De incógnito

Una palabra o dos eran el único pasaporte que necesitaba. Dicen que el dinero te abre puertas, que los libros te llevan a dónde quieras. Pero Heivden sólo necesitaba preguntas. Sí podía formular la interrogante correcta, podía obtener cualquier dirección, cualquier contraseña… cualquier “palabra mágica”.

Así las llamaba su hermano: palabras mágicas. No eran para cualquiera.

A Ichabod se le hacía difícil, pero Heivden había heredado el don de su madre, aunque hasta hace unas horas no tenía idea. Ahora que había viajado de un mundo a otro con sólo un par de palabras, había infinitos viajes en el horizonte.

―¡Mira! ¿Cómo me queda éste? ―preguntó Ichabod; por supuesto que lo había traído también. Ni por error hubiera ido a ningún lado sin su hermano.

Miró el sombrero que su hermano se estaba probando. Sí hubiera podido, Heivden hubiera ocultado su opinión al respecto.

―¡Ouch! ―Ichabod fingió estar dolido aunque su mellizo no había pronunciado palabra―. Eso no es cierto, ya verás que encuentro uno que sí me queda bien.

―¡Lo que daría por poder decirte de una vez que te ves bien! ―dijo Heivden, mientras seguía a su hermano a través del laberinto de estantes mal organizados en un espacio reducido.

―De acuerdo, de ahora en adelante no voy a espiar. ¡Éste! ―Ichabod se embutió otro sombrero en la cabeza. Este lo hacía ver como un bote de salsa.

Heivden negó con la cabeza.

―¿Y aquel? Pásame ese… el azul ―cuando se hubo acomodado la extravagante gorra azul, extendió sus manos como para mostrar lo bien que ahora se veía.

―Ahora sí ―dijo el mellizo de cabello oscuro, con un asentimiento aprobatorio―. Ese eres tú.

―Bueno, haré lo posible por no tomar eso como un insulto. ¿Que tal el anaranjado?

―¡No te dejaré caminar por ahí con…! Espera, ¿no habías dicho que no espiarías?

―No lo hice.

―¿Y entonces como supiste que pienso que esa gorra te queda horrible?

―Eres muy mal mentiroso.

No lo era. Ambos eran razonablemente hábiles en el engaño. Pero también se conocían demasiado bien como para burlar al otro.

―Llévate éste.

―¿Por qué me dices que me compre un sombrero que me hará ver como un niño paranoico?

―¡Ahora sí estás espiando!

―Claro, no tiene caso evitarlo. Al parecer de cualquier forma sé lo que piensas ―dijo Ichabod y, como lo sabía, no había ninguna necesidad de que su hermano dijera en voz alta que era mejor ese sombrero que ningún sombrero, si querían sobrevivir el tiempo suficiente en aquella… ciudad.

Veintitrés horas y dieciocho minutos, eso era lo que faltaba para que los escudos de la región se abrieran. Hasta entonces, los viajes mágicos eran imposibles. Mientras tanto, ocultar el cabello color cobre de Ichabod era de vida o muerte. Los extranjeros no eran bienvenidos, en especial los que venían de cierto mundo en dónde todos tenían el cabello color cobre.

Viniendo de una familia extremadamente multiracial, sólo uno de los mellizos había heredado esa característica, así que sólo necesitaban un sombrero. Aún así, no podían pagarlo.

No tenían dinero que dejar en el mostrador cuando salieron, sin quitar el letrero de cerrado, así que Heivden usó su recién descubierta habilidad para dejar un clon exacto del sombrero que se llevaban. Repitió una disculpa hacía el encargado inconsciente, y se aseguró de cubrir cada hebra de cabello en la cabeza de su hermano.

―No entiendo porque puedes hacer sombreros y viajar a donde quieras, pero no puedes hacer que mi pelo se vea igual que el tuyo ―apuntó Ichabod.

―Oh.

―¿”Oh”, qué?

―Es que… sí hay una palabra mágica para eso, pero no se me había ocurrido preguntar.

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La moda está por cambiar

El último barco en quedar atrapado por el hielo, vibró de proa a popa. A nadie le importó demasiado. Unos asumieron que era por la música estridente, otros ya estaban acostumbrándose a que todo diera vueltas después del enésimo brindis.

La mayoría de los que festejaban la Navidad en el crucero ya se habían hecho a la idea de que no llegarían flotando a ningún puerto.

Natalia miró con ternura la sandalia con decoraciones plateadas y la puso en la caja con su duplicado opuesto. No había lugar para su calzado favorito en la nueva era de hielo.