El gato debe estar en el patio

No era suyo, de cualquier modo. Era el gato de sus hijos. ¡Y cómo querían a ese horrible bicho! No tenía nada en contra de los gatos, su problema era nada mas con este trapeador poseído.

Le había puesto de todo en el patio de atrás: juguetes, comida, refugio… Pero el bicho insistía en colarse en la sala. Mientras los chicos estaban en la escuela, él y su esposa estaban aquí, tratando de atrapar al felino para sacarlo de la casa. El bicho solo corría de un metedero al otro mientras ellos tropezaban y chocaban constantemente. Sigue leyendo

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Otra de esas parejas sin futuro

Consigna de Adictos a la escritura.
Palabra: Quisicosa

Mientras la mesera se marcha a tomar la orden en la mesa cercana, mi cita se oculta detrás del menú. Mal finge, considerando que ya pedimos un café para cada uno. Exactamente lo que tomamos en la cita anterior.

Ahora que lo pienso, estamos en el mismo lugar… supongo que viene tanto que incluso tiene mesa favorita.

Hay que admitir que Ángel es un muchacho lleno de manías, pero nada demasiado obsesivo. Si el único problema con él es que no puede hablar sin enredarlo a uno con un sin fin de quisicosas y hasta palabras que con toda seguridad no existen. Y no es normal que un muchacho que sabe tantas cosas, destruya tan fácilmente su idioma.

Él tiene muchas cualidades que me gustan.

No es uno de esos sujetos que piensan con la testosterona y hablan con los puños. Nunca lo he visto entrar en cólera y cuando se ve metido en una pelea suele ganar sin dar un sólo golpe. Por cierto que de esas peleas, siempre la causa es que el otro sea un imbécil y lo ataque por nada, y la única ocasión en que lo he visto meterse a pelear, fue defendiéndonos a mi hermano y a mí cuando recién llegábamos y esos vagos habían decidido tomarla en nuestra contra.

Mientras más lo veo, dando vueltas al menú sin más necesidad que la de no verme a los ojos, más me doy cuenta de que ya no interesan los motivos por los que lo amo.

―A ver, ¿cuál es la mala noticia? ―digo, por más que tenga miedo a la respuesta.

Él suspira y deja en paz el menú. Me mira fijamente y puedo notar que le toma trabajo decidirse a hablar.

―No eres tú ―dice con voz muy clara, sin explicarme más.

Quiero decir que no entiendo de que habla, lo cual viene a ser verdad muy a menudo, pero no ahora. Qué él no esté siendo claro, conforme a su costumbre, no significa que yo no sepa de que habla. Siento leves deseos de llorar. Pero debo reponerme y salir de esta como si nada.

―Perdón por dejarte creer que eras tú. Fue tu culpa porque eres maravillosa. Creí que podías serlo, ¿entiendes?

―¿Ah sí? ―no creo que lo entienda― ¿Y ahora que es diferente?

Lo veo fruncir el ceño, pensando para mentir o para comprenderse a sí mismo, no lo sé a ciencia cierta.

―Pues que ya lo… pensé. Y no tenemos futuro ―dice, con voz de culpa mientras desliza su mano izquierda por el borde de la mesa.

No tenemos futuro porque él se está corriendo. Eso pienso, pero no viene al caso que lo diga.

―Supongo que no vas a ser más claro que eso. Nunca lo eres.

Y no me tardo nada en tomar mi bolso y ponerme de pie para marcharme.

Antes de que yo empiece a caminar, él dice una cosa más. La más rara que me ha dicho en lo poco que lo he tratado.

―Es mejor ahora, y no cuando nos hayamos acostumbrado a estar juntos. Es desagradable tener que repartirnos una vida.

Le dedico la última mirada confusa y me voy, sin preguntarme como se siente él que acaba de sonar tan triste.

Fue bueno mientras duró, pero no fue ni un instante…él se enamoró de mí y vio que no teníamos futuro en el transcurso de cuatro días y unas pocas horas. Y pensar que se miraba tan maduro.

Un hombre bueno

Consigna de Adictos a la escritura
Palabra: impureza

Macario era un hombre bueno.

