En ambas direcciones, como el amor

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

—Me buscaste un remplazo —recrimina, con una mueca de ira deformando su preciosa cara.

Sus manos tiemblan, es evidente cuando deja de usarlas para revolverse el cabello. Las lágrimas ruedan sobre sus mejillas enrojecidas mientras pasea como león enjaulado.

Vuelve a sentarse, sus miradas se cruzan y se levanta de un salto.

—Dijiste que me amabas y que no cambiaría con la distancia —agrega, ahora en voz mas baja, pero mas venenosa—. Esto me dice justo lo contrario.

Esta vez hay respuesta. La voz es tan alta que podría decirse que ya llegaron a los gritos; hay un ligero temblor en algunas de las palabras.

—Lo que dice, es que el lugar que debías ocupar estaba desolado. Cuando te necesité, no encontré a nadie. Tuve que conformarme con quien me quisiera, porque tú me defraudaste.

—¡No te atrevas! —grita, mientras va hacia la puerta.—. ¡Fuiste tú quien me defraudó a mí!

Desaparece de la vista, cerrando de un portazo, dejando a solas a su pareja… A su ex, que ahora entierra la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa.

El silencio vibra entra las paredes hasta que arañan los primeros sollozos.

No es casualidad

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


Uno tras otro los pasajeros bajan del autobús.

La que sujeta a un par de gallinas por las patas para que estas cuelguen tranquilamente con la sangre fluyendo hacía sus cabezas, es doña Ana. Ese niño es el nieto de don Plutarco, uno de los reconocidos, al menos. La mujer del vestido amarillo es María de los Ángeles y ese que viene atrás de ella es el novio que se consiguió en la ciudad. Doña Jimena, José María y sus dos hijos, la hijastra de doña Polita, esa es otra nieta de don Plutarco y ella baja con su mamá, ayudando con las bolsas, este es don José, y no está emparentado ni con José María, ni con MariJose que viene justo después… ¿Y ese quién es?

Después de MariJose y antes de Pedro Pablo, se baja un tipo altote, de pelo rubio blanco, creo que los cuentan como rubios en no sé qué país de gente pálida. Sepa quien vaya a ser, pero con algo de suerte es uno de esos banqueros extranjeros que quieren calmar su conciencia llevándole comida a la gente de los pueblos. Ya, es una estupidez, porque aquí, como la tierra es insolente y el agua es poca, todavía no han venido a quitarnos nada así que todavía podemos comer siempre que tengamos ganas de sacarle maíz a la piedra. Es la única ventaja de ser el único pueblo sin recursos en medio de lo que parece el mismísimo edén de tan productivo que es. No le importamos a nadie, ni para venir a llevarnos las gallinas, ni para tirarnos los huesos al final de la comida.

Pero igual, hay gente aquí que prefiere comer huesos que hacer parir a una tierra muerta. Y están los que de plano no pueden. Así que está bueno que vengan a darles algo. ¿Y si es de esos que se llevan a los niños? Pues ya verán los papás si cuidan a los suyos, ¿no?

En cualquier caso, yo salgo ganando, porque tengo un cuarto vacío allá al fondo del corredor, y es el único cuarto vacío en todo el pueblo. Aquí no hay hospedajes, porque no hay viajeros. La gente casi nunca se va. María de los Ángeles el año pasado. Hace como cuatro años se fueron doce niños, que decían que iban a estudiar y emplearse en la ciudad. Yo misma, cuando tenía la idea de ser actriz y fui a conocer mundo, como dicen. En el fondo, todos supimos siempre que íbamos a volver. Y todo el que se va deja su cuartito bien cerrado o le venden la cama para que la hermana o el sobrino con el que compartía cuarto tenga más espacio. Los muertitos dejan heredero. Así que el único cuarto vacío, es el de mi hijo que no tenía edad para morirse pero igual nos dejó. Ahorita tiene un montón de trebejos, pero de todos modos lo puedo rentar para ganar buena platita cuando -cada tantos años- pasa alguien por el pueblo.

