Reglas

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


El abogado está obsesionado con la limpieza. No le gusta limpiar ni cree que semejante tarea corresponda a alguien de su posición. Pero se encarga porque no lo hace nadie más y él no puede soportar la suciedad.
Así ha sido siempre, así seguirá. Y así era cuando encontró la lámpara de aceite que tras una frotada quedo brillante y dejo salir a un genio, se aclaró la garganta y se echó ese discurso que ya todos nos conocemos, con lo de los tres deseos y las normas.
El abogado se apresuró a pedir que su abuelo se mudara a vivir con él. Lo había querido mucho desde su más tierna infancia, y justo le habían informado sobre su muerte, pocas horas atrás.

—Sé que parece muy oportuno que me encontraras justo cuando enfrentas esa pérdida, pero recuerda que no puedo resucitar a los muertos.

El abogado lo llevó a las oficinas pertinentes para demostrarle que no había ningún registro en ningún lado de que el abuelo ausente hubiera muerto, y después de unos mese de litigio, se dictaminó que el deseo debía concederse.

El genio se sentía insultado, pero la ley era la ley y cumplió.

Pronto, ese reanimado caballero recomendó a su nieto que se casara para no estar solo en la vejez, y el abogado pidió una esposa práctica, inteligente y educada.

—No se puede. La tercera regla es que no influimos en el amor.

—No he dicho nada de amor, no necesito semejante cosa porque es muy inconstante y demandante.

Y así obtuvo una esposa el abogado. Pero con todo y su falta de sentimentalismo, el hombre práctico era justo lo que ella buscaba y pronto se vio enamorada y vivieron muy felices durante dos días.

Pudo ser mucho más, pero todos murieron a causa del último deseo del abogado.

Con cada ser humano enterrado, los genios se aburrían, y uno le preguntó porque -y cómo- había cumplido un deseo que eliminara a tantos.

—Su deseo era válido, no era contra ninguna regla, así que podía cumplirlo.

—¿Pues que pidió?

—Que todo esté limpio todo el tiempo.

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Lenguaje

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Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

Lo segundo que mis ojos somnolientos consiguen enfocar es una carpa, no muy lejos de el sitio oscuro en que desperté hace un segundo.
Una vez más intento pedir ayuda, pero mi clamor se pierde entre la interminable mezcla de música, voces, risas… ¡Todas esas personas desprevenidas! Incluso traen niños y cometen la imprudencia de soltar sus pequeñas manos y dejarlos correr en este peligroso sitio.
Creen que el circo es divertido, y sí estas en el sitio correcto, supongo que lo es. Pero no por ello es seguro.

—¡Vete! ¡No estás a salvo! —intento advertirle al niño que se me queda mirando.

Por un segundo, la preocupación en su rostro me dice que lme entiende, que está bien que llore y que llame a su mamá, porque eso significa que se irá antes de que le ocurra algo terrible. Pero no. Lo asustó mi voz, que no puede comprender.

—¡Huyan! —insisto, desesperado—. ¡Antes de que los encierren, loa azoten y les prendan fuego!

Pero no tiene caso. No entienden mi lenguaje.

Un día, cuando haya olvidado lo que fui, tampoco voy a poder entenderlos.

Minientrada

Es sencillo, en verdad,
iniciar una guerra.

Desecha la opinión de tu interlocutor,
ignora su dolor,
y te estarás buscando una pelea.

Demanda sin saber si el otro puede
o niega sin pensar más que en ti mismo;
¿lo tienes?
Pues, perfecto, también tienes un pleito.

Ve la paja en el ojo de tu hermano
y niega la existencia de una viga en el tuyo
para que las discusiones no terminen.

Como dije, es sencillo,
empezar un conflicto.

Por la luz, por la noche;
en nombre de la paz.
Basta con decir “yo”
una vez y otra más,
y pensar en ganar

en lugar de entender.


