Luces, susurros y tiza

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

La primera vez que removió la puerta, fue con un trapo húmedo en las manos y mucha rabia alojándose en su pecho. Creía que era un juego de los niños de la zona, y por un tiempo se limitó a enojarse cada vez que tenía que limpiar. Pero había un pequeño detalle que le molestaba y no estaba muy seguro de qué era, hasta que decidió que voigilaría a la hora en que pasaban los chiquillos. Ahí se acordó: en esa colonia no habían niños de menos de quince años.
¿Y si en lugar de niños eran pandilleros los que pintaban una puerta de tableros en su pared frontal casi todas las semanas? No había pandillas ahí, no todavía. Pero nunca se sabe. Era un asunto preocupante, urgía borrar aquel graffitti cada vez que aparecía.
Su vecina dijo que no había visto nada, que seguramente era cosa de espíritus, o peor, algún vecino que intentaba algún ritual. Según ella no podía salir de eso nada bueno, pero a él le preocupaban mas los pandilleros.
Sin embargo, a todo se acostumbra el cuerpo, y el pobre hombre tuvo que hacerse a la idea. Una tarde, dejó la dichosa puerta justo ahí, donde alguna mano física o metafísica la había pintado.
Esa misma noche, una figura alta, delgada, con dedos de más en una mano y de menos en la otra, se detuvo frente a la puerta. Extendió una mano con cinco dedos exactos, giró el picaporte, y abrió la puerta hacia afuera.
Nadie volvió a saber del hombre que vivía en la casa de la puerta dibujada con tiza, aunque su vecina hablaría con psicólogos, sacerdotes y curanderas, sobre luces extrañas y una conversación entre susurros.
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Fin del camino

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Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.


Entro en pleno día, parece buena idea. No hay nadie vigilando pero supongo que eso es a cualquier hora.
El concepto de propiedad privada todavía está vigente, sobre todo para alguien como el dueño de esta enorme casa, pero ya nadie vigila nada. Hubo un tiempo en el que nadie se preocupaba por nada más que los ladrones, porque los otros peligros les parecían muy distantes. O imposibles, como dijeron los que me acusaban de ser un demente que miraba monstruos en las sombras y garras en las ramas de los árboles. Pues hoy en día hay muchas sombras y ramas de árboles. En especial, en la propiedad de la familia Molina.
Pero consigo pasar inadvertido mientras cruzo la puerta principal.

Frente a mí se abre el enorme salón, con su decoración sobria y muebles clásicos. La televisión moderna pero no gigante. Justo en la pared del fondo, el retrato de Armando Meza Molina me dedica una mirada severa.

En el piso de arriba, se oye la risa de uno de los perros del viejo. Esos no me preocupan. He aprendido a evadir y engañar a esos retrasados mentales. Pero si uno de sus hijitos mimados me encontrara… ¡O, peor aún, su mano derecha! Se me desboca el corazón de sólo pensarlo.

Necesito moverme.

No sé por que camino encontraré lo que busco, y me temo que hay mas posibilidades arriba. ¿Me arriesgo con los perros?

Probaré las escaleras de incendio antes. Ya nadie usa escaleras de incendio.

Las vías de escape se volvieron muy valiosas después de que se armó la gorda, cuando los monstruos comenzaron a cazar a los humanos. Mucho ha ocurrido desde el día en que mi hermanastra tuvo que admitir que yo no estaba loco (la población disminuyó, los humanos empezaron a cazar al cazador , mi hermanastra fue asesinada por una pandilla que creyó que el apocalipsis era un pase libre para todo…), y ahora hay calma de nuevo. Las escaleras de incendios, están desiertas.

Creen que el problema está resuelto, yo sé que no. Así como fui el primero en comprender que el amable señor Molina, con sus donaciones millonarias a hospitales, escuelas y reservas biológicas, era una fiera letal.

Y está en alguna parte de esta casa.

Oigo pasos y me oculto tras las escaleras. Justo a tiempo. Desde mi escondite veo como arrugan la nariz al pasar y entro en pánico. Estos no son los perros estúpidos, son los recién llegados: no necesariamente listos pero al parecer, con buen olfato.

El olfato y el pelo fueron lo que determinó el sobrenombre de estos monstruos, ya sea que se escaparan de un laboratorio o de un libro encantado. Hombres lobo. Mujeres lobo. Era lo primero que se le venía a la cabeza a cualquiera que los viera.

No se ven así todo el tiempo, desde luego, pero eso lo hace aún más similar a la leyenda. Los que se alejan, confundidos por mi capa y los aromas artificiales que obtuve antes de venir, se ven como cualquier par de muchachos.