A lo mejor el extranjero no es buena noticia. A lo mejor es seña de que ahora si nos pusieron el ojo. Quizá hallaron petróleo, o algo así. Pero, como conocí mundo, sé que es inevitable, de nada sirve preocuparse, patear o ir llorando por ahí. Hay que ir pasando, acostumbrarse. Los ricos de otras tierras, son como los ricos de por aquí, o como una plaga o una sequía. Hay que aguantarlos porque no podemos cambiarlos. Hay que verles el lado bueno y decir tanto como podamos que son necesarios, que nos dejan algo a cambio, que van a irse y todo va a estar bien. A veces no se van. Las cucarachas, el zancudo ese de patitas rayadas y doña Juana Campos aquí nacieron y no se van a ir, toman vidas -aunque indirectamente- y sólo dan molestias, pero uno se dice cualquier cosa para consolarse.

No se me olvida que el blanquito debe ser así. Y me diré más tarde que sus cosas se le aguantan porque paga un cuartito por dos noches, pero no por eso me tiene gustar. Así que sonrío, le respondo sus preguntas, le sirvo un almuerzo en la única mesa del comedor que mi familia ha tenido por dos generaciones. Pero no le ofrezco la habitación, ya volverá después de recorrer el pueblo buscando un hotel. Y cuando pregunta si tengo un baño para los clientes, le digo que no, que a duras penas si pusimos una mesa con cuatro sillas en nuestra pequeña sala.

—Es que no hay muchos clientes —explico—, sólo de vez en cuando sale algo, cuando una pareja se pelea, por ejemplo, el hombre siempre acaba encargando los tres tiempos… mientras se consigue otra.

El extranjero no se sorprende.

Come sin comentarios, y se interrumpe de nuevo para preguntarme por el Bosque de piedras.

—¿El qué? —de verdad no tengo idea de qué es eso.

—Me dijeron que aquí hay un lugar, una meseta, creo, donde no crece nada y solo se pueden ver piedras, de todas las formas colores y tamaños. Que están organizadas bien bonito, como en ese lugar de las Europas, pero no son gigantes.

Este hombre no suena como un extranjero. No tiene acento, y las palabras que usa son perfectamente normales. No come como banquero, ni siquiera como empleado mal pagado de banco. Vaya cosa.

—Hombre, no sé de que está hablando.

—No, si yo tampoco sé mucho de ese lugar, pero no importa, no importa. ¿Sabe dónde queda la meseta donde solo hay piedras?

—No señor, de eso es de lo que no sé nada. De las piedras alienígenas si oí hablar un par de veces. Pero aquí no hay ni grandes ni chiquitas.

El extranjero guarda silencio, me ve con desconfianza y luego termina su comida para poder marcharse con los bolsillos un poco más ligeros. No se queja del precio, por cierto.

#

Cata me acaba de hacer un guiño. ¿Por qué las niñas son así? ¿Todas coquetas?

Por estar mirándola no me fijo en mi camino y me llevo de encuentro a alguien. Es un hombre todo lleno de harina. Hasta el pelo se le mira blanco. Para eso se ha de ocupar mucha harina. Si yo me echara encima toda esa harina, mi mamá me mataría a chancletazos.

—¡Con cuidado niño! —dice el hombre, alegre—. ¿Te quieres ganar un dinerito?

—Sí, señor. ¿Qué necesita? ¿Qué le lleve su mochila a la casa de doña Nora? —no es de aquí, así que seguro busca posada.

—No, no. Qué me enseñes el Bosque de piedra.

—¿Y eso que es?

—¿No sabes…? Es un lugar árido por aquí cerca, donde hay muchas piedras…

—Señor, eso es todo el pueblo.

—No, no, pero yo me refiero a un lugar donde sólo hay piedras… Espera…

busca en su mochila y saca un libro de esos blanditos… como un almanaque, lo abre y me enseña una foto a color—. Ahí.

No sé dónde queda pero como él hombre me quiere pagar, y como me cae bien porque se echo encima toda esa harina para hacerse chistoso, le ayudo a buscar. Primero vamos a mi casa a preguntarles a mi mamá y a mis tías. Pero nadie sabe donde es eso.