 

Ejercicio: Receta para una discusión

La mejor defensa

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Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


Érase una vez, un ratoncito que vivía feliz en el campo, rodeado de casas habitadas por personas ocupadas pero con más comida de la que podían consumir. Eran personas que odiaban a las alimañas y no se medían a la hora de comprar trampas, pero el pequeño roedor no se preocupaba, porque no había trampas en el basurero exterior, donde él tomaba sus banquetes en silencio.
Un día desafortunado, llegó un nuevo vecino a la región, un gato rayado de andar elegante, voz dulce y muy corta edad. El minino había hecho un viaje bastante largo y tenía hambre, así que persiguió al ratoncillo desde que llegó.

Después de huir y ocultarse por dos días, el perseguido decidió que debía deshacerse de aquella amenaza, así que lo tentó a perseguirlo y lo guió hasta las casas, con sus jardines llenos de trampas y, en ese día de la semana, de personas.

No ocurrió ninguna de las tragedias que él había decidido cargar en su conciencia, pero el gato perdió interés en su víctima después de un rato de que los niños acariciaran sus orejas y le ofrecieran golosinas.

El nuevo vecino jamás se marchó, pero sus amigos humanos le daban tanta comida, que el ratoncito no tuvo que volver a preocuparse por la posibilidad de convertirse en la cena.

 

Moraleja: a menudo olvidamos que nuestros supuestos enemigos pueden cambiar su actitud una vez que tienen la panza llena y un poco de cariño.

Distante

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Es medianoche. Melinda quiere bailar un vals y su ignoto hermano gemelo le ofrece la mano como invitación.

—¿Debería tener miedo? —pregunta la adolescente, mientras asumen la posición inicial.

—Hay un par de posibilidades bastante aterradoras —responde él, y hoy su voz es grave por primera vez—, pero no ganas nada con asustarte en éste momento.

—Sin miedo, entonces.

La música es la voz distante de personas ocupadas y un constante bip bip bip, que a veces pierde el ritmo. Pero es un vals perfecto para ellos.

—¿Puedes decidir eso, Mels? —la curiosidad de su hermano es auténtica.

—Aquí sí. ¿Tú no?

Sus rizos negros se sacuden cuando él niega con la cabeza.

—Yo estoy muy asustado ahora.

La luz es brillante pero no ayuda a ver bien, sólo opaca las estrellas. Es imposible definir de donde proviene y cuál es su propósito.

—¿Y tú por qué?

—Si todo sale como ellos quieren, no vendrás más por aquí.

El bip se acelera y desaparece antes de regresar con mejor ritmo.

—Vendré, tarde o temprano. O me quedaré.

—Que no te asuste. Cuando tengas la experiencia completa te gustara. Preocúpate de que hagan algo tonto y no puedas sentir los dedos ni quedarte aquí.

—Lo sé. Y a veces pienso en quedarme. Pero, nuestra familia…

—Todo a su tiempo, hermanita.

Las luces se apagan.

—Oh… Buena  suerte allá…

Apenas puede oír esa última palabra y lo demás llega como un susurro demasiado lejano como para entenderlo, pero aún puede sentir las manos de su hermano sujetando las de ella,

—Gracias, hermanito… Volveré de un modo u otro. Y… Lamento lo del cordón umbilical.

Quizá no alcanzó a oírla, ahora él ha desaparecido, desaparece todo… Oh, sí hay una luz, y personas con batas…

—Algo está mal..

—Está despierta.

Las personas en batas intercambian frases y alguien resuelve el problema que había surgido con la anestesia.

 

Un pobre como cualquier otro

A veces resulta un poco abrumador que la gente me agradezca efusivamente en lugar de pronunciar un saludo apresurado. No los reconozco a todos, pero la historia es siempre la misma: tenían hambre y frío, sus semejantes los miraban con desprecio o pesar, les dejaban reproches o monedas de esas que ya casi no valen; pero la fundación que manejo con solo cinco empleados, les dio mas que monedas, les dio un nuevo comienzo.

