz para que ellos puedan verlo.

Y puso manos a la obra ese mismo día.

La estrategia básica era utilizar sus propias habilidades para hacer parecer que Kyle estaba causando desastres. Comenzó con cosas sencillas. Dado que su habilidad era más bien destructiva, “sencillo” significa romper objetos medianos… o convertirlos en polvo. El bastón de Jared, algunas joyas de Amanda Morris, y los libros en Braille. Todo desaparecido sin razón aparente. Y los Morris no culparon a Kyle. La familia que había intentado adoptar a Kyle cuando era pequeño, había corrido a devolverlo después de eso, pero los Morris no lo acusaron siquiera.

Así que, arriesgándose a acercarse, Madeleine siguió a Kyle y Jared cuando iban hacia la escuela. Kyle no se ve nada cómodo, y Madeleine asumió –acertadamente– que era porque intuía la presencia de ella. Hacía poco había presenciado la competencia entre Jannice y Tommy, de modo que estaba muy al tanto del funcionamiento de los accidentes. Esperó la oportunidad más adecuada, no pensaba causar daños mayores, sólo asustar al niño.

Fue fácil. La escuela tenía aulas especiales para los niños ciegos, de modo que Jared y Kyle se encontraban sólo durante el almuerzo. Unos muchachos estaban molestando a Kyle yJared intentaba ayudar; ahí estaba la oportunidad que Madeleine necesitaba.

Kyle era difícil de irritar, pero tenía un par de puntos débiles y uno de ellos era evidente: su orfandad. Claro, ellos no estaban al tanto de lo necesario, pero bastaba con que siguieran preguntando sobre porque sus padres lo consideraban una carga, para sacarlo de sus casillas, justamente porque Kyle recordaba el cambio repentino de su padre, quien de pronto quiso deshacerse de él después de haber cuidado de él más que de sus hermanos.

Sin concentrarse siquiera, Madeleine rompió todos los ventanales, platos y luces. Kyle fue el más asustado. No quiso quedarse ahí ni un momento más. Estaba convencido de que lo había hecho él. Era algo que él hubiera podido hacer, en realidad.

Día a día, los muchachos seguían molestando a Kyle, y los accidentes continuaban. A veces había gente herida, pero nunca nada grave. Madeleine estaba involucrada en ambas cosas. Aunque propiamente no era capaz de hipnotizar a las personas, si podía influir un poco si ellas estaban predispuestas; así era como hacía que siempre lo atacaran.

Pero, nada pasaba. El niño seguía sin creer que Kyle tuviera algo que ver, y miedo era lo que menos sentía. Jared apreciaba más a Kyle cada vez que lo escuchaba hablar. Madeleine no podía alterar eso. Algo similar ocurría con la pareja Morris, aunque su empatía hacia Kyle no se acercaba siquiera a la que sentía Jared.

Debía ser más directa, aunque la idea le disgustara mucho. Se acercó a algunos compañeros de Kyle y a niños del grupo de Jared, y comenzó a difundir el rumor de que Kyle traía mala suerte, o que hacía que pasaran cosas. De nuevo, su habilidad fue muy útil, algunos hasta se lo creyeron como si fuese un hecho científico.

La razón por la que no quería acercarse tanto, era que Kyle podía descubrirla, y lo hizo. La vio hablando con unos niños y se acercó a preguntarle que estaba haciendo ahí.

—Luego. Ahora voy con prisa —y lo último era verdad: tenía que ir a clases después de sembrar cizaña.

—No. Dime ahora —Kyle estaba disgustado por todo últimamente, y la presencia de Madeleine le daba una excusa para desahogarse.

—No quiero —dijo ella, inexpresiva, y lo dejó con la palabra en la boca.

Kyle entendió que algo raro había en eso, pero no llegó a comprender que Madeleine hacía más que insultarlo y recordarle todos sus defectos y problemas. Es que Madeleine sabía que había muchas personas capaces de hacer aquel tipo de cosas, pero Kyle no lo sabía y pensaba que, ahora, él era el único que tenía estas… anomalías; no hubiera podido imaginarse que todos esos incidentes eran causados por ella.

Lo hacía tanto si le gustaba como si no. Ella tenía una responsabilidad. Ana le había dicho que Kyle no podía ser encontrado, y ella llevaba diez años haciéndolo miserable y convenciéndolo de temer a sus habilidades y a sí mismo. De este modo, no llamaría la atención del Clan, regido por una líder cuyo principal objetivo era encontrar a Kyle.

Antes, había sido sencillo alejarlo de cualquier familia, pero los Morris eran diferentes. Tenían mucha paciencia y no creían nada en contra de Kyle. El niño, que Madeleine esperaba intimidar primero, era justamente el mejor aliado que Kyle había tenido en muchos años.

Llegó un momento en que tuvo que admitir su derrota. Necesitaba ayuda.

—Ana.

—Pasa, cariño.

—Esa gente es… especial. No les afecta lo que hago, ellos en serio quieren cuidar de Kyle…A menos claro, que sean como nosotros, y por lo tanto, entiendan.

—Es probable. Al menos, si lo son, no forman parte del Clan. No debe preocuparnos eso. Pero, como van las cosas, Kyle volverá a sentirse bien, y con el tiempo, llamará la atención de los que lo buscan.

—No —dijo Madeleine, tranquila–. Kyle tiene miedo de hacer daño. Mientras esté asustado, no pasará nada… ¿O ves algo diferente?

—No puedo ver nada sobre los que lo buscan. Nada en absoluto.

Madeleine suspiró, disgustada. Le fastidiaba no tener toda la información necesaria.

—¿Tendremos que recurrir a otro tipo de medidas, Ana?

—Espero que no. En pocos días lo sabré; sí se completa la adopción… no habrá remedio.

Hasta entonces, Madeleine seguiría rondando a Kyle y a su posible familia. De vez en cuando él la miraba y le exigía explicaciones, pero ella nunca daba explicaciones porque se las pidieran.

—¿Qué harás cuando te devuelvan, Kyle? –dijo ella en una ocasión.

—Nada, seguir en el orfanato —dijo Kyle, con la más absoluta resignación.

—¿Lo aceptas y ya? –preguntó Madeleine, intrigada.

—No puedo quedarme con ellos —dijo Kyle, como confesando un delito.

¿Cómo es que lo había pasado por alto? Los Morris eran demasiado para ella, pero no Kyle. Él sería quien se negara a culminar con el proceso de adopción. Las normas de la región eran una maravilla en este caso, bastaba con que Kyle tuviera miedo de ir con ellos, y eso ya estaba hecho. Kyle había reaccionado ante el afecto de los Morris, y los apreciaba. No estaba listo para dejar que esta familia acabara como su verdadera familia. Simplemente quería protegerlos. Deseaba ser parte de aquella familia, lo necesitaba, pero no tenía derecho de ponerlos en peligro, y menos aún tenía la fuerza para perder otra familia. Debía dejarlo ahora, cuando aún había algo de tiempo, al menos para ellos.

Era todo, Madeleine ganaba; misión cumplida, como siempre.