Luego, donde la vecina, que le coquetea a este señor pero no nos dice nada útil.

Don Macario dice que no sabe qué es eso y nos cierra la puerta en la cara, pero claro que luego la vuelve a abrir, porque con este calorcito, quien va a estar a puerta cerrada.

Nos encontramos con Alejo, no mi compañero sino el más grandecito, el que ya va al colegio y que dicen que es su medio hermano pero no se parece. Dice que sabe donde hay una meseta con piedras y nos vamos los tres a andar. Está bien largo, y con este calorcito pronto estamos sudaditos y la harina se le ha de haber corrido al señor que busca las piedras, porque ahora está todo rosadito y sólo el pelo sigue blanco.

—¿Y pa’ que quiere ver piedras, señor? —pregunto.

—Porque hay unas igualitas en mi pueblo.

—¡Ay no se haga! —se burla Alejo—. Usté que va a ser de pueblo, usté es gringo.

—Sí, ya me han dicho eso, pero no, hasta soy más blanco que ellos, ¿saben? Soy de un caserío que se llama el Pedrero, allá en Santa Rita, pero la del este, ¿saben dónde?

No sabemos.

—Pues el caso es que allá la gente siempre me vio raro, por ser así de pálido. Los niños se burlaban y las viejitas me querían exorcizar, así que me fui a la ciudad. No me fui enojado, ni nada, pero estoy muy ocupado y no he vuelto como en seis años. Hace poco, vi en una revista que hay un lugar llamado Bosque de Piedras, que es igualito a ese lugar donde íbamos a traer piedras y buscar tierra blanca. Así que leí la revista, y vi que quedaba acá en un pueblo que se llama igualito que el mío pero que queda en el otro lado del país. Y pensé que eso esta misterioso, y quise venir a conocer. Estuve guardando mis días de vacaciones para ir a mi casa, pero al final me vine a la otra Santa Rita, siguiendo las direcciones que daban en la revista.

—¿Para ver piedras? —pregunta Alejo.

—¡Para ver piedras misteriosas!

El medio hermano de mi compañero me mira. Y yo lo miro. Y supongo que queremos hablar de lo loco que es este hombre. Pero no sería correcto así que sólo seguimos caminando a la meseta.

Esta meseta es todavía de Santa Rita. Para todos lados se ve verde, pero aquí, todo es un pedrero. Y cactus.

No le veo el chiste, la verdad.

—No, no es aquí —dice el turista, apenadísimo.

—¿No?

—No, no. Estas son piedritas comunes. Las que les digo…

—Es cierto, Alejo, estas no son como la foto que me enseñó este señor. Son todas parecidas. En cambio las de la foto son todas diferentes.

—Ah, pues no sé. Esta es la única meseta.

Ni modo, tendremos que ir más largo, a preguntarle a la profesora Molina, que es el que tiene libros y todo eso.

Bajar no me apetece todavía, porque estoy cansado. El turista está que se desmaya, pero tiene prisa. Así que allá vamos. Me raspo las rodillas en una caída, pero esa es cosa normal.

#

Estas no son horas de visita, por eso me preocupa oír que llaman a la puerta.
Es Pedrito, con un joven albino.

—Buenas noches, ¿qué pasa?

—Es un foráneo, profe.

—Mucho gusto, señorita, soy Jaime Mora.
—Un placer, señor Mora.

—Jaime.

—Jaime, entonces. Yo soy Jazmín. ¿Pero, qué hacen aquí? La posada es donde doña Nora.

—Yo le dije —asegura Pedrito, aunque el extranjero pone cara de sorpresa—, pero él dijo que a donde quiere ir es al bosque de peñas.

—De piedra —corrige Jaime—. Es una formación muy curiosa, y estoy ansioso por visitar el lugar.

—¿Bosque de piedra?

—Sí, señorita —responde, animado—. He estado preparando el viaje por meses, desde que vi la revista. Por fin logré que me dieran mis vacaciones y acá estoy.