Pagaba sus impuestos, le daba comida a los mendigos, le cedía el paso a los vehículos de emergencia, reciclaba y nunca le había sido infiel a su esposa. Jamás en la vida hubiera hecho mal a otros. Cierto que no le bridaba su apoyo a la gente que obraba de forma incorrecta, pero es que no existen franjas grises, o se es bueno o se es malo y los que deciden lo segundo deben soportar las consecuencias. Votó sí cuando se realizó la consulta general en su país para la imposición de la pena de muerte.

No podía creer que justo él hubiera tenido que sufrir aquel evento que le había llenado de impureza en cuestión de segundos, y no sabía lo que debía hacer ahora.

Esa mañana había desayunado mientras leía en el periódico la aberrante noticia de que Lucas Moreno había sido puesto en libertad. “Pero si mató a un hombre”, había dicho, disgustado, “Lo hubieran tenido que ejecutar y lo sacaron en cinco años”. El muchacho había perdido a sus padres en un incendio causado por una instalación eléctrica defectuosa en su edificio que había sido reportada y nunca arreglada, y al no tener donde vivir ni que comer, el muchacho había ido a robar una tienda con el resultado de un cliente muerto, un empleado herido y muchos daños materiales. Pero era un muchacho y había confesado…

Era molesto, para un hombre bueno como Macario, que se perdonara a un asesino.

Y aún así, había seguido su día, sabiendo que convivía con gente mala en todas partes. No sabía porque los delincuentes tenían que forman parte de la vida de la gente decente. Esa mañana había pensado mucho en eso. En el tren, en la oficina, en la cafetería durante el almuerzo… Y ahora… Era como si hubiera sabido lo que iba a ocurrir.

En el camino de regreso había hablado con una compañera sobre Moreno y su liberación. Ella dijo que él había sufrido bastante ya y no necesitaba más castigo. Pero él había insistido en que un asesino es un animal y que seguro no tenía nada en el pecho.

Y luego había bajado del tren y había caminado hacia su casa, pensando en lo tonta que era la gente. ¿Por qué insistían en defender a esos individuos que nada bueno aportaban a la sociedad? En la esquina de siempre vio a la niña que ya sabía que la bolsa que él llevaba tenía comida para ella y su hermanito.
El día estuvo completo al entregarle el almuerzo a la niña, y no esperaba ninguna novedad en las dos cuadras que le quedaban.

Y entonces, vio la tercera cosa más insólita que él hubiera podido imaginar: su vecina se había hartado del esposo que siempre andaba con otras mujeres, y estaba sacando “toda su basura” de la casa, mientras el marido gritaba amenazas y súplicas revueltas, siguiendola de cerca pero sin detenerla.

“Mi amor, eso no”, suplicó el infiel, dentro de la casa pero audible desde el exterior, un instante antes de que ocurriera la segunda cosa más insolita de la lista de Macario: la mujer aventó el televisor desde una puerta sin balcón que había en la segunda planta.

Macario se encogió tontamente sobre sí mismo en lugar de apartarse, luciendo sumamente ridículo durante una fracción de segundo, hasta que ocurrió la cosa más absurda, rara e imposible según Macario: un hombre lo apartó salvándole la vida, y cuando el lo miró dispuesto a darle las gracias, descubrió con horror que su rostro era el que había visto en la noticia de Moreno.

Un asesino le había salvado la vida. ¿Qué mancha más grande puede adquirir un hombre sin habérselo propuesto? La niña en la esquina almorzaría al dia siguiente porque un joven asesino estaba ahí cuando ocurrió todo aquello. ¿Podía existir ironía mayor?

Mientras su vecina seguía aventando cosas, y el huía del sitio donde sentía haber cometido un crímen, Macario se preguntaba porque estaba tan torcido el mundo.

Minientrada
Escritura automática
Septiembre 2011

No pienso en nada en particular, y es lo mejor porque cuando pienso termino preguntándome tonterías, cosas tristes respecto a los finales, o cosas estúpidas respecto a los inicios. En cualquier caso, acaba en ser lo mismo de siempre, el que cuenta es el final. Y todo el recorrido, ya sea en páginas, escenas o años de verdad, sólo tiene significado si afecta al resultado, al cierre.
Pues yo lo siento mucho pero los inicios siguen gustándome más que los finales. Los inicios lo dejan a uno pensar, somos dueños de eso. Los inicios son abiertos y su sentido se lo daremos nosotros, en cambio los finales, son lo que son sin que podamos hacer ni pensar nada al respecto y eso… por lo general es más bien decepcionante.

