Remordimiento

Proyecto de Adictos a la escritura: Los dos mundos.
Octubre 2012

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No.

Mi primera acción de aquel día fue un prolongado bostezo.
Luego noté que tenía el estómago revuelto, y no pude hacer nada para calmarlo.

El desayuno me sentó muy mal, pero seguía segura de que no estaba enferma, sinó angustiada. No tenía idea de que podía estar angustiándome, en todo caso.

Hasta que Pedrito, con la boca llena de su cereal favorito, me hizo una petición:

—Papá sale tadde de el trabajo, ¿tú no puedes llevadme a pedid dulces en la noche?

Mi mamá le dedicó una mirada recriminadora a mi pequeño hermano, pues todos sabían que yo no quería oír una palabra sobre aquella “celebración”.

—Es muy peligroso ahí afuera en las noches —dije, de golpe, y luego razoné—. De todas formas, aquí no se hace eso.

—Lo hacen en la tele.

—Porque esas carícaturas que mirás son de otros países —tan cierto que mi hermanito incluso hablaba con un acento extranjero que me hacía preguntarme si yo también hablaba como la gente de las telenovelas.

Se cruzó de brazos con su mirada de decepción, quizá con la esperanza de que mi opinión cambiara. Yo lo lamenté mucho, pues tengo debilidad por complacerlo, pero… no hubiera podido aunque todos los vecinos tuvieran dulces para entregarle a niños desconocidos.

Tampoco me sentía capaz de ir a clases, pero fui valiente y arrastré mis pies hasta la parada del autobús privado de la universidad. No me enteré de nada en el trayecto, ni cuando llegué como zombie a la clase de cálculo, en donde no puse atención para nada.

Pensaba.

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No. Ya sabes que no me gustan las supuestas festividades. Menos las de otros países.

No podía hacer otra cosa más que pensar en mis culpas. Y al menos estaba asistiendo a mis clases, ¿no?

Pero no pude entrar a la primera clase que debía recibir en mi facultad. Porque ahí estaba ese altar. Era hermoso. La fotografía era la mejor de todas, y tenían fragmentos de sus libros favoritos, muchas rocas que hubieran quedado perfectas en su colección…

Sólo podía ser hermoso: porque tenía que ver con él. Incluso yo me había vuelto hermosa cuando él puso sus ojos en mí. Él decía que simplemente sabía reconocer la belleza. Me llevaba a todas esos sitios en donde yo no había estado porque me sentía insignificante. Claro, lo de la dichosa fiesta había sido distinto. Bien se lo había explicado yo: simplemente no me gustaban las fechas impuestas por otros: las “festividades”.

“Pero no es por la festividad, es por el baile”, había insistido él, muy convincente.

Yo no podía seguir soportando esos recuerdos. Había sido más que tomar la decisión equivocada….

Huí de la facultad; de la universidad.

Conforme pasaban las horas, había cada vez más gente disfrutando del dichoso “día de brujas”. Nunca, en toda mi infancia, yo había visto que eso se festejara. Ahora me recordaría siempre mi estúpida decisión:

—¿Vamos a la fiesta de Halloween?

—No. Ya sabes que no me gustan las supuestas festividades. Menos las de otros países.

—Pero no es por la festividad, es por el baile. ¡Dí que sí! Mira: sólo tú, yo, y varios cientos de personas, bailando bajo una excusa común.

—¿Por favor?

—…

—¿Por mí?

¿Cómo decirle que no?

Y todo a mi alrededor me lo recordaba: las fachadas, los disfraces…

En mi afán de alejarme de todo eso, me interné en un callejón solitario, al que la noche había entrado anticipadamente debido a la sombra de los edificios.

Me senté en un rincón y lo lloré por primera vez.

—Mi vida, vuelve a casa antes de que se ponga peligroso.

La voz me causó un profundo dolor y una dicha más intensa todavía.

—¿Gatito? —murmuré, alzando la cabeza con la esperanza de haber enloquecido.

—Ya me parecia que llorabas —dijo, y se acercó para secar mis lágrimas—. Espero que no sea por mi culpa.

—Es que… yo… Hoy es…. —entre mi sorpresa y mis sollozos, no dije nada claro.

—Entonces si es por mí. No lo hagas. Yo estoy bien, a decir verdad. Y por lo que pasó esa noche… fue mi culpa. Sí hubieras dicho que sí, te habrían lastimado a ti también. Al menos hay uno de nosotros para cumplir todos esos sueños. La carrera, los viajes… Los harás hasta que sea hora de alcanzarme, ¿verdad?

El año a anterior, cerca de esa hora, él me había pedido algo más sencillo y yo me había negado. Pero no esta vez.

—Entonces —concluyó él, cuando dije que sí—, ve a casa antes de que oscurezca, sólo para que no me preocupe, ¿está bien?

—Gatito… ¿estoy alucinándote?

—No. Parece que tenemos una especie de permiso en un par de días. No es que los vivos hagan mucho caso a eso en estas épocas, al menos no por aquí. El caso es que… pensé que hoy me necesitarías más.

Claro que lo sabía, pues me conocía bien. Por eso lo amé tanto.

Anuncios