Subo las escaleras, encuentro la alcoba del dueño. La puerta se abre ante mis dilatados ojos.

Contagioso como la rabia, aunque no sea por medio de mordidas, lo que esto haya sido, se extendió antes que las noticias al respecto. Pero el primero fue este hombre.

Molina, el primer hombre lobo.

Y yo me he colado en su casa.

Sonríe.

—Vaya vaya. El último humano. ¿Has venido a aceptar la oferta que te hice entes de que nadie creyera siquiera en todo esto?

No tengo mas remedio. Todos aceptaron el brebaje que los haría mas aptos para sobrevivir: la fiera y el humano, todo en uno.

La idea no me agrada, pero ya no tiene sentido ir contra la corriente.

En ambas direcciones, como el amor

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—Me buscaste un remplazo —recrimina, con una mueca de ira deformando su preciosa cara.

Sus manos tiemblan, es evidente cuando deja de usarlas para revolverse el cabello. Las lágrimas ruedan sobre sus mejillas enrojecidas mientras pasea como león enjaulado.

Vuelve a sentarse, sus miradas se cruzan y se levanta de un salto.

—Dijiste que me amabas y que no cambiaría con la distancia —agrega, ahora en voz mas baja, pero mas venenosa—. Esto me dice justo lo contrario.

Esta vez hay respuesta. La voz es tan alta que podría decirse que ya llegaron a los gritos; hay un ligero temblor en algunas de las palabras.

—Lo que dice, es que el lugar que debías ocupar estaba desolado. Cuando te necesité, no encontré a nadie. Tuve que conformarme con quien me quisiera, porque tú me defraudaste.

—¡No te atrevas! —grita, mientras va hacia la puerta.—. ¡Fuiste tú quien me defraudó a mí!

Desaparece de la vista, cerrando de un portazo, dejando a solas a su pareja… A su ex, que ahora entierra la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa.

El silencio vibra entra las paredes hasta que arañan los primeros sollozos.

Reglas

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El abogado está obsesionado con la limpieza. No le gusta limpiar ni cree que semejante tarea corresponda a alguien de su posición. Pero se encarga porque no lo hace nadie más y él no puede soportar la suciedad.
Así ha sido siempre, así seguirá. Y así era cuando encontró la lámpara de aceite que tras una frotada quedo brillante y dejo salir a un genio, se aclaró la garganta y se echó ese discurso que ya todos nos conocemos, con lo de los tres deseos y las normas.
El abogado se apresuró a pedir que su abuelo se mudara a vivir con él. Lo había querido mucho desde su más tierna infancia, y justo le habían informado sobre su muerte, pocas horas atrás.

—Sé que parece muy oportuno que me encontraras justo cuando enfrentas esa pérdida, pero recuerda que no puedo resucitar a los muertos.

El abogado lo llevó a las oficinas pertinentes para demostrarle que no había ningún registro en ningún lado de que el abuelo ausente hubiera muerto, y después de unos mese de litigio, se dictaminó que el deseo debía concederse.

El genio se sentía insultado, pero la ley era la ley y cumplió.

Pronto, ese reanimado caballero recomendó a su nieto que se casara para no estar solo en la vejez, y el abogado pidió una esposa práctica, inteligente y educada.

—No se puede. La tercera regla es que no influimos en el amor.

—No he dicho nada de amor, no necesito semejante cosa porque es muy inconstante y demandante.

Y así obtuvo una esposa el abogado. Pero con todo y su falta de sentimentalismo, el hombre práctico era justo lo que ella buscaba y pronto se vio enamorada y vivieron muy felices durante dos días.

Pudo ser mucho más, pero todos murieron a causa del último deseo del abogado.

Con cada ser humano enterrado, los genios se aburrían, y uno le preguntó porque -y cómo- había cumplido un deseo que eliminara a tantos.

—Su deseo era válido, no era contra ninguna regla, así que podía cumplirlo.

—¿Pues que pidió?

—Que todo esté limpio todo el tiempo.

Lenguaje

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Lo segundo que mis ojos somnolientos consiguen enfocar es una carpa, no muy lejos de el sitio oscuro en que desperté hace un segundo.
Una vez más intento pedir ayuda, pero mi clamor se pierde entre la interminable mezcla de música, voces, risas… ¡Todas esas personas desprevenidas! Incluso traen niños y cometen la imprudencia de soltar sus pequeñas manos y dejarlos correr en este peligroso sitio.
Creen que el circo es divertido, y sí estas en el sitio correcto, supongo que lo es. Pero no por ello es seguro.

