Todo porque no firmas con tu nombre

Consiga de Adictos a la escritura
Palabra: Fotografía

A veces, cuando vuelvo del trabajo, siento el absurdo deseo de marcar tu número telefónico para escuchar tu voz.
Si en algo me conoces, sabes que yo no soy capaz de negarle nada a nadie, en particular a mí misma. Pero jamás llamé porqué no tenía idea de cual era tu número de teléfono.

Ahora que lo pienso, no tengo nada tuyo. Por eso es absurdo que me muera de ganas por llamarte y que me informe sobre todos tus movimientos. Yo comencé a creer que estaba enamorada de ti cuando… Bien, lo admito, no puedo recordarlo. Ahora parece que siempre hubieras estado en mi vida.

Albergué tantas esperanzas como pude, manteniendo este “amor” ya que no todos los días consigo sentir algo más que enojo y cansancio. Está sensación de necesitarte, y querer que me necesites, y la emoción ante la sola idea de que quizá… y ahí está el problema. Existen dos palabras que odio: “esperar” y “quizá”. El “no” puede doler, y la palabra “nunca” me hace sentir vacía, sola y perdida. Pero cuando debo renunciar, puedo arrancar esa hoja de la libreta de cosas por hacer, la guardo en un lugar donde esté a salvo pero no a la vista,  me las ingenio para resignarme y me concentro en otra página. El “sí” es una enorme responsabilidad que mil veces me he negado a enfrentar. Son situaciones en las que puedo hacer algo.

Si fuéramos muy diferentes, si tuviera que resignarme, sería fácil. Amarte no es la única manera de aprovechar tu luz.

Si me dijeras que me quieres, me moriría de miedo, pero te querría. Y creo que estaríamos bien.

¡Pero ese “quizá” en tu forma de actuar me volvía loca! Con gusto hubiera aceptado conocer a tus demonios internos si fuese posible curiosear en tu mente para saber si tu “quizá” era un “no” o un “sí”. Pero eso no se puede, así que me deleité en la agonía de ese “quizá”.

Lo hubiera hecho por siempre, pero tomaron esa fotografía en que salimos juntos, y cuando llegó a mis manos descubrí que tenía un número de teléfono al reverso.

Sentí curiosidad; pero fue hasta hoy por la tarde que le sonsaqué a tu hermano que tienes esa obsesión rara de firmar con tu número telefónico en lugar de un nombre.

Cuando llegué del trabajo mi gato estaba dormido, y solamente las ganas de llamarte me recibieron. Nunca me niego aquello que puedo concederme – sería estúpido hacerlo – así que te llamé.

Y sólo estaba la contestadora, en la que tu mensaje es un breve silencio, así que sigo sin oír tu voz. ¿Me llamas cuando llegues, por favor?

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Mundos que se terminan

Proyecto de Adictos a la escritura: El fin del mundo frustrado.
diciembre 2012

Marcela y Julius tenían una vieja apuesta. En el 99, cuando recién se conocían, Julius esperaba que la vida en la tierra llegara a su fin junto con el año. Ella dijo que era cosa de lo mal que fuera el mundo y no de fechas previstas.

El 12 de julio del año 2000, seguían con vida, pero él estaba convencido con la nueva teoría de que el milenio no acababa todavía y tomaba aquel año extra como una segunda oportunidad. Vivía como si estuviera obligado a alcanzar todos los límites. Esa fue una de las razones por las que le declaró su amor a Marcela en aquella fecha.

Su romance resultó ser caótico. No estaban listos para ese tipo de relación. Pero ella decidió mantenerla porque le gustaba la forma en que él ponía todo de su parte. Y él decidió seguir invirtiendo esfuerzos en ella porque no quería lamentarse de haber perdido el amor mientras el mundo se terminaba.

Un año después, tenían una relación más calmada y feliz, en este mundo en el que todavía no se acababa la vida.

Y así siguieron. Todo cambiaba pero la apuesta y el amor seguían uniéndolos.

Los mayas prometían otro final. Julius volvió a poner sus cosas en orden. Perdonó algún amigo traidor, se dio un gusto que había postergado por años, volvió a jurarle amor a quien ahora era su esposa.

La diferencia era que, ahora, ella también creía. A sus ojos, la humanidad estaba lo bastante mal. Aquel planeta herido tendría que seguir sin ellos. Cosas peores habían pasado en la historia de la especie que se llama a sí misma inteligente, pero estas eran las que ella conocía, así que le parecían lo más tremendo.

