Minientrada

Es sencillo, en verdad,
iniciar una guerra.

Desecha la opinión de tu interlocutor,
ignora su dolor,
y te estarás buscando una pelea.

Demanda sin saber si el otro puede
o niega sin pensar más que en ti mismo;
¿lo tienes?
Pues, perfecto, también tienes un pleito.

Ve la paja en el ojo de tu hermano
y niega la existencia de una viga en el tuyo
para que las discusiones no terminen.

Como dije, es sencillo,
empezar un conflicto.

Por la luz, por la noche;
en nombre de la paz.
Basta con decir “yo”
una vez y otra más,
y pensar en ganar

en lugar de entender.


 

Ejercicio: Receta para una discusión

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Todo porque no firmas con tu nombre

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Palabra: Fotografía

A veces, cuando vuelvo del trabajo, siento el absurdo deseo de marcar tu número telefónico para escuchar tu voz.
Si en algo me conoces, sabes que yo no soy capaz de negarle nada a nadie, en particular a mí misma. Pero jamás llamé porqué no tenía idea de cual era tu número de teléfono.

Ahora que lo pienso, no tengo nada tuyo. Por eso es absurdo que me muera de ganas por llamarte y que me informe sobre todos tus movimientos. Yo comencé a creer que estaba enamorada de ti cuando… Bien, lo admito, no puedo recordarlo. Ahora parece que siempre hubieras estado en mi vida.

Albergué tantas esperanzas como pude, manteniendo este “amor” ya que no todos los días consigo sentir algo más que enojo y cansancio. Está sensación de necesitarte, y querer que me necesites, y la emoción ante la sola idea de que quizá… y ahí está el problema. Existen dos palabras que odio: “esperar” y “quizá”. El “no” puede doler, y la palabra “nunca” me hace sentir vacía, sola y perdida. Pero cuando debo renunciar, puedo arrancar esa hoja de la libreta de cosas por hacer, la guardo en un lugar donde esté a salvo pero no a la vista,  me las ingenio para resignarme y me concentro en otra página. El “sí” es una enorme responsabilidad que mil veces me he negado a enfrentar. Son situaciones en las que puedo hacer algo.

Si fuéramos muy diferentes, si tuviera que resignarme, sería fácil. Amarte no es la única manera de aprovechar tu luz.

Si me dijeras que me quieres, me moriría de miedo, pero te querría. Y creo que estaríamos bien.

¡Pero ese “quizá” en tu forma de actuar me volvía loca! Con gusto hubiera aceptado conocer a tus demonios internos si fuese posible curiosear en tu mente para saber si tu “quizá” era un “no” o un “sí”. Pero eso no se puede, así que me deleité en la agonía de ese “quizá”.

Lo hubiera hecho por siempre, pero tomaron esa fotografía en que salimos juntos, y cuando llegó a mis manos descubrí que tenía un número de teléfono al reverso.

Sentí curiosidad; pero fue hasta hoy por la tarde que le sonsaqué a tu hermano que tienes esa obsesión rara de firmar con tu número telefónico en lugar de un nombre.

Cuando llegué del trabajo mi gato estaba dormido, y solamente las ganas de llamarte me recibieron. Nunca me niego aquello que puedo concederme – sería estúpido hacerlo – así que te llamé.

Y sólo estaba la contestadora, en la que tu mensaje es un breve silencio, así que sigo sin oír tu voz. ¿Me llamas cuando llegues, por favor?

El número más difícil de escribir

Hay un cesto de frutas frente a mí. Son adornos sin vida, como las de la historia que me hicieron leer en la escuela.

No. La leí porque quise. Era parte de un libro escolar, pero no de mi escuela.

Lo encontré.

No sé si fue el primero, pues he encontrado varios de ellos. Entre cosas de niños que acabaron la escuela y se volvieron adultos. No conocí a los niños, a sus adultos sí.

Este era un libro que solían usar en las escuelas. Y se veía mejor que los de mi escuela, en los que todas las historias eran inverosímiles y tenían que ver con niños haciendo tareas.

Los primeros argumentos forzados que leí fueron los de los libros de mi escuela.
Pero no ese. Era un libro hermoso. Ahí conocí los números mayas. Buenos números. La representación de nada era la más difícil de dibujar, y yo no comprendía porque tenía que serlo.

