Mundos que se terminan

Proyecto de Adictos a la escritura: El fin del mundo frustrado.
diciembre 2012

Marcela y Julius tenían una vieja apuesta. En el 99, cuando recién se conocían, Julius esperaba que la vida en la tierra llegara a su fin junto con el año. Ella dijo que era cosa de lo mal que fuera el mundo y no de fechas previstas.

El 12 de julio del año 2000, seguían con vida, pero él estaba convencido con la nueva teoría de que el milenio no acababa todavía y tomaba aquel año extra como una segunda oportunidad. Vivía como si estuviera obligado a alcanzar todos los límites. Esa fue una de las razones por las que le declaró su amor a Marcela en aquella fecha.

Su romance resultó ser caótico. No estaban listos para ese tipo de relación. Pero ella decidió mantenerla porque le gustaba la forma en que él ponía todo de su parte. Y él decidió seguir invirtiendo esfuerzos en ella porque no quería lamentarse de haber perdido el amor mientras el mundo se terminaba.

Un año después, tenían una relación más calmada y feliz, en este mundo en el que todavía no se acababa la vida.

Y así siguieron. Todo cambiaba pero la apuesta y el amor seguían uniéndolos.

Los mayas prometían otro final. Julius volvió a poner sus cosas en orden. Perdonó algún amigo traidor, se dio un gusto que había postergado por años, volvió a jurarle amor a quien ahora era su esposa.

La diferencia era que, ahora, ella también creía. A sus ojos, la humanidad estaba lo bastante mal. Aquel planeta herido tendría que seguir sin ellos. Cosas peores habían pasado en la historia de la especie que se llama a sí misma inteligente, pero estas eran las que ella conocía, así que le parecían lo más tremendo.

No estaba interesada en hacer las paces con nadie ni resolver pendientes. El que se acabara el mundo le restaba importancia a lo que antes era de vida o muerte. ¿Para que quería estar en paz con su padre si ya no lo vería más? ¿Qué importaba si por fin terminaba ese collage que había desatendido los meses anteriores, si pronto sería destruido por la naturaleza que recuperaría su espacio?

Lo que sí aceptó, fue la invitación de Julius a una de las fiestas que habían organizado en la ciudad para esperar el gran final.

Para cuando se cansaron, habían bebido de más. Pero tenían lucidez suficiente para recordar que no debían conducir. Caminaron porque sólo eran unas pocas cuadras y no había transporte a esa hora. De todas formas eran sólo un par de cuadras.

No conducir ebrios fue lo más responsable; pero tal vez no fue lo mejor.

A media cuadra de casa, el camino de dos se cruzó con el de alguien menos responsable que conducía sin permiso el convertible de su padre.
El 22 de diciembre llegó como si nada. Había vida en la tierra. Pero Julius no lo veía de ese modo. Por un tiempo el mundo se vería muerto y él vestiría de negro y sufriría insomnio.

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