No estaba interesada en hacer las paces con nadie ni resolver pendientes. El que se acabara el mundo le restaba importancia a lo que antes era de vida o muerte. ¿Para que quería estar en paz con su padre si ya no lo vería más? ¿Qué importaba si por fin terminaba ese collage que había desatendido los meses anteriores, si pronto sería destruido por la naturaleza que recuperaría su espacio?

Lo que sí aceptó, fue la invitación de Julius a una de las fiestas que habían organizado en la ciudad para esperar el gran final.

Para cuando se cansaron, habían bebido de más. Pero tenían lucidez suficiente para recordar que no debían conducir. Caminaron porque sólo eran unas pocas cuadras y no había transporte a esa hora. De todas formas eran sólo un par de cuadras.

No conducir ebrios fue lo más responsable; pero tal vez no fue lo mejor.

A media cuadra de casa, el camino de dos se cruzó con el de alguien menos responsable que conducía sin permiso el convertible de su padre.
El 22 de diciembre llegó como si nada. Había vida en la tierra. Pero Julius no lo veía de ese modo. Por un tiempo el mundo se vería muerto y él vestiría de negro y sufriría insomnio.

Remordimiento

Proyecto de Adictos a la escritura: Los dos mundos.
Octubre 2012

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No.

Mi primera acción de aquel día fue un prolongado bostezo.
Luego noté que tenía el estómago revuelto, y no pude hacer nada para calmarlo.

El desayuno me sentó muy mal, pero seguía segura de que no estaba enferma, sinó angustiada. No tenía idea de que podía estar angustiándome, en todo caso.

Hasta que Pedrito, con la boca llena de su cereal favorito, me hizo una petición:

—Papá sale tadde de el trabajo, ¿tú no puedes llevadme a pedid dulces en la noche?

Mi mamá le dedicó una mirada recriminadora a mi pequeño hermano, pues todos sabían que yo no quería oír una palabra sobre aquella “celebración”.

—Es muy peligroso ahí afuera en las noches —dije, de golpe, y luego razoné—. De todas formas, aquí no se hace eso.

—Lo hacen en la tele.

—Porque esas carícaturas que mirás son de otros países —tan cierto que mi hermanito incluso hablaba con un acento extranjero que me hacía preguntarme si yo también hablaba como la gente de las telenovelas.

Se cruzó de brazos con su mirada de decepción, quizá con la esperanza de que mi opinión cambiara. Yo lo lamenté mucho, pues tengo debilidad por complacerlo, pero… no hubiera podido aunque todos los vecinos tuvieran dulces para entregarle a niños desconocidos.

Tampoco me sentía capaz de ir a clases, pero fui valiente y arrastré mis pies hasta la parada del autobús privado de la universidad. No me enteré de nada en el trayecto, ni cuando llegué como zombie a la clase de cálculo, en donde no puse atención para nada.

Pensaba.

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No. Ya sabes que no me gustan las supuestas festividades. Menos las de otros países.

No podía hacer otra cosa más que pensar en mis culpas. Y al menos estaba asistiendo a mis clases, ¿no?

Pero no pude entrar a la primera clase que debía recibir en mi facultad. Porque ahí estaba ese altar. Era hermoso. La fotografía era la mejor de todas, y tenían fragmentos de sus libros favoritos, muchas rocas que hubieran quedado perfectas en su colección…

Sólo podía ser hermoso: porque tenía que ver con él. Incluso yo me había vuelto hermosa cuando él puso sus ojos en mí. Él decía que simplemente sabía reconocer la belleza. Me llevaba a todas esos sitios en donde yo no había estado porque me sentía insignificante. Claro, lo de la dichosa fiesta había sido distinto. Bien se lo había explicado yo: simplemente no me gustaban las fechas impuestas por otros: las “festividades”.

“Pero no es por la festividad, es por el baile”, había insistido él, muy convincente.

Yo no podía seguir soportando esos recuerdos. Había sido más que tomar la decisión equivocada….

Huí de la facultad; de la universidad.

Conforme pasaban las horas, había cada vez más gente disfrutando del dichoso “día de brujas”. Nunca, en toda mi infancia, yo había visto que eso se festejara. Ahora me recordaría siempre mi estúpida decisión:

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No. Ya sabes que no me gustan las supuestas festividades. Menos las de otros países.