Ahora lo comprendo.

Después de todo, hay un cesto de frutas sin vida frente a mí. Sólo un poco de hambre bastaría para comprender que no hay nada más difícil y triste que la nada.

Amados pésimos párrafos

Como cambian las cosas.

Cuando empezó a escribir no sabía usar tildes. Ponía abreviaturas en donde no convenía y tenía el doble de muletillas. En ese entonces la gente pensaba que ella leía mucho.

Ahora es cierto que lee mucho. Sabe las reglas de acentuación y aún así se le quedan errores porque piensa mientras escribe y no escribe lo que piensa que está escribiendo. Apenas ahora se da el lujo de llamarse escritora (novatísima y sin muchos lectores, pero escritora al fin).

No parece la misma que escribió su primer fic sobre un libro latinoamericano convencida de que era la primera loca que hacía algo como eso, y por ello moría de orgullo y de vergüenza. En ese entonces amaba cada letra. Cada pésimo párrafo le gustaba… siempre y cuando lo leyera sólo ella. Y luego empezó a escribir sus propias cosas. Sólo porque se había sentido bien escribir esas páginas que nunca olvidaría y que nunca llegaría a respetar. Nunca o sumamente tarde.

Así fue como se dio cuenta que la forma más fácil de contar una historia era por escrito. Entonces no hacía mil versiones de una historia, sólo tachaba y escribía sobre las paginas arrancadas de un cuaderno al acabar la primera versión.

Y aunque fueran muy malos resultados, los amaba. Como nunca volvería a amar sus historias una vez aprendiera a escribir como se debe. Si es que puede decirse que lo hizo.

No sabía, y quizá hubiera hecho todo igual aunque lo hubiera previsto, que algún día sería incapaz de amar tanto sus letras, pero nunca lograría dejarlas.

amados pésimos párrafos

No queda más remedio que iniciar otra página.

Por favor, no me lleven

Proyecto de Adictos a la escritura: Sensaciones.
Enero 2012

Me rodea la oscuridad. El aire se encuentra cálido pues este sitio ha estado cerrado largo tiempo. Sin embargo, el contacto con algunas de mis hermanas las rebela frías. Muy frías. Y Además está esa sensación punzante justo donde una de ellas me está empujando. Que molestia.
De afuera de mi encierro(nuestro encierro) llegan las risas de niños, como de constumbre. Y de pronto una sacudida. Me libero del roce de mi hermana. Me encuentro de inmediato chocando con varias de ellas, incapaz de evitar los saltos de un sitio a otro, es tan inestable todo cuanto me rodea.

Escucho, mientras me estrello y giro, a una mujer cuya voz es muy suave y dulce, ante la cual se acaban las risas de niños justo cuando el movimiento se termina aquí dentro. Ahora inicia el suplicio. Sí… ahí, ahí están. Sus vocecitas agudas repitiendo con demasiada fuerza lo que dice la mujer de voz dulce… El encierro no nos libra del sonido, aunque si lo amortigua. Espero con impaciencia, en medio del aire tibio y el roce de mis frías hermanas.

La repetición se termina después de lo que parece una eternidad. Aún puedo escuchar, por suerte.

La mujer da instrucciones a los niños y el silencio prevalece causándome alivio. De pronto, volvemos a sacudirnos. Vuelvo a quedar justo en el filo de algo y eso duele… Y entonces, entra un rayo de luz sobre nosotros. Y comienza a hacer frío. Hace tanto frío.

Veo venir la mano de mujer, con anillos y todo. Se acerca, se acerca y… es tibia. Agradable. Aunque el roce de mis hermanas es peor cuando la mano se cierra y uno de esos anillos está realmente frío. Huir es imposible.
Y justo a mí me sujeta con las puntas de dos dedos y me aleja de mis hermanas mientras el aire me azota sin piedad. Sus uñas son filosas y con ellas me lastima, no se con qué objetivo. Insiste en tirar de mi capa protectora… Así voy a quedar vulnerable al polvo y demás mugre… Sin mi capa protectora siento más frío todavía, hasta que se me acerca a una superficie vertical un poco menos fría y bastante liza. La mujer me acaricia con su dedo gordo, y la superficie lisa se me adhiere como lo haría el polvo. No podría desprenderme, pese a que la gravedad sigue tirando de mí, sin lograr acercame a La Tierra…

Veo a algunas de mis hermanas que salieron antes que yo, y a su lado unas letras. Todo en la misma superficie vertical. Y desde ahí podemos ver a los pequeños, incluido el que dice: “¡Ya tengo nueve! Me falta una estrella nada más.” Y rie.