Todo porque no firmas con tu nombre

Consiga de Adictos a la escritura
Palabra: Fotografía

A veces, cuando vuelvo del trabajo, siento el absurdo deseo de marcar tu número telefónico para escuchar tu voz.
Si en algo me conoces, sabes que yo no soy capaz de negarle nada a nadie, en particular a mí misma. Pero jamás llamé porqué no tenía idea de cual era tu número de teléfono.

Ahora que lo pienso, no tengo nada tuyo. Por eso es absurdo que me muera de ganas por llamarte y que me informe sobre todos tus movimientos. Yo comencé a creer que estaba enamorada de ti cuando… Bien, lo admito, no puedo recordarlo. Ahora parece que siempre hubieras estado en mi vida.

Albergué tantas esperanzas como pude, manteniendo este “amor” ya que no todos los días consigo sentir algo más que enojo y cansancio. Está sensación de necesitarte, y querer que me necesites, y la emoción ante la sola idea de que quizá… y ahí está el problema. Existen dos palabras que odio: “esperar” y “quizá”. El “no” puede doler, y la palabra “nunca” me hace sentir vacía, sola y perdida. Pero cuando debo renunciar, puedo arrancar esa hoja de la libreta de cosas por hacer, la guardo en un lugar donde esté a salvo pero no a la vista,  me las ingenio para resignarme y me concentro en otra página. El “sí” es una enorme responsabilidad que mil veces me he negado a enfrentar. Son situaciones en las que puedo hacer algo.

Si fuéramos muy diferentes, si tuviera que resignarme, sería fácil. Amarte no es la única manera de aprovechar tu luz.

Si me dijeras que me quieres, me moriría de miedo, pero te querría. Y creo que estaríamos bien.

¡Pero ese “quizá” en tu forma de actuar me volvía loca! Con gusto hubiera aceptado conocer a tus demonios internos si fuese posible curiosear en tu mente para saber si tu “quizá” era un “no” o un “sí”. Pero eso no se puede, así que me deleité en la agonía de ese “quizá”.

Lo hubiera hecho por siempre, pero tomaron esa fotografía en que salimos juntos, y cuando llegó a mis manos descubrí que tenía un número de teléfono al reverso.

Sentí curiosidad; pero fue hasta hoy por la tarde que le sonsaqué a tu hermano que tienes esa obsesión rara de firmar con tu número telefónico en lugar de un nombre.

Cuando llegué del trabajo mi gato estaba dormido, y solamente las ganas de llamarte me recibieron. Nunca me niego aquello que puedo concederme – sería estúpido hacerlo – así que te llamé.

Y sólo estaba la contestadora, en la que tu mensaje es un breve silencio, así que sigo sin oír tu voz. ¿Me llamas cuando llegues, por favor?

Mundos que se terminan

Proyecto de Adictos a la escritura: El fin del mundo frustrado.
diciembre 2012

Marcela y Julius tenían una vieja apuesta. En el 99, cuando recién se conocían, Julius esperaba que la vida en la tierra llegara a su fin junto con el año. Ella dijo que era cosa de lo mal que fuera el mundo y no de fechas previstas.

El 12 de julio del año 2000, seguían con vida, pero él estaba convencido con la nueva teoría de que el milenio no acababa todavía y tomaba aquel año extra como una segunda oportunidad. Vivía como si estuviera obligado a alcanzar todos los límites. Esa fue una de las razones por las que le declaró su amor a Marcela en aquella fecha.

Su romance resultó ser caótico. No estaban listos para ese tipo de relación. Pero ella decidió mantenerla porque le gustaba la forma en que él ponía todo de su parte. Y él decidió seguir invirtiendo esfuerzos en ella porque no quería lamentarse de haber perdido el amor mientras el mundo se terminaba.

Un año después, tenían una relación más calmada y feliz, en este mundo en el que todavía no se acababa la vida.

Y así siguieron. Todo cambiaba pero la apuesta y el amor seguían uniéndolos.