—Pero no es por la festividad, es por el baile. ¡Dí que sí! Mira: sólo tú, yo, y varios cientos de personas, bailando bajo una excusa común.

—¿Por favor?

—…

—¿Por mí?

¿Cómo decirle que no?

Y todo a mi alrededor me lo recordaba: las fachadas, los disfraces…

En mi afán de alejarme de todo eso, me interné en un callejón solitario, al que la noche había entrado anticipadamente debido a la sombra de los edificios.

Me senté en un rincón y lo lloré por primera vez.

—Mi vida, vuelve a casa antes de que se ponga peligroso.

La voz me causó un profundo dolor y una dicha más intensa todavía.

—¿Gatito? —murmuré, alzando la cabeza con la esperanza de haber enloquecido.

—Ya me parecia que llorabas —dijo, y se acercó para secar mis lágrimas—. Espero que no sea por mi culpa.

—Es que… yo… Hoy es…. —entre mi sorpresa y mis sollozos, no dije nada claro.

—Entonces si es por mí. No lo hagas. Yo estoy bien, a decir verdad. Y por lo que pasó esa noche… fue mi culpa. Sí hubieras dicho que sí, te habrían lastimado a ti también. Al menos hay uno de nosotros para cumplir todos esos sueños. La carrera, los viajes… Los harás hasta que sea hora de alcanzarme, ¿verdad?

El año a anterior, cerca de esa hora, él me había pedido algo más sencillo y yo me había negado. Pero no esta vez.

—Entonces —concluyó él, cuando dije que sí—, ve a casa antes de que oscurezca, sólo para que no me preocupe, ¿está bien?

—Gatito… ¿estoy alucinándote?

—No. Parece que tenemos una especie de permiso en un par de días. No es que los vivos hagan mucho caso a eso en estas épocas, al menos no por aquí. El caso es que… pensé que hoy me necesitarías más.

Claro que lo sabía, pues me conocía bien. Por eso lo amé tanto.

Nadie trabaja gratis en estos días

Proyecto de Adictos a la escritura: Cupido.
febrero 2012

María, Pablo y Suany estaban sentados en el piso, donde siempre, en sus asuntos habituales. Pablo leía su libro de química por mientras llegaba su novia. Las muchachas hablaban sobre chicos.

—Sí, lo tiene todo pero no me determina.

Suany no comprendió.

—¿No te qué?

—No me determina.

—Sí, ¿pero eso que es, mujer?

—No sabe que existo, no le intereso, no… ya no sé otros sinónimos.

Pero ya había quedado claro.

—¿Quieres que te determine? —preguntó Pablo, dejando de lado su libro.

No era habitual que él las escuchara siquiera.

—Haría lo que fuera.

—Menos hablarle —rió Suany.

Fue entonces cuando Pablo dejó caer su libro y atravesó el patio hasta el aula de enfrente. Sus amigas estaban sorprendidas y se preguntaron “que habría perdido ahí”. Pero cuando él se detuvo frente al salón y le dijo algo al muchacho del que hablaban, María se puso pálida primero, y pasó por todos los tonos hasta el rojo mientras era señalada por su amigo y vista fijamente por quien no la determinaba. Por cierto que él sonreía con un nerviosismo que hacía pensar a Suany en lo similar que era con su amiga.
Esa misma tarde, al salir de clases, Jaime le ofreció a María acompañarla a casa, mientras ella asentía, Pablo y Suany dijeron adiós y se fueron juntos; vivían en casas vecinas, así que durante el camino Suany aprovechó para preguntar, por enésima vez, que le había dicho.

No había dicho demasiado, había preguntado que tal le parecía como posible pareja, y Jaime había perdido la voz. Había pensado en ello el resto del día, y ahora caminaban tan despacio como podían hacia la casa de ella.

Pero Pablo no podía decirle a Suany lo que había dicho, porque no lo recordaba para nada.

Como no recordaría nada la señora que atendía la pulpería de la esquina y que ahora estaba comentando con Margarita como su sobrino suspiraba por ella.

Era un trabajo agotador ir por ahí de cuerpo en cuerpo soltándoles la lengua para que las relaciones no quedaran en hubiera sólo porque tenían miedo a ser rechazados. Lo más difícil era saber cuando realmente eran el uno para el otro. Y admitía que era complicado mantener una relación, cosa que no era su deber. Pero, ellos tenían que ocuparse sólo de una, ¡mientras este pobre espíritu trabajaba tanto!