—¡Vete! ¡No estás a salvo! —intento advertirle al niño que se me queda mirando.

Por un segundo, la preocupación en su rostro me dice que lme entiende, que está bien que llore y que llame a su mamá, porque eso significa que se irá antes de que le ocurra algo terrible. Pero no. Lo asustó mi voz, que no puede comprender.

—¡Huyan! —insisto, desesperado—. ¡Antes de que los encierren, loa azoten y les prendan fuego!

Pero no tiene caso. No entienden mi lenguaje.

Un día, cuando haya olvidado lo que fui, tampoco voy a poder entenderlos.

Minientrada

Es sencillo, en verdad,
iniciar una guerra.

Desecha la opinión de tu interlocutor,
ignora su dolor,
y te estarás buscando una pelea.

Demanda sin saber si el otro puede
o niega sin pensar más que en ti mismo;
¿lo tienes?
Pues, perfecto, también tienes un pleito.

Ve la paja en el ojo de tu hermano
y niega la existencia de una viga en el tuyo
para que las discusiones no terminen.

Como dije, es sencillo,
empezar un conflicto.

Por la luz, por la noche;
en nombre de la paz.
Basta con decir “yo”
una vez y otra más,
y pensar en ganar

en lugar de entender.


 

Ejercicio: Receta para una discusión

La mejor defensa

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Érase una vez, un ratoncito que vivía feliz en el campo, rodeado de casas habitadas por personas ocupadas pero con más comida de la que podían consumir. Eran personas que odiaban a las alimañas y no se medían a la hora de comprar trampas, pero el pequeño roedor no se preocupaba, porque no había trampas en el basurero exterior, donde él tomaba sus banquetes en silencio.
Un día desafortunado, llegó un nuevo vecino a la región, un gato rayado de andar elegante, voz dulce y muy corta edad. El minino había hecho un viaje bastante largo y tenía hambre, así que persiguió al ratoncillo desde que llegó.

Después de huir y ocultarse por dos días, el perseguido decidió que debía deshacerse de aquella amenaza, así que lo tentó a perseguirlo y lo guió hasta las casas, con sus jardines llenos de trampas y, en ese día de la semana, de personas.

No ocurrió ninguna de las tragedias que él había decidido cargar en su conciencia, pero el gato perdió interés en su víctima después de un rato de que los niños acariciaran sus orejas y le ofrecieran golosinas.

El nuevo vecino jamás se marchó, pero sus amigos humanos le daban tanta comida, que el ratoncito no tuvo que volver a preocuparse por la posibilidad de convertirse en la cena.

 

Moraleja: a menudo olvidamos que nuestros supuestos enemigos pueden cambiar su actitud una vez que tienen la panza llena y un poco de cariño.

Distante

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Es medianoche. Melinda quiere bailar un vals y su ignoto hermano gemelo le ofrece la mano como invitación.

—¿Debería tener miedo? —pregunta la adolescente, mientras asumen la posición inicial.

—Hay un par de posibilidades bastante aterradoras —responde él, y hoy su voz es grave por primera vez—, pero no ganas nada con asustarte en éste momento.

—Sin miedo, entonces.

La música es la voz distante de personas ocupadas y un constante bip bip bip, que a veces pierde el ritmo. Pero es un vals perfecto para ellos.

—¿Puedes decidir eso, Mels? —la curiosidad de su hermano es auténtica.

—Aquí sí. ¿Tú no?

Sus rizos negros se sacuden cuando él niega con la cabeza.

—Yo estoy muy asustado ahora.

La luz es brillante pero no ayuda a ver bien, sólo opaca las estrellas. Es imposible definir de donde proviene y cuál es su propósito.

—¿Y tú por qué?

—Si todo sale como ellos quieren, no vendrás más por aquí.

El bip se acelera y desaparece antes de regresar con mejor ritmo.

—Vendré, tarde o temprano. O me quedaré.

—Que no te asuste. Cuando tengas la experiencia completa te gustara. Preocúpate de que hagan algo tonto y no puedas sentir los dedos ni quedarte aquí.

—Lo sé. Y a veces pienso en quedarme. Pero, nuestra familia…

—Todo a su tiempo, hermanita.

Las luces se apagan.

—Oh… Buena  suerte allá…

Apenas puede oír esa última palabra y lo demás llega como un susurro demasiado lejano como para entenderlo, pero aún puede sentir las manos de su hermano sujetando las de ella,

—Gracias, hermanito… Volveré de un modo u otro. Y… Lamento lo del cordón umbilical.

Quizá no alcanzó a oírla, ahora él ha desaparecido, desaparece todo… Oh, sí hay una luz, y personas con batas…

—Algo está mal..

