En ambas direcciones, como el amor

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

—Me buscaste un remplazo —recrimina, con una mueca de ira deformando su preciosa cara.

Sus manos tiemblan, es evidente cuando deja de usarlas para revolverse el cabello. Las lágrimas ruedan sobre sus mejillas enrojecidas mientras pasea como león enjaulado.

Vuelve a sentarse, sus miradas se cruzan y se levanta de un salto.

—Dijiste que me amabas y que no cambiaría con la distancia —agrega, ahora en voz mas baja, pero mas venenosa—. Esto me dice justo lo contrario.

Esta vez hay respuesta. La voz es tan alta que podría decirse que ya llegaron a los gritos; hay un ligero temblor en algunas de las palabras.

—Lo que dice, es que el lugar que debías ocupar estaba desolado. Cuando te necesité, no encontré a nadie. Tuve que conformarme con quien me quisiera, porque tú me defraudaste.

—¡No te atrevas! —grita, mientras va hacia la puerta.—. ¡Fuiste tú quien me defraudó a mí!

Desaparece de la vista, cerrando de un portazo, dejando a solas a su pareja… A su ex, que ahora entierra la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa.

El silencio vibra entra las paredes hasta que arañan los primeros sollozos.

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Reglas

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El abogado está obsesionado con la limpieza. No le gusta limpiar ni cree que semejante tarea corresponda a alguien de su posición. Pero se encarga porque no lo hace nadie más y él no puede soportar la suciedad.
Así ha sido siempre, así seguirá. Y así era cuando encontró la lámpara de aceite que tras una frotada quedo brillante y dejo salir a un genio, se aclaró la garganta y se echó ese discurso que ya todos nos conocemos, con lo de los tres deseos y las normas.
El abogado se apresuró a pedir que su abuelo se mudara a vivir con él. Lo había querido mucho desde su más tierna infancia, y justo le habían informado sobre su muerte, pocas horas atrás.

—Sé que parece muy oportuno que me encontraras justo cuando enfrentas esa pérdida, pero recuerda que no puedo resucitar a los muertos.

El abogado lo llevó a las oficinas pertinentes para demostrarle que no había ningún registro en ningún lado de que el abuelo ausente hubiera muerto, y después de unos mese de litigio, se dictaminó que el deseo debía concederse.

El genio se sentía insultado, pero la ley era la ley y cumplió.

Pronto, ese reanimado caballero recomendó a su nieto que se casara para no estar solo en la vejez, y el abogado pidió una esposa práctica, inteligente y educada.

—No se puede. La tercera regla es que no influimos en el amor.

—No he dicho nada de amor, no necesito semejante cosa porque es muy inconstante y demandante.

Y así obtuvo una esposa el abogado. Pero con todo y su falta de sentimentalismo, el hombre práctico era justo lo que ella buscaba y pronto se vio enamorada y vivieron muy felices durante dos días.

Pudo ser mucho más, pero todos murieron a causa del último deseo del abogado.

Con cada ser humano enterrado, los genios se aburrían, y uno le preguntó porque -y cómo- había cumplido un deseo que eliminara a tantos.

—Su deseo era válido, no era contra ninguna regla, así que podía cumplirlo.

—¿Pues que pidió?

—Que todo esté limpio todo el tiempo.

Lenguaje

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Lo segundo que mis ojos somnolientos consiguen enfocar es una carpa, no muy lejos de el sitio oscuro en que desperté hace un segundo.
Una vez más intento pedir ayuda, pero mi clamor se pierde entre la interminable mezcla de música, voces, risas… ¡Todas esas personas desprevenidas! Incluso traen niños y cometen la imprudencia de soltar sus pequeñas manos y dejarlos correr en este peligroso sitio.
Creen que el circo es divertido, y sí estas en el sitio correcto, supongo que lo es. Pero no por ello es seguro.

—¡Vete! ¡No estás a salvo! —intento advertirle al niño que se me queda mirando.

Por un segundo, la preocupación en su rostro me dice que lme entiende, que está bien que llore y que llame a su mamá, porque eso significa que se irá antes de que le ocurra algo terrible. Pero no. Lo asustó mi voz, que no puede comprender.

—¡Huyan! —insisto, desesperado—. ¡Antes de que los encierren, loa azoten y les prendan fuego!

Pero no tiene caso. No entienden mi lenguaje.

Un día, cuando haya olvidado lo que fui, tampoco voy a poder entenderlos.

Minientrada

Es sencillo, en verdad,
iniciar una guerra.

Desecha la opinión de tu interlocutor,
ignora su dolor,
y te estarás buscando una pelea.

Demanda sin saber si el otro puede
o niega sin pensar más que en ti mismo;
¿lo tienes?
Pues, perfecto, también tienes un pleito.

Ve la paja en el ojo de tu hermano
y niega la existencia de una viga en el tuyo
para que las discusiones no terminen.

Como dije, es sencillo,
empezar un conflicto.