Lo comprendo todo cuando menciona la revista. Si con razón me sonaba ese nombrecito.

—Lo siento tanto, señ… Jaime. A mí también me confundió el artículo.

—¿Disculpe?

—¿Lo vio en la revista de arqueología que saca el departamento de educación, verdad?

Él asiente, y yo sigo explicando, aunque no es lo que él pidió saber:

—¡Esa gente! Hacen cosas como esa todo el tiempo. Así es con esas instituciones que sólo pretenden justificar sueldos de gente sin verdadera pasión. ¡Copiando artículos y agregándole tonterías para hacerse los originales!

—¿Pero qué pasó con el articulo? No comprendo.

—Pues que tomaron la información de una de esas publicaciones en internet. De un muchacho que viaja de un lado a otro tomando fotos de cosas curiosas. Bajaron las fotos y la información, lo pusieron en su propia revista y agregaron las señas del pueblo, pero se equivocaron de Santa Rita. Por lo visto las fotos las tomaron en el éste.

Pobre hombre, después de ese viaje tan incómodo tendrá que pasar una incómoda noche en el cuartito que renta doña Nora, y luego se regresará a su rutina sin haber conocido el Bosque de Piedras que tanto le había llamado la atención.

Otra de esas parejas sin futuro

Consigna de Adictos a la escritura.
Palabra: Quisicosa

Mientras la mesera se marcha a tomar la orden en la mesa cercana, mi cita se oculta detrás del menú. Mal finge, considerando que ya pedimos un café para cada uno. Exactamente lo que tomamos en la cita anterior.

Ahora que lo pienso, estamos en el mismo lugar… supongo que viene tanto que incluso tiene mesa favorita.

Hay que admitir que Ángel es un muchacho lleno de manías, pero nada demasiado obsesivo. Si el único problema con él es que no puede hablar sin enredarlo a uno con un sin fin de quisicosas y hasta palabras que con toda seguridad no existen. Y no es normal que un muchacho que sabe tantas cosas, destruya tan fácilmente su idioma.

Él tiene muchas cualidades que me gustan.

No es uno de esos sujetos que piensan con la testosterona y hablan con los puños. Nunca lo he visto entrar en cólera y cuando se ve metido en una pelea suele ganar sin dar un sólo golpe. Por cierto que de esas peleas, siempre la causa es que el otro sea un imbécil y lo ataque por nada, y la única ocasión en que lo he visto meterse a pelear, fue defendiéndonos a mi hermano y a mí cuando recién llegábamos y esos vagos habían decidido tomarla en nuestra contra.

Mientras más lo veo, dando vueltas al menú sin más necesidad que la de no verme a los ojos, más me doy cuenta de que ya no interesan los motivos por los que lo amo.

―A ver, ¿cuál es la mala noticia? ―digo, por más que tenga miedo a la respuesta.

Él suspira y deja en paz el menú. Me mira fijamente y puedo notar que le toma trabajo decidirse a hablar.

―No eres tú ―dice con voz muy clara, sin explicarme más.

Quiero decir que no entiendo de que habla, lo cual viene a ser verdad muy a menudo, pero no ahora. Qué él no esté siendo claro, conforme a su costumbre, no significa que yo no sepa de que habla. Siento leves deseos de llorar. Pero debo reponerme y salir de esta como si nada.

―Perdón por dejarte creer que eras tú. Fue tu culpa porque eres maravillosa. Creí que podías serlo, ¿entiendes?

―¿Ah sí? ―no creo que lo entienda― ¿Y ahora que es diferente?

Lo veo fruncir el ceño, pensando para mentir o para comprenderse a sí mismo, no lo sé a ciencia cierta.

―Pues que ya lo… pensé. Y no tenemos futuro ―dice, con voz de culpa mientras desliza su mano izquierda por el borde de la mesa.

No tenemos futuro porque él se está corriendo. Eso pienso, pero no viene al caso que lo diga.

―Supongo que no vas a ser más claro que eso. Nunca lo eres.