—Está despierta.

Las personas en batas intercambian frases y alguien resuelve el problema que había surgido con la anestesia.

 

Un pobre como cualquier otro

A veces resulta un poco abrumador que la gente me agradezca efusivamente en lugar de pronunciar un saludo apresurado. No los reconozco a todos, pero la historia es siempre la misma: tenían hambre y frío, sus semejantes los miraban con desprecio o pesar, les dejaban reproches o monedas de esas que ya casi no valen; pero la fundación que manejo con solo cinco empleados, les dio mas que monedas, les dio un nuevo comienzo.

Me alegra mucho encontrar otra víctima de sus decisiones o de las circunstancias, tomarle algunas fotos, organizar la campaña… Todo el trámite para poder levantar a este ser humano en desgracia. Y siento profunda tristeza cuando veo que uno de ellos desperdició también esta oportunidad.

Donde mis emociones no están claras, es con todo ese agradecimiento. Y sonrío, aseguro que sólo pretendo ayudar o les recuerdo que algún día ellos encontraran a alguien que necesite su ayuda. Doy discursos en la televisión, respondo lo que mejor sonará en las entrevistas.

Pero me siento extraño.

Una voz en lo mas profundo me dice que confiese.

Pero, ¿qué sería entonces de la fundación y de esos cinco empleados? ¿Que sería de la gente a la que aún no hemos ayudado? ¿Que sería de mí y de mi familia?

En realidad, no le hago daño a nadie. Es cierto que saco mi parte, pero ayudarme a mi mismo no es un delito, o no debería serlo.

No es que les robe a las personas sin hogar. Para nada, no. Si les doy una mano, más bien, al tomar sus problemas y convertirlos en una fuente de ingresos. Y sí, claro, me alimento y cobijo a mí mismo, quizá mi casa sea un poco… bastante mas grande y elegante que las que hemos obsequiado en la fundación, y mi auto es lo bastante lujoso para dar de qué hablar a mis detractores.
¿Pero que han hecho ellos? ¡Nada!
Yo le ayudo a los pobres, les doy oportunidades para ponerse en pie, y cuando organicé todo esto, cuando determiné el uso que se daría a cada tipo de donaciones, yo no era ni más ni menos que uno de esos pobres; siempre supe que debía cambiar un poco la estructura cuando tuviera lo que necesitaba, y lo haré, lo haré.

Es sólo que todavía necesito más.

Destinatarios

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Existen los pobres que apasionados por la cultura o la belleza, los millonarios que se las dan de cultos, y los coleccionistas de arte completos. Hay artistas, compradores, vendedores e imitadores.
También está Rey, claro, pero ¿qué diablos es Rey?
Rey nunca vendió un cuadro, ninguna galería exhibió nada suyo. Pero las dos pinturas que en la vida ha hecho son hermosas. Sabe mucho sobre arte, pero sólo cuando se trata de entender un mensaje o psicoanalizar al autor en “esa etapa de su vida”; de técnica no entiende una palabra, por eso no culpa a los que no le creen que esos dos tesoros en la pared son obra suya.

Ha comprado un centenar de cuadros, elegidos con rigurosos y complejos criterios. Por supuesto que no tiene donde guardar un centenar de pinturas (ni podría comprar tantas; aún cuando no son las más costosas, tampoco son baratijas), solo tiene esa pared en el fondo de su sala. Y sí, el del centro es un original… Los otros dos también, son los suyos, lo vimos pintarlos, le tomó años. Esos no los vendió, pero sí cada pieza que ha comprado…

—¿Vas a conservar ésta? —le pregunto, señalando con la mirada el retrato en el centro de su muro.

—No para siempre, espero.

No me sorprende.

—Pero es hermosa —comento, aunque todas han sido hermosas a su manera.

—Lo es —admite rápidamente, con una sonrisa y tono de sorpresa—. Por eso debo encontrarlo.

—¿Encontrar qué? —nunca habíamos hablado sobre esto, ni siquiera estoy segura de cuál es el tema del que hablamos.

—¿No lo sabes?

Niego con la cabeza, desconcertada. ¿Es que debería saberlo?

—A su destinatario. Cada pintura, cada canción, cada edificio del mundo, todo es un mensaje. Y uno de estos días encontraré a una persona que pueda entender éste.

¿Por eso vendió unos a tan buen precio y otros prácticamente loa regaló?, ¿porque se los ofrecía a quienes los valoraban más? Ya veo.

Al parecer mi hermano mayor es un buscador de destinatarios, no de cuadros.