Por eso fue que comenzó a cobrar. Frases como “Haría lo que fuera” sellaban un contrato, y la verdad no era buena cosa sentirse cansados sin motivo justo al iniciar su relación… Pero, ¡esas fuerzas eran necesarias para el que los había reunido en estos tiempos tan desprovistos de afecto! Y ellos habían aceptado, ¿no?

La primera flor de junio

Proyecto de Adictos a la escritura: Especial terrorífico.
Noviembre, 2010

 

Desde los doce años, Nell había soñado con su boda. El sueño se había convertido en pesadilla ese primero de junio y, ahora, estaba sola, sentada en la banqueta con lágrimas en los ojos y sangre en el traje de novia.

Todo había comenzado —en un sentido más o menos exacto— en la infancia de Nell, cuando su madre había muerto. Su padre la envió al psicólogo regularmente durante años. Ahí conoció a Javier y se hicieron amigos con facilidad. Unos años después, querían casarse.

Con la bendición de su padre, Nell viajó a la ciudad natal de Javier para el matrimonio. Le parecía adorable que la familia de él quisiera ocuparse de preparar la boda. En cambio él estaba preocupado. Ya estaban cerca del pueblo cuando confesó el motivo de su angustia: sus padres tenían un concepto poco agradable del término “familia”, basado principalmente en el machismo. Según el psicólogo, una de las razones por las que había desarrollado un transtorno de personalidad múltiple era que su carácter gentil se salía completamente de los parámetros impuestos por su padre.

Nell, sin preocuparse más de lo necesario, le preguntó por qué estaban viajando hacia ese lugar si su familia era tan problemática.

—Es que no es fácil decirle que no a mi padre —respondió él—. Además, no es buena idea. Seguro acabaría destruyendo nuestra relación o algo así. En cambio, una vez que me case, me dejará vivir mi vida… sólo debo hacer esto bajo sus términos…

—Entonces, no hay problema —dijo la joven.

Pero lo había: la familia esperaba ver a una novia sin voz preparada para convertirse en la esposa sumisa de Javier. Nell meditó un momento antes de brindar una solución sencilla: fingirían. A Javier le pareció buena idea, ya que sabía que Nell era muy buena actuando. Por ejemplo, había convencido al psicólogo de estar haciendo las paces consigo misma para no tener que seguir visitándolo, cuando en realidad ella no sentía ninguna preocupación, culpa o miedo. El médico sólo había sido útil cuando le recomendó que hiciera alguna manualidad cuando sintiera deseos de lastimar a alguien. Ella consideró que si hacía algo así pensando en alguien, lo correcto era entregarselo a la persona, así que casi todos sus conocidos recibían flores de papel de cuando en cuando. Claro que Javier nunca había recibido algo así.

Todo iba de maravilla, si no tomaba en cuenta que su padre había llamado para avisar que, por asuntos del trabajo, no llegaría a tiempo para la boda. Después de hacer una flor de papel para el jefe de su padre, Nell aceptó la situación sin entristecerse.

Javier había estado representando su personaje demasiado bien, pero Nell estaba muy divertida engañando a la familia —eso no significaba que no les hubiera ofrecido flores de papel cada vez que le decían que una señorita se ve mejor calladita— así que no se dio cuenta de ese detalle hasta el mismo día de la boda.

—¿No lo sabías? —las palabras pronunciadas por su futura suegra fueron las causantes del caos—. Cuando se hayan casado vivirán con nosotros.

Javier lo confirmó, sin entusiasmo pero sin fingir. Luego, a solas, le explicó a su prometida que no podía negarse a una instrucción emitida por su padre y Nell comprendió que todo el dinero que él había gastado en el psicólogo había caído en saco roto.

No podía casarse para ser infeliz.

Tomó la decisión más evidente: no habría flores de papel esta vez.

————————————-

Ahora estaba ahí, sola.