Los mayas prometían otro final. Julius volvió a poner sus cosas en orden. Perdonó algún amigo traidor, se dio un gusto que había postergado por años, volvió a jurarle amor a quien ahora era su esposa.

La diferencia era que, ahora, ella también creía. A sus ojos, la humanidad estaba lo bastante mal. Aquel planeta herido tendría que seguir sin ellos. Cosas peores habían pasado en la historia de la especie que se llama a sí misma inteligente, pero estas eran las que ella conocía, así que le parecían lo más tremendo.

No estaba interesada en hacer las paces con nadie ni resolver pendientes. El que se acabara el mundo le restaba importancia a lo que antes era de vida o muerte. ¿Para que quería estar en paz con su padre si ya no lo vería más? ¿Qué importaba si por fin terminaba ese collage que había desatendido los meses anteriores, si pronto sería destruido por la naturaleza que recuperaría su espacio?

Lo que sí aceptó, fue la invitación de Julius a una de las fiestas que habían organizado en la ciudad para esperar el gran final.

Para cuando se cansaron, habían bebido de más. Pero tenían lucidez suficiente para recordar que no debían conducir. Caminaron porque sólo eran unas pocas cuadras y no había transporte a esa hora. De todas formas eran sólo un par de cuadras.

No conducir ebrios fue lo más responsable; pero tal vez no fue lo mejor.

A media cuadra de casa, el camino de dos se cruzó con el de alguien menos responsable que conducía sin permiso el convertible de su padre.
El 22 de diciembre llegó como si nada. Había vida en la tierra. Pero Julius no lo veía de ese modo. Por un tiempo el mundo se vería muerto y él vestiría de negro y sufriría insomnio.

Remordimiento

Proyecto de Adictos a la escritura: Los dos mundos.
Octubre 2012

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No.

Mi primera acción de aquel día fue un prolongado bostezo.
Luego noté que tenía el estómago revuelto, y no pude hacer nada para calmarlo.

El desayuno me sentó muy mal, pero seguía segura de que no estaba enferma, sinó angustiada. No tenía idea de que podía estar angustiándome, en todo caso.

Hasta que Pedrito, con la boca llena de su cereal favorito, me hizo una petición:

—Papá sale tadde de el trabajo, ¿tú no puedes llevadme a pedid dulces en la noche?

Mi mamá le dedicó una mirada recriminadora a mi pequeño hermano, pues todos sabían que yo no quería oír una palabra sobre aquella “celebración”.

—Es muy peligroso ahí afuera en las noches —dije, de golpe, y luego razoné—. De todas formas, aquí no se hace eso.

—Lo hacen en la tele.

—Porque esas carícaturas que mirás son de otros países —tan cierto que mi hermanito incluso hablaba con un acento extranjero que me hacía preguntarme si yo también hablaba como la gente de las telenovelas.

Se cruzó de brazos con su mirada de decepción, quizá con la esperanza de que mi opinión cambiara. Yo lo lamenté mucho, pues tengo debilidad por complacerlo, pero… no hubiera podido aunque todos los vecinos tuvieran dulces para entregarle a niños desconocidos.

Tampoco me sentía capaz de ir a clases, pero fui valiente y arrastré mis pies hasta la parada del autobús privado de la universidad. No me enteré de nada en el trayecto, ni cuando llegué como zombie a la clase de cálculo, en donde no puse atención para nada.

Pensaba.

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No. Ya sabes que no me gustan las supuestas festividades. Menos las de otros países.

No podía hacer otra cosa más que pensar en mis culpas. Y al menos estaba asistiendo a mis clases, ¿no?

Pero no pude entrar a la primera clase que debía recibir en mi facultad. Porque ahí estaba ese altar. Era hermoso. La fotografía era la mejor de todas, y tenían fragmentos de sus libros favoritos, muchas rocas que hubieran quedado perfectas en su colección…

Sólo podía ser hermoso: porque tenía que ver con él. Incluso yo me había vuelto hermosa cuando él puso sus ojos en mí. Él decía que simplemente sabía reconocer la belleza. Me llevaba a todas esos sitios en donde yo no había estado porque me sentía insignificante. Claro, lo de la dichosa fiesta había sido distinto. Bien se lo había explicado yo: simplemente no me gustaban las fechas impuestas por otros: las “festividades”.

“Pero no es por la festividad, es por el baile”, había insistido él, muy convincente.

Yo no podía seguir soportando esos recuerdos. Había sido más que tomar la decisión equivocada….

Huí de la facultad; de la universidad.

Conforme pasaban las horas, había cada vez más gente disfrutando del dichoso “día de brujas”. Nunca, en toda mi infancia, yo había visto que eso se festejara. Ahora me recordaría siempre mi estúpida decisión:

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No. Ya sabes que no me gustan las supuestas festividades. Menos las de otros países.

—Pero no es por la festividad, es por el baile. ¡Dí que sí! Mira: sólo tú, yo, y varios cientos de personas, bailando bajo una excusa común.

—¿Por favor?

—…

—¿Por mí?

¿Cómo decirle que no?

Y todo a mi alrededor me lo recordaba: las fachadas, los disfraces…

En mi afán de alejarme de todo eso, me interné en un callejón solitario, al que la noche había entrado anticipadamente debido a la sombra de los edificios.

Me senté en un rincón y lo lloré por primera vez.

—Mi vida, vuelve a casa antes de que se ponga peligroso.

La voz me causó un profundo dolor y una dicha más intensa todavía.

—¿Gatito? —murmuré, alzando la cabeza con la esperanza de haber enloquecido.

—Ya me parecia que llorabas —dijo, y se acercó para secar mis lágrimas—. Espero que no sea por mi culpa.

—Es que… yo… Hoy es…. —entre mi sorpresa y mis sollozos, no dije nada claro.

—Entonces si es por mí. No lo hagas. Yo estoy bien, a decir verdad. Y por lo que pasó esa noche… fue mi culpa. Sí hubieras dicho que sí, te habrían lastimado a ti también. Al menos hay uno de nosotros para cumplir todos esos sueños. La carrera, los viajes… Los harás hasta que sea hora de alcanzarme, ¿verdad?

El año a anterior, cerca de esa hora, él me había pedido algo más sencillo y yo me había negado. Pero no esta vez.

—Entonces —concluyó él, cuando dije que sí—, ve a casa antes de que oscurezca, sólo para que no me preocupe, ¿está bien?

—Gatito… ¿estoy alucinándote?

—No. Parece que tenemos una especie de permiso en un par de días. No es que los vivos hagan mucho caso a eso en estas épocas, al menos no por aquí. El caso es que… pensé que hoy me necesitarías más.

Claro que lo sabía, pues me conocía bien. Por eso lo amé tanto.

La enésima cita con el destino.

Proyecto de Adictos a la escritura: La frase.
Marzo 2012

Quince para las dos.
Llegué a la compañía y me anuncié con la recepcionista malencarada.
Ella no dijo nada.

Esperé.

Las dos y cuarto.
Eran quince minutos de retraso y yo quería largarme.
¿Luego exigirían mi puntualidad?
Pero al fin llegaba la temible entrevista.

Las dos y treinta.
Seguían las preguntas, yo seguía respondiendo.
Pero podía sentirlo: ya todo había ido mal.

Tres y cuarenta.
Salí del edificio, sintiendome muy poco.
Pero no estaba triste:
al menos tendría algo de tiempo para perder el tiempo.

Nadie trabaja gratis en estos días

Proyecto de Adictos a la escritura: Cupido.
febrero 2012

María, Pablo y Suany estaban sentados en el piso, donde siempre, en sus asuntos habituales. Pablo leía su libro de química por mientras llegaba su novia. Las muchachas hablaban sobre chicos.

—Sí, lo tiene todo pero no me determina.

Suany no comprendió.

—¿No te qué?

—No me determina.

—Sí, ¿pero eso que es, mujer?

—No sabe que existo, no le intereso, no… ya no sé otros sinónimos.

Pero ya había quedado claro.

—¿Quieres que te determine? —preguntó Pablo, dejando de lado su libro.

No era habitual que él las escuchara siquiera.

—Haría lo que fuera.

—Menos hablarle —rió Suany.

Fue entonces cuando Pablo dejó caer su libro y atravesó el patio hasta el aula de enfrente. Sus amigas estaban sorprendidas y se preguntaron “que habría perdido ahí”. Pero cuando él se detuvo frente al salón y le dijo algo al muchacho del que hablaban, María se puso pálida primero, y pasó por todos los tonos hasta el rojo mientras era señalada por su amigo y vista fijamente por quien no la determinaba. Por cierto que él sonreía con un nerviosismo que hacía pensar a Suany en lo similar que era con su amiga.
Esa misma tarde, al salir de clases, Jaime le ofreció a María acompañarla a casa, mientras ella asentía, Pablo y Suany dijeron adiós y se fueron juntos; vivían en casas vecinas, así que durante el camino Suany aprovechó para preguntar, por enésima vez, que le había dicho.

No había dicho demasiado, había preguntado que tal le parecía como posible pareja, y Jaime había perdido la voz. Había pensado en ello el resto del día, y ahora caminaban tan despacio como podían hacia la casa de ella.

Pero Pablo no podía decirle a Suany lo que había dicho, porque no lo recordaba para nada.

Como no recordaría nada la señora que atendía la pulpería de la esquina y que ahora estaba comentando con Margarita como su sobrino suspiraba por ella.

Era un trabajo agotador ir por ahí de cuerpo en cuerpo soltándoles la lengua para que las relaciones no quedaran en hubiera sólo porque tenían miedo a ser rechazados. Lo más difícil era saber cuando realmente eran el uno para el otro. Y admitía que era complicado mantener una relación, cosa que no era su deber. Pero, ellos tenían que ocuparse sólo de una, ¡mientras este pobre espíritu trabajaba tanto!

Por eso fue que comenzó a cobrar. Frases como “Haría lo que fuera” sellaban un contrato, y la verdad no era buena cosa sentirse cansados sin motivo justo al iniciar su relación… Pero, ¡esas fuerzas eran necesarias para el que los había reunido en estos tiempos tan desprovistos de afecto! Y ellos habían aceptado, ¿no?

Agonía bien merecida

Proyecto de Adictos a la escritura
Octubre 2011
No podrás escapar.
No podrás esconderte.
No podrás gritar pidiendo ayuda.
Nada detendrá la…
AGONÍA BIEN MERECIDA

El hombre de la bata dirigió la intensa luz hacia él. Cerró los ojos por un momento pero no fue capaz de quedarse así. Siempre le había costado trabajo mantener cerrados sus ojos, aunque ahora también le costaba mantenerlos abiertos. Era demasiada luz.

Estaba aterrorizado y quería huir. Abandonar la silla, y la habitación y el edificio. No lo habían atado, pero le habían advertido que era posible. Él hombre de la bata se había reído al decirlo. No, no podía correr. Correr… como deseaba eso. Quizá sería capaz de llegar hasta la heladería de la esquina, donde Marisa Medina podría ocultarlo de sus captores. No había duda de que esta era una buena mujer y no le dejaría a su suerte. Pero estaría en líos por ayudarlo. Además… “ella” iba a convencerla de entregarlo; porque ella siempre convencía a todo el mundo.

No podía siquiera quejarse. Sus maxilares dolían terriblemente, debido a estar tan abiertos. Y ahí venía. Cerró los ojos y apretó los brazos de la silla con sus débiles manos. Tenía tanto miedo. Juró para sus adentros que no volvería a arriesgarse.

Escuchaba el agónico sonido, y tenía esta sensación horrible que no era dolor pero que mejor lo hubiera sido porque sentía como debían sentir los muertos. Se pregunto si estaba soñando, o si le habían dado una droga como en las películas. Quizá, de proponérselo, no hubiera podido moverse. ¿De eso se había reído el hombre de la bata?

No podía saber lo que el hombre hacía con sus instrumentos y es que largo rato había logrado cerrar los ojos, y al abrirlos, de inmediato los cerraba de nuevo. Esa sensación ajena era insoportable.
No se iba del todo aunque el hombre de bata se había alejado. Lo vio ejecutar una tarea metódica,sin compreder que tortura seguiría.

El Octubre próximo, si es que sobrevivía, se quedaría en casa.

*****

―¿Todavía lloras, Boby? ―dijo ella― ¿Lo ves?, te dije que no te comieras todos esos dulces el Halloween pasado.
―Y sobre todo ―dijo el dentista― recuerda asear tus dientes, siempre.