Por la luz, por la noche;
en nombre de la paz.
Basta con decir “yo”
una vez y otra más,
y pensar en ganar

en lugar de entender.


 

Ejercicio: Receta para una discusión

La mejor defensa

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Érase una vez, un ratoncito que vivía feliz en el campo, rodeado de casas habitadas por personas ocupadas pero con más comida de la que podían consumir. Eran personas que odiaban a las alimañas y no se medían a la hora de comprar trampas, pero el pequeño roedor no se preocupaba, porque no había trampas en el basurero exterior, donde él tomaba sus banquetes en silencio.
Un día desafortunado, llegó un nuevo vecino a la región, un gato rayado de andar elegante, voz dulce y muy corta edad. El minino había hecho un viaje bastante largo y tenía hambre, así que persiguió al ratoncillo desde que llegó.

Después de huir y ocultarse por dos días, el perseguido decidió que debía deshacerse de aquella amenaza, así que lo tentó a perseguirlo y lo guió hasta las casas, con sus jardines llenos de trampas y, en ese día de la semana, de personas.

No ocurrió ninguna de las tragedias que él había decidido cargar en su conciencia, pero el gato perdió interés en su víctima después de un rato de que los niños acariciaran sus orejas y le ofrecieran golosinas.

El nuevo vecino jamás se marchó, pero sus amigos humanos le daban tanta comida, que el ratoncito no tuvo que volver a preocuparse por la posibilidad de convertirse en la cena.

 

Moraleja: a menudo olvidamos que nuestros supuestos enemigos pueden cambiar su actitud una vez que tienen la panza llena y un poco de cariño.

Distante

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Es medianoche. Melinda quiere bailar un vals y su ignoto hermano gemelo le ofrece la mano como invitación.

—¿Debería tener miedo? —pregunta la adolescente, mientras asumen la posición inicial.

—Hay un par de posibilidades bastante aterradoras —responde él, y hoy su voz es grave por primera vez—, pero no ganas nada con asustarte en éste momento.

—Sin miedo, entonces.

La música es la voz distante de personas ocupadas y un constante bip bip bip, que a veces pierde el ritmo. Pero es un vals perfecto para ellos.

—¿Puedes decidir eso, Mels? —la curiosidad de su hermano es auténtica.

—Aquí sí. ¿Tú no?

Sus rizos negros se sacuden cuando él niega con la cabeza.

—Yo estoy muy asustado ahora.

La luz es brillante pero no ayuda a ver bien, sólo opaca las estrellas. Es imposible definir de donde proviene y cuál es su propósito.

—¿Y tú por qué?

—Si todo sale como ellos quieren, no vendrás más por aquí.

El bip se acelera y desaparece antes de regresar con mejor ritmo.

—Vendré, tarde o temprano. O me quedaré.

—Que no te asuste. Cuando tengas la experiencia completa te gustara. Preocúpate de que hagan algo tonto y no puedas sentir los dedos ni quedarte aquí.

—Lo sé. Y a veces pienso en quedarme. Pero, nuestra familia…

—Todo a su tiempo, hermanita.

Las luces se apagan.

—Oh… Buena  suerte allá…

Apenas puede oír esa última palabra y lo demás llega como un susurro demasiado lejano como para entenderlo, pero aún puede sentir las manos de su hermano sujetando las de ella,

—Gracias, hermanito… Volveré de un modo u otro. Y… Lamento lo del cordón umbilical.

Quizá no alcanzó a oírla, ahora él ha desaparecido, desaparece todo… Oh, sí hay una luz, y personas con batas…

—Algo está mal..

—Está despierta.

Las personas en batas intercambian frases y alguien resuelve el problema que había surgido con la anestesia.

 

Última y primera

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No hay nada de inocente en el timbrar de un teléfono público.

No cuando él teléfono en cuestión está casi completamente solo; no con todas esas historias de terror.

Pero Helena se acerca de todas formas, porque el sonido no cesa y quizá alguien del otro lado necesita que le expliquen que es el número equivocado o que se fue la persona a la que busca.

Levanta el auricular, abre la boca para explicar, y se queda de piedra cuando una voz esperanzada al otro lado de la linea busca verificar:

—¿Helena Ramos?

—Este es un teléfono público… —Intenta evadir la pregunta, quien sea esa persona ella no lo conoce.

—Lo sé. Pero… ¿Eres Helena, en enero del 2001? O, quizá… ¿Preguntas a la gente? Revisé los cálculos un millón de veces, debe estar ahí ahora…

No supo más. Que la vigilara un extraño daba miedo, y ella no jugaría ese juego, así que colgó y siguió con su camino… directo al cruce donde un camioncito repartidor de golosinas no vio ni la luz roja ni a la mujer que aprovechaba su turno de pasar.

Fue la última llamada para ella.

Era la primera para el operador de Cambiando Pasados S.A., que nunca olvidaría aquel fracaso inicial.

Rencor

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Algo no estaba bien con la ventana del navegador. Si la minimizaba, todo iba bien, pero mientras estaba activa, había una franja de colores chispeantes en un punto o en otro. No era la primera vez y no se le ocurría como podía ser posible que el único problema fuera el navegador.