No lo entendía. ¿Por qué ya no quería casarse con ella? ¿Tanto le afectaba haber vuelto a verlos que no podía entender la necesidad de matarlos? Él debía agradecérselo, pero lucía tan asustado…

Se levantó y cruzó la calle para comprar papel y hacerle una flor a Javier.

~~~~~~
Cuando su familia no estaba, Javier sabía quien era.

Y si se lo preguntan: no, ella no aparece en historias de fantasmas; está vivita y coleando… y buscando un joven agradable a quien unir su vida, para protegerlo y hacerlo feliz.

Cuando tu novio necesita otra relación

Proyecto de Adictos a la escritura
Febrero 2011

Él siempre supo como hacer reír – y llorar – a una chica. Nunca dos a la vez, ninguna más de dos meses: tenía un sistema y cuando lo usaba había sido bueno. Pero ahora estaba “estáncado” en la misma relación monótona y práctica.

Ya no era divertido besarse en público para ver quién se quedaba mirándolos y quién hacía comentarios sobre la falta de decencia. Apenas tenían tiempo para verse debido al aumento de responsabilidades de trabajo, así que se veían sólo cuando el departamento contable necesitaba resolver asuntos legales.

Los días eran muy cortos y ella era de esas señoritas – mojigatas, las llamaba él – que no podría pasar una noche en casa de él. Si quería volver a divertirse en una relación romántica, él necesitaría hacer cambios.

Y él – una persona que solamente trabajaba para tener dinero para divertirse – no se lo cuestionó. Lo primero, que debía hacer era acabar con el noviazgo. Sólo necesitaba encontrar el momento. Tras meditarlo un poco, decidió que era posible reunirse a la hora del almuerzo. Era una pésima fecha, con toda el mundo intercambiando flores y chocolates.

Cuando les sirvieron la comida, le quedaban más o menos quince minutos para plantearle los hechos a la mujer más amable, sexy, práctica y explosiva que había conocido.

Al principio ella pensó que era un chiste, pero su expresión cambió al entender que hablaba en serio. En los infinitos segundos que duró ese cambio, él se preguntaba si ella fingira no darle importancia al asunto o si lo atacaría con el tenedor de plástico. Ella no hizo ninguna de esas cosas.

― Y, ¿qué vamos a hacer?

¡Claro! Era práctica como pocos y sabía que los problemas eran para solucionarlos.

Él no esperaba esa pregunta, pero no dejó que el cambio de planes arruinara el momento. Descartó el largo discurso preparado y respondió como si el asunto no fuera gran cosa:

― Pues casarnos, claro.

En realidad, él le tenía pavor al matrimonio, pero era un temerario.

Más vale tarde que nunca

Proyecto de Adictos a la escritura: Amiga invisible.
Agosto 2010

Estaba sóla como la honestidad. La gente pasaba sin mirarla, como si de una causa justa se tratase. Pero ella no era ni una cosa ni la otra. Era sólo una mujer joven con el alma envejecida.La había encontrado tarde, pero la reconoció de inmediato. Tuvo miedo pero lo enfrentó y salió victorioso, listo para besar a la bella durmiente, ponerle su zapatilla a cenicienta, o ser tratado como rana común antes de obtener el añorado beso. Pero aquello no era un cuento de hadas, era el agotador mundo real.La gran aventura que había enfrentado para buscarla, era una vida cotidiana con dolores de muelas, exámenes finales y cuentas vencidas. En medio de todo eso, no había tenido tiempo de buscar en cada par de ojos femeninos la mirada de ella. Aún así, una vida después, la había encontrado. No cabía duda: se trataba de ella.Pero ella se negó a tomar su mano.

“No queda nada”, dijo, “Yo te busqué. Yo creía ciegamente en que estabas ahí, en alguna parte. Pero… nunca llegaste. Yo estaba desesperada por amar y ser amada, y creía que el amor sería la felicidad. Como no apareciste, intenté reemplazarte. Intenté amar a alguien parecido. Pero no podía amar, así que seguía entregando mi alma a pedazos porque no tenía sentimientos que entregar. Uno trás otro juraron cuidar de esas piezas de alma. Unos las perdieron y otros las destruyeron. Y ahora, ya no hay nada. No hay un alma en mi cuerpo para crear amor. Yo estoy muerta, y tú, sólo.”

Él no había tenido amor para dar nunca. No sabía de donde provenía, y su alma estaba olvidada en algún sitio, pero ahora quería buscar a su alma y a su amor. Porque ahora tenía algo que hacer con ellas.

“No me importa. Me quedaré contigo. No he venido a pedirte nada.”

Estaban sentados en los escalones de un edificio que tenía las paredes viejas y sucias, llenas de afiches de políticos farsantes. Y aquello parecía un lugar hermoso y familiar.