Y no me tardo nada en tomar mi bolso y ponerme de pie para marcharme.

Antes de que yo empiece a caminar, él dice una cosa más. La más rara que me ha dicho en lo poco que lo he tratado.

―Es mejor ahora, y no cuando nos hayamos acostumbrado a estar juntos. Es desagradable tener que repartirnos una vida.

Le dedico la última mirada confusa y me voy, sin preguntarme como se siente él que acaba de sonar tan triste.

Fue bueno mientras duró, pero no fue ni un instante…él se enamoró de mí y vio que no teníamos futuro en el transcurso de cuatro días y unas pocas horas. Y pensar que se miraba tan maduro.

Todo porque no firmas con tu nombre

Consiga de Adictos a la escritura
Palabra: Fotografía

A veces, cuando vuelvo del trabajo, siento el absurdo deseo de marcar tu número telefónico para escuchar tu voz.
Si en algo me conoces, sabes que yo no soy capaz de negarle nada a nadie, en particular a mí misma. Pero jamás llamé porqué no tenía idea de cual era tu número de teléfono.

Ahora que lo pienso, no tengo nada tuyo. Por eso es absurdo que me muera de ganas por llamarte y que me informe sobre todos tus movimientos. Yo comencé a creer que estaba enamorada de ti cuando… Bien, lo admito, no puedo recordarlo. Ahora parece que siempre hubieras estado en mi vida.

Albergué tantas esperanzas como pude, manteniendo este “amor” ya que no todos los días consigo sentir algo más que enojo y cansancio. Está sensación de necesitarte, y querer que me necesites, y la emoción ante la sola idea de que quizá… y ahí está el problema. Existen dos palabras que odio: “esperar” y “quizá”. El “no” puede doler, y la palabra “nunca” me hace sentir vacía, sola y perdida. Pero cuando debo renunciar, puedo arrancar esa hoja de la libreta de cosas por hacer, la guardo en un lugar donde esté a salvo pero no a la vista,  me las ingenio para resignarme y me concentro en otra página. El “sí” es una enorme responsabilidad que mil veces me he negado a enfrentar. Son situaciones en las que puedo hacer algo.

Si fuéramos muy diferentes, si tuviera que resignarme, sería fácil. Amarte no es la única manera de aprovechar tu luz.

Si me dijeras que me quieres, me moriría de miedo, pero te querría. Y creo que estaríamos bien.

¡Pero ese “quizá” en tu forma de actuar me volvía loca! Con gusto hubiera aceptado conocer a tus demonios internos si fuese posible curiosear en tu mente para saber si tu “quizá” era un “no” o un “sí”. Pero eso no se puede, así que me deleité en la agonía de ese “quizá”.

Lo hubiera hecho por siempre, pero tomaron esa fotografía en que salimos juntos, y cuando llegó a mis manos descubrí que tenía un número de teléfono al reverso.

Sentí curiosidad; pero fue hasta hoy por la tarde que le sonsaqué a tu hermano que tienes esa obsesión rara de firmar con tu número telefónico en lugar de un nombre.

Cuando llegué del trabajo mi gato estaba dormido, y solamente las ganas de llamarte me recibieron. Nunca me niego aquello que puedo concederme – sería estúpido hacerlo – así que te llamé.

Y sólo estaba la contestadora, en la que tu mensaje es un breve silencio, así que sigo sin oír tu voz. ¿Me llamas cuando llegues, por favor?

Mientras no pasa nada

Era una noche cualquiera, y no esperaba que nada especial ocurriera bajo las estrellas perfectamente visibles sólo en noches de viento como lo eran todas las noches comunes de Noviembre.

Sí hacía cuentas por ahí, esta noche cualquiera sólo se parecía a otras veintinueve noches de viento, entre cada 365 de cada año. Y sin embargo, era una noche sin gracia, como lo son todas las noches de ciudad en crecimiento, donde apenas empiezan a abrir las primeras discotecas y el único sitio para hacer algunas carreras ilegales es la carretera cercana.