Ya no sabía a quien debía preguntarle. “El muchacho ese, el técnico”, recomendarían sus compañeros y su jefe. Y ahora que tenía que admitir que esa era la única opción…. Decidió resignarse al arcoiris aleatorio que se interponía entre él y su información.

No es que odiara al muchacho, ni le intimidaba la excesiva amabilidad con que siempre lo trataba. Sólo…. No le gustaba la situación, siempre sentía que estaba atado de manos.

Era insoportable no poder insultarlo con una mirada despectiva sin sentirse culpable.

Ni hablar de literalmente insultarlo con el apellido equivocado.

El maldito tipo era todo miradas tristes y falsos “No, no te preocupes”; ¡Ni siquiera se disgustaba con él! Y, ¿cono había pasado eso? ¿Desde cuando era el malo? ¡Si había sido el otro el que había dejado caer su taza de la suerte directo a un fatal desenlace!

Del otro lado de la cerca

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Siempre es soleado del otro lado de la cerca.
Tibio y lleno de luz.

Ellos salen cada mañana a regar el jardín o tomar el sol. Llevan ropa muy fresca pero siempre parecen estar acalorados.

Juegan fuera y terminan jadeando. Algunos se sacan sus camisetas empapadas en sudor a la mitad de un encuentro deportivo o mientras asan carne al aire libre. Tienen una piscina y muchos visitantes.

Sus nubes son algodón disperso en un cielo brillante y la noche cae relativamente tarde, para dar lugar a las fiestas y los fuegos artificiales.

A veces me entretengo observando sus actividades de exterior. Incluso he descubierto que algunas podrían divertirme. Y nada impide que tome busque ropa de verano en mi armario, que abra la puerta del frente y mi paraguas, y que cruce a saltitos mi jardín y sus charcas, hasta llegar a la calle principal, rodear su cerca y unirme a su mundo soleado.

Lo hice un par de veces, y las disfruté, claro. Pero no me quedé. Siempre vuelvo a mi chubasco sempiterno y dejo que las nubes grises me cobijen. Es que me gusta el sol, pero no tanto como el olor de la tierra mojada, el canto de la lluvia y una tarde muy fresca, aunque sea un poco oscura.

Nostalgia

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El mundo cambia a diario. Las tecnologías complican una actividad para simplificar otra; los gobiernos caen y las sociedades evolucionan.
Pero, al pie de la montaña Flaviado y en lo lindes del río Escarpado, existe una pequeña villa que no había cambiado desde el día en que sus veintiséis fundadores hicieron las primeras casitas que aún hoy se alzan sobre sus columnas parcialmente sumergidas.
En aquel entonces, las columnas permanecían secas en verano y prácticamente desaparecían cuando crecía el rio. Pero en aquel entonces el Escarpado tenía otro nombre y era más caprichoso.
Fue el cambio del rio lo que cambió las actividades de la aldea.
Después de lo que parecía una eternidad de pescar para subsistir, ahora todos se dedican a vender piedra y cosechar arroz. Solo el anciano aquel, con su atarraya, sigue intentando sacar peces del muerto caudal del que fuera el rio Maxo.
A pesar de los cambios en sus tareas, y de que tuvieron que hacer nuevas herramientas y desarrollar nuevas destrezas, estas personas siguen teniendo los mismos valores de siempre, y mantienen sus vidas sencillas y sus conversaciones animadas. Sus tradiciones permanecen aunque las comidas y el calendario han cambiado de forma radical.
En cambio, el último pescador nunca volvió a cenar a la mesa con sus hermanos. No participa del festival. No es el que antes era. A pesar de lo mucho que se esfuerza por seguir en aquellos días de antes, cuando volvía a casa muy alegre con Raúl, Miranda y Javier, más temprano que cualquiera del pueblo. Siempre fueron los primeros en levantarse para ir de pesca.
Hoy, es sólo él, haciendo lo imposible por seguir en donde siempre estuvo y ser quien siempre fue. Una vez cambio sus hábitos. Una sola vez se fue con los vecinos en lugar de acompañar a sus hermanos.
Se despertó, igual que todos, demasiado temprano. Por un segundo no supo que era lo que pasaba. Todavía estaba oscuro. Pero había un sonido muy extraño retumbando por el valle. Sintió curiosidad, como muchos otros. Pero sabía que debía levantarse muy pronto, así que se reacomodó en su cama y volvió a dormir, solo para despertar después, cuando el estruendo se volvió más fuerte.
Decidieron levantarse de una vez, si de todas formas no podrían descansar.
El estruendo venía del río, pero sólo uno de los cuatro hermanos decidió que era mejor ir rio arriba, investigar un poco, a pesar de que los peces desbordaban las redes.
Él se fue, se reunió con otros curiosos, se dejó arrastrar por ellos cuando llegó el momento de correr o morir.
Sus hermanos fueron sepultados por la corriente de roca.