Mientras no pasa nada

Era una noche cualquiera, y no esperaba que nada especial ocurriera bajo las estrellas perfectamente visibles sólo en noches de viento como lo eran todas las noches comunes de Noviembre.

Sí hacía cuentas por ahí, esta noche cualquiera sólo se parecía a otras veintinueve noches de viento, entre cada 365 de cada año. Y sin embargo, era una noche sin gracia, como lo son todas las noches de ciudad en crecimiento, donde apenas empiezan a abrir las primeras discotecas y el único sitio para hacer algunas carreras ilegales es la carretera cercana.

Una noche cualquiera en una ciudad naciente, era una noche para dormir tranquilo.
Y eso hizo. Se fue a la cama a las ocho. Dejó la tele encendida y las luces apagadas. No estaba viendo la tele. Todo lo contrario: dormía, como en cualquier otra noche, viniera o no con viento, porque no esperaba nada.

Y nada pasó. No sonó el teléfono porque nadie tenía noticias para él. Nadie llamó a la puerta, porque sus amigos también dormían temprano.

Despertó como cada mañana y se enteró, por el noticiero local, sobre el accidente de los adolescentes en la entrada de su pequeña ciudad. Al menos no había vuelto a quemarse una de esas nuevas discotecas. Lo que no dijeron en las noticias, fue que nacieron tres niñas casi a la misma hora, en diferentes sitios de la pequeña ciudad, sólo úna en el hospital. No hablaron de la reconciliación de los vecinos, y encubrieron la borrachera del celador del parque. Pero de todo eso él se daría cuenta, a lo largo del día o de la semana. O sí lo llamaba por teléfono alguien esa noche.

Pero eso último él no lo creía muy probable, pues sabía que en esa ciudad nunca pasaba nada por las noches.