Me alegra mucho encontrar otra víctima de sus decisiones o de las circunstancias, tomarle algunas fotos, organizar la campaña… Todo el trámite para poder levantar a este ser humano en desgracia. Y siento profunda tristeza cuando veo que uno de ellos desperdició también esta oportunidad.

Donde mis emociones no están claras, es con todo ese agradecimiento. Y sonrío, aseguro que sólo pretendo ayudar o les recuerdo que algún día ellos encontraran a alguien que necesite su ayuda. Doy discursos en la televisión, respondo lo que mejor sonará en las entrevistas.

Pero me siento extraño.

Una voz en lo mas profundo me dice que confiese.

Pero, ¿qué sería entonces de la fundación y de esos cinco empleados? ¿Que sería de la gente a la que aún no hemos ayudado? ¿Que sería de mí y de mi familia?

En realidad, no le hago daño a nadie. Es cierto que saco mi parte, pero ayudarme a mi mismo no es un delito, o no debería serlo.

No es que les robe a las personas sin hogar. Para nada, no. Si les doy una mano, más bien, al tomar sus problemas y convertirlos en una fuente de ingresos. Y sí, claro, me alimento y cobijo a mí mismo, quizá mi casa sea un poco… bastante mas grande y elegante que las que hemos obsequiado en la fundación, y mi auto es lo bastante lujoso para dar de qué hablar a mis detractores.
¿Pero que han hecho ellos? ¡Nada!
Yo le ayudo a los pobres, les doy oportunidades para ponerse en pie, y cuando organicé todo esto, cuando determiné el uso que se daría a cada tipo de donaciones, yo no era ni más ni menos que uno de esos pobres; siempre supe que debía cambiar un poco la estructura cuando tuviera lo que necesitaba, y lo haré, lo haré.

Es sólo que todavía necesito más.

Destinatarios

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Existen los pobres que apasionados por la cultura o la belleza, los millonarios que se las dan de cultos, y los coleccionistas de arte completos. Hay artistas, compradores, vendedores e imitadores.
También está Rey, claro, pero ¿qué diablos es Rey?
Rey nunca vendió un cuadro, ninguna galería exhibió nada suyo. Pero las dos pinturas que en la vida ha hecho son hermosas. Sabe mucho sobre arte, pero sólo cuando se trata de entender un mensaje o psicoanalizar al autor en “esa etapa de su vida”; de técnica no entiende una palabra, por eso no culpa a los que no le creen que esos dos tesoros en la pared son obra suya.

Ha comprado un centenar de cuadros, elegidos con rigurosos y complejos criterios. Por supuesto que no tiene donde guardar un centenar de pinturas (ni podría comprar tantas; aún cuando no son las más costosas, tampoco son baratijas), solo tiene esa pared en el fondo de su sala. Y sí, el del centro es un original… Los otros dos también, son los suyos, lo vimos pintarlos, le tomó años. Esos no los vendió, pero sí cada pieza que ha comprado…

—¿Vas a conservar ésta? —le pregunto, señalando con la mirada el retrato en el centro de su muro.

—No para siempre, espero.

No me sorprende.

—Pero es hermosa —comento, aunque todas han sido hermosas a su manera.

—Lo es —admite rápidamente, con una sonrisa y tono de sorpresa—. Por eso debo encontrarlo.

—¿Encontrar qué? —nunca habíamos hablado sobre esto, ni siquiera estoy segura de cuál es el tema del que hablamos.

—¿No lo sabes?

Niego con la cabeza, desconcertada. ¿Es que debería saberlo?

—A su destinatario. Cada pintura, cada canción, cada edificio del mundo, todo es un mensaje. Y uno de estos días encontraré a una persona que pueda entender éste.