Una noche cualquiera en una ciudad naciente, era una noche para dormir tranquilo.
Y eso hizo. Se fue a la cama a las ocho. Dejó la tele encendida y las luces apagadas. No estaba viendo la tele. Todo lo contrario: dormía, como en cualquier otra noche, viniera o no con viento, porque no esperaba nada.

Y nada pasó. No sonó el teléfono porque nadie tenía noticias para él. Nadie llamó a la puerta, porque sus amigos también dormían temprano.

Despertó como cada mañana y se enteró, por el noticiero local, sobre el accidente de los adolescentes en la entrada de su pequeña ciudad. Al menos no había vuelto a quemarse una de esas nuevas discotecas. Lo que no dijeron en las noticias, fue que nacieron tres niñas casi a la misma hora, en diferentes sitios de la pequeña ciudad, sólo úna en el hospital. No hablaron de la reconciliación de los vecinos, y encubrieron la borrachera del celador del parque. Pero de todo eso él se daría cuenta, a lo largo del día o de la semana. O sí lo llamaba por teléfono alguien esa noche.

Pero eso último él no lo creía muy probable, pues sabía que en esa ciudad nunca pasaba nada por las noches.

El cocinero sensible

Ejercicio Literario #23
Un ataque de nervios

Isabelo Pereira no había tenido vacaciones en once años.
No las necesitaba porque lo único que le llamaba la atención era la cocina, y no había destino turístico en el mundo que le brindara tantos recursos como la mansión del mayor creador de tecnología en el mundo.
Este hombre estaba loco por los circuitos integrados, el cilicio y los mariscos. ¡Sí: mariscos! Pero también le gustaba probar nuevas delicias, y ese era el trabajo de Isabelo, quien se veía a sí mismo como un artista más que como un cocinero.
Un artista que cumplía a cabalidad su trabajo y dedicaba 18 horas al día a buscar una nueva combinación de sabores para su jefe, y reproducir los mejores en las grandes cenas y fiestas exclusivas de los jueves.
Definitivamente eso último no le agradaba, por qué su preciosa cocina se llenaba de gente, y su comida era criticada por ignorantes. Pero cada semana se armaba de paciencia para recibir a los indeseables asistentes y comensales.
Hasta el terrible día en que uno de ellos se robó la sal.
No sabía quién había cometido semejante crimen, ni por qué. Pero el hecho era que, por primera vez en once años, no había sal.
Lo descubrió de la peor manera, cuando los huevos ya estaban en la sartén. Extendió el brazo, abrió la mano y sujetó el salero; lo sacudió, sin mirar, sobre el prospecto de desayuno tradicional, y entonces se dio cuenta del problema.
Buscó las reservas, a toda velocidad porque mientras el buscaba la estufa seguía encendida. No había tiempo de volver a cerrar las puertas y gavetas, o para asegurarse de que todo quedara en su sitio.
No encontró nada.
Haciendo un gran esfuerzo para mantener la calma, buscó en los sitios más insospechados, y pensó en utilizar algo salado en lugar del mineral.
Pero tras sacar todo de los anaqueles, se convenció de que no había nada útil, así que se resignó a caminar hasta la esquina en busca de la sal. Apagó el horno aunque el pan aún no estaba bien tostado, verificó dos veces que tenía la llave, y corrió hacia la pequeña tienda después de cerrar la puerta de la cocina.
El precio de la sal era una broma de mal gusto, pero no le quedó más remedio que comprarla al doble de lo usual después de regatear un rato. Y regresó sobre sus pasos, pensando que ahora sí le hubiera servido un ayudante, para que fuera por la sal. ¡Pero si alguno de esos sujetos se había llevado la sal para empezar! Ya pensaba tonterías.
Entró al calor de la cocina sólo para descubrir el incendio que iniciaba en la sartén, y se apresuró a buscar el extinguidor, maldiciendo constantemente al sistema automático que jamás funcionaba.
Pero los rociadores sí se activaron. Justo cuando el extinguidor había hecho su parte, una lluvia artificial se vino sobre Isabelo.
El hombre suspiró, devastado.
Pero no sirve llorar ni sobre los huevos quemados ni sobre la sal mojada. Así que el cocinero, el artista, llamó al encargado de mantenimiento para que verificara el estado de la estufa y mientras lo dejaba trabajar fue de nuevo a la tienda y compró más sal sobrevaluada.
Tuvo que cocinar en una sartén menos apropiada, usando una estufa pequeña y antigua, pero el desayuno estuvo listo antes de mediodía.
―Tardaste, Pereira ―no fue un reclamo, sólo un comentario.
―Mis disculpas. Hubo… contratiempos.
―Mejor, así con hambre sabe mejor ―comentó el ingeniero y, después de un bocado, agregó:― Ah, pero los huevos están muy salados.
*****
No se presentaron demasiadas personas. Es que Isabelo había reunido muy pocos amigos a lo largo de su vida.
―Pues yo tengo mis dudas de que fuera por eso ―comentaba uno de los pocos asistentes―, mira que salir tan sensible, cuando parecía que tomaba bien la crítica.
―De maravilla, pero imagino que para un chef como él, una queja por algo tan insignificante fue terrible.