El cocinero sensible

Ejercicio Literario #23
Un ataque de nervios

Isabelo Pereira no había tenido vacaciones en once años.
No las necesitaba porque lo único que le llamaba la atención era la cocina, y no había destino turístico en el mundo que le brindara tantos recursos como la mansión del mayor creador de tecnología en el mundo.
Este hombre estaba loco por los circuitos integrados, el cilicio y los mariscos. ¡Sí: mariscos! Pero también le gustaba probar nuevas delicias, y ese era el trabajo de Isabelo, quien se veía a sí mismo como un artista más que como un cocinero.
Un artista que cumplía a cabalidad su trabajo y dedicaba 18 horas al día a buscar una nueva combinación de sabores para su jefe, y reproducir los mejores en las grandes cenas y fiestas exclusivas de los jueves.
Definitivamente eso último no le agradaba, por qué su preciosa cocina se llenaba de gente, y su comida era criticada por ignorantes. Pero cada semana se armaba de paciencia para recibir a los indeseables asistentes y comensales.
Hasta el terrible día en que uno de ellos se robó la sal.
No sabía quién había cometido semejante crimen, ni por qué. Pero el hecho era que, por primera vez en once años, no había sal.
Lo descubrió de la peor manera, cuando los huevos ya estaban en la sartén. Extendió el brazo, abrió la mano y sujetó el salero; lo sacudió, sin mirar, sobre el prospecto de desayuno tradicional, y entonces se dio cuenta del problema.
Buscó las reservas, a toda velocidad porque mientras el buscaba la estufa seguía encendida. No había tiempo de volver a cerrar las puertas y gavetas, o para asegurarse de que todo quedara en su sitio.
No encontró nada.
Haciendo un gran esfuerzo para mantener la calma, buscó en los sitios más insospechados, y pensó en utilizar algo salado en lugar del mineral.
Pero tras sacar todo de los anaqueles, se convenció de que no había nada útil, así que se resignó a caminar hasta la esquina en busca de la sal. Apagó el horno aunque el pan aún no estaba bien tostado, verificó dos veces que tenía la llave, y corrió hacia la pequeña tienda después de cerrar la puerta de la cocina.
El precio de la sal era una broma de mal gusto, pero no le quedó más remedio que comprarla al doble de lo usual después de regatear un rato. Y regresó sobre sus pasos, pensando que ahora sí le hubiera servido un ayudante, para que fuera por la sal. ¡Pero si alguno de esos sujetos se había llevado la sal para empezar! Ya pensaba tonterías.
Entró al calor de la cocina sólo para descubrir el incendio que iniciaba en la sartén, y se apresuró a buscar el extinguidor, maldiciendo constantemente al sistema automático que jamás funcionaba.
Pero los rociadores sí se activaron. Justo cuando el extinguidor había hecho su parte, una lluvia artificial se vino sobre Isabelo.
El hombre suspiró, devastado.
Pero no sirve llorar ni sobre los huevos quemados ni sobre la sal mojada. Así que el cocinero, el artista, llamó al encargado de mantenimiento para que verificara el estado de la estufa y mientras lo dejaba trabajar fue de nuevo a la tienda y compró más sal sobrevaluada.
Tuvo que cocinar en una sartén menos apropiada, usando una estufa pequeña y antigua, pero el desayuno estuvo listo antes de mediodía.
―Tardaste, Pereira ―no fue un reclamo, sólo un comentario.
―Mis disculpas. Hubo… contratiempos.
―Mejor, así con hambre sabe mejor ―comentó el ingeniero y, después de un bocado, agregó:― Ah, pero los huevos están muy salados.
*****
No se presentaron demasiadas personas. Es que Isabelo había reunido muy pocos amigos a lo largo de su vida.
―Pues yo tengo mis dudas de que fuera por eso ―comentaba uno de los pocos asistentes―, mira que salir tan sensible, cuando parecía que tomaba bien la crítica.
―De maravilla, pero imagino que para un chef como él, una queja por algo tan insignificante fue terrible.

Un sábado como cualquier otro

Proyecto de Adictos a la escritura: Cambio de visión
Enero 2011
―Buenos días, ¿depósito o retiro? ―digo, poniendo buena cara en contra de mis deseos. A esta hora del día, me duele la espalda, los pies, y los oídos.

El cliente quiere retirar una suma que supera a mi salario por 15 centavos. Eso me recuerda que no me han pagado, así que soy incapaz de mantener la ridícula sonrisa que se espera de mí.

―Y de ahí pago estos dos recibos. ―agrega el cliente.

No son de mi incumbencia los gastos en electricidad y teléfono de los clientes del banco, pero los veo todo el tiempo. Éste gasta en energía eléctrica lo mismo que la mayoría, y solamente el costo por derecho a línea en el teléfono. Me cortaron el teléfono la semana pasada. Mejor así, mi hija ha estado furiosa, pero la verdad es que pasa demasiado tiempo hablando por teléfono desde que sale con ese muchacho, y no es por nada, pero ¿es que él no puede ser quien pague la llamada?

Para variar, no funciona el sistema de pagos de energía eléctrica. No sé si está caída la red, o si ellos están en reparaciones… También es probable que sea el banco, a veces se olvidan de avisar. No entiendo esos detalles técnicos, ese no es mi trabajo. Le informo al cliente que no hay conexión para este pago, mientras ingreso los datos para el pago del teléfono.

―¡Eso me dijeron ayer! ― grita el cliente, siempre gritan― Ustedes nunca tienen conexión. Son unos inútiles, estaba mejor cuando no tenían los servicios de pagos en el banco, no que ahora hay que aguantarlos hasta para eso.

―Si prefiere puede hacer los pagos directamente en la compañía de energía eléctrica. ―sé perfectamente que estoy siendo grosera y que no debería, pero ¿que culpa tengo yo de que el desastroso sistema esté caído desde ayer?

¡Maldición! Le di enter y me faltaba un dígito. Por suerte el mes pasado arreglaron eso y ahora solo tengo que darle aceptar a todas esas ventanitas y me deja ingresar de nuevo el número.