¿Por eso vendió unos a tan buen precio y otros prácticamente loa regaló?, ¿porque se los ofrecía a quienes los valoraban más? Ya veo.

Al parecer mi hermano mayor es un buscador de destinatarios, no de cuadros.

Última y primera

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No hay nada de inocente en el timbrar de un teléfono público.

No cuando él teléfono en cuestión está casi completamente solo; no con todas esas historias de terror.

Pero Helena se acerca de todas formas, porque el sonido no cesa y quizá alguien del otro lado necesita que le expliquen que es el número equivocado o que se fue la persona a la que busca.

Levanta el auricular, abre la boca para explicar, y se queda de piedra cuando una voz esperanzada al otro lado de la linea busca verificar:

—¿Helena Ramos?

—Este es un teléfono público… —Intenta evadir la pregunta, quien sea esa persona ella no lo conoce.

—Lo sé. Pero… ¿Eres Helena, en enero del 2001? O, quizá… ¿Preguntas a la gente? Revisé los cálculos un millón de veces, debe estar ahí ahora…

No supo más. Que la vigilara un extraño daba miedo, y ella no jugaría ese juego, así que colgó y siguió con su camino… directo al cruce donde un camioncito repartidor de golosinas no vio ni la luz roja ni a la mujer que aprovechaba su turno de pasar.

Fue la última llamada para ella.

Era la primera para el operador de Cambiando Pasados S.A., que nunca olvidaría aquel fracaso inicial.

Rencor

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Algo no estaba bien con la ventana del navegador. Si la minimizaba, todo iba bien, pero mientras estaba activa, había una franja de colores chispeantes en un punto o en otro. No era la primera vez y no se le ocurría como podía ser posible que el único problema fuera el navegador.

Ya no sabía a quien debía preguntarle. “El muchacho ese, el técnico”, recomendarían sus compañeros y su jefe. Y ahora que tenía que admitir que esa era la única opción…. Decidió resignarse al arcoiris aleatorio que se interponía entre él y su información.

No es que odiara al muchacho, ni le intimidaba la excesiva amabilidad con que siempre lo trataba. Sólo…. No le gustaba la situación, siempre sentía que estaba atado de manos.

Era insoportable no poder insultarlo con una mirada despectiva sin sentirse culpable.

Ni hablar de literalmente insultarlo con el apellido equivocado.

El maldito tipo era todo miradas tristes y falsos “No, no te preocupes”; ¡Ni siquiera se disgustaba con él! Y, ¿cono había pasado eso? ¿Desde cuando era el malo? ¡Si había sido el otro el que había dejado caer su taza de la suerte directo a un fatal desenlace!

Del otro lado de la cerca

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Siempre es soleado del otro lado de la cerca.
Tibio y lleno de luz.

Ellos salen cada mañana a regar el jardín o tomar el sol. Llevan ropa muy fresca pero siempre parecen estar acalorados.

Juegan fuera y terminan jadeando. Algunos se sacan sus camisetas empapadas en sudor a la mitad de un encuentro deportivo o mientras asan carne al aire libre. Tienen una piscina y muchos visitantes.

Sus nubes son algodón disperso en un cielo brillante y la noche cae relativamente tarde, para dar lugar a las fiestas y los fuegos artificiales.

A veces me entretengo observando sus actividades de exterior. Incluso he descubierto que algunas podrían divertirme. Y nada impide que tome busque ropa de verano en mi armario, que abra la puerta del frente y mi paraguas, y que cruce a saltitos mi jardín y sus charcas, hasta llegar a la calle principal, rodear su cerca y unirme a su mundo soleado.

Lo hice un par de veces, y las disfruté, claro. Pero no me quedé. Siempre vuelvo a mi chubasco sempiterno y dejo que las nubes grises me cobijen. Es que me gusta el sol, pero no tanto como el olor de la tierra mojada, el canto de la lluvia y una tarde muy fresca, aunque sea un poco oscura.