Última inspección

Taller de escritura “Móntame una escena”

Escena #9: Principio a fin.

Literautas

Indicaciones:

1. El texto se contará con un narrador en primera persona.
2. La primera frase del texto ha de ser: “Me giré al escuchar sus pasos”.
3. El texto terminará con la frase: “cerré los ojos, incapaz de seguir mirando”.

—————-

ÚLTIMA INSPECCIÓN

Me giré al escuchar sus pasos en el recibidor.

―¿Encontró algo? ―dije, con ese tono irónico que alguna vez había sonado poco propio de mí.

―No señor, nada.

¡Dos horas! ¡Dos horas y quizá más para concluir que no había nada en un salón vacío! Para protocolo, era bastante esfuerzo.

Todo había comenzado con la inspección regular de arena. Al parecer, el proveedor había traído grava: el ir y venir de inspectores duró más catorce cientos de horas. Casi me vi en la bancarrota por el exceso de gastos en impresión de papel y transferencia de archivos digitales.

Por supuesto, habían decomisado la arena equivocada y la arena de playa. Luego empezaron las otras preguntas.

Inspeccionaron todos los aspectos posibles. De pronto querían saber sobre la roca para montaña y el humus que teníamos en reserva. ¡Y se atrevieron a reportar el humus como “demasiado antiguo”!

Para examinar todo, se llevaron cada tipo de suelo y durante los siguientes veintitantos cientos tuve que vender “no hay”.

Perdidos los clientes, no se hicieron esperar los proveedores con sus dudas y cobros. Y así se acumularon los problemas, hasta llegar a ese día.

Al menos era la última inspección.

Cuando la mujer se fue con su reporte, yo me quedé esperando al próximo visitante: un posible comprador.

Le di un vistazo más al salón principal, de donde habían retirado las muestras nuestros proveedores. Ya no había en él suelos que pudieran presentar defectos. Tampoco había nada que vender, más que el propio salón vacío. Abatido ante la oleada de recuerdos cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

Alas de harina

Lo que pasó fue que cerré los ojos
lo que no debí hacer fue suspirar.
Y cuando me engañaste,
fui yo quien se engañó;
pero, tuya la culpa,
mío sólo el error.
Si tú hubieses tardado unos minutos,
no existirían ahora,
ni pena ni poema;
yo sólo pensaría en lo demás.
Lo demás.
Malo también,
pero ajeno, aunque no deba serlo.
Triste como tu voz,
y todo lo cercano que no eres.
Todo lo que es verdad
es la misma desgracia,
y ahora, para evadirme,
regresaré a mis libros,
donde al dolor no lo releva más dolor,
y las buenas acciones son en sí mismas premio.
Donde el honor vale más que el dinero
y la voluntad no debe
doblegarse por hambre.
Donde si fueras tú,
sabrías que soy yo.
Donde nada es verdad,
pero algo sale bien.