Mientras el cliente me grita algo sobre el respeto a los demás termino el trámite y cuento su dinero. Me enseñaron a poner cara de paciencia y asentir, pero ¡que demonios!, este día ha sido una pesadilla y este hombre lo que ocupa es entender que la gente no va a lamerle el trasero cada vez que grite. Ni paciencia ni asentimientos para él. No en un Sábado, que es cuando todo el mundo quiere hacer de todo y en sólo seis horas escucho más gritos que en los días completos el resto de la semana.

La gente comienza a murmurar. Sé muy bien lo que dicen, yo también voy al banco ― mi cuenta no está en éste, por supuesto ― y a veces también murmuro. “¡Qué gente más lenta!” “Siempre vengo cuando están los más lerdos” y cosas por el estilo.

Una vez que he contado el dinero, se lo entrego junto con los documentos y lo veo contar. La muchacha que sigue en la fila pone los ojos en blanco y mira su reloj de pulso con impaciencia. El hombre es cuidadoso con su dinero, o espera que yo me haya equivocado… lo más probable es que quiera que yo piense eso último. Pero yo me pongo feliz cuando un cliente obedece al cartel que reza “Cuente su dinero antes de retirarse de la ventanilla”, porque mientras él cuenta, yo descanso de tratar con personas.

Finalmente se va, con la misma cara de enojo con la que llegó, y yo tengo que enfrentar al siguiente.

~~~~~~~~

Al fin. Creí que nunca llegaría a la ventanilla. Como trabajo todo la semana, tengo que venir en sábado. Creo que los sábados emplean a la gente más lerda. La mujer dice algo a lo que no presto atención. Saco mi libreta de ahorros y se la entrego diciéndole que quiero un retiro. Al decir la cantidad en voz alta, todavía estoy preguntándome si eso me ajustará. Hoy en día todo cuesta demasiado.

Casi me olvidé de las cuentas. Busco los recibos y se los entrego, diciéndole que voy a pagarlos del retiro. Así, menos para que me ajuste. En fin.

Se pone a hacer lo que sea que hacen ellos a paso de tortuga, y finalmente me habla. No son buenas noticias, nunca lo son.

― No tenemos red con la compañía de energía eléctrica.

¿Cuando no? Son unos enormes ineptos. ¿Por que nadie más trabaja tan duro como yo? Me acuerdo cuando se pagaba directamente en la compañía. Eso era otro lío, pero uno no se imaginaba que al ser posible pagar desde el banco iba a ser casi lo mismo.

Le explico a la mujer que ayer me dijeron lo mismo. Pero, como siempre, me tocó una cajera pedante y me dice que me vaya a pagar a la compañía si tanto me molesta. Por supuesto, le reclamo su pésima atención, es una irrespetuosa.

― Mire, muchacha, a ustedes es a los que les sirve que uno haga los tramites por aquí. Pero claro, se portan como que es a uno que le hacen el favor solo porque los sábados no abren las oficinas de esos pagos, pero no crea que yo no me acuerdo que a usted le pagan sólo para atenderme, y no se le olvide que le pagan de mi dinero. Ustedes tienen que tratar con amabilidad a los clientes, si de ahí comen, ¿a que sí? Si no le gusta su trabajo, no lo haga, pero no se venga a desquitar con los clientes. Mire, por eso uno mejor se cambia de banco porque ustedes tienen una pésima atención.

Pero, no importa lo que le diga, ellos siempre son así. ¡Ah, pero pónganle un muchachito de ojos verdes enfrente! ¡Ahí si se derriten en atenciones estás mujeres! A uno porque es indio es que lo tratan mal. Como si ella no fuera india también.

¡Hasta que terminó! Me da el dinero, la libreta y los comprobantes. Ahí viene el recibo sin pagar también. Cuento el dinero enfrente de ella. Está gente siempre lo está queriendo estafar a uno, por eso hay que demostrarles que uno está pendiente. ¿Faltan diez…? No, no está completo.

Salgo de ahí de inmediato, aliviado de no verle más esa carota. ¡Lo atrasan a uno y encima ellas ponen la carota! ¡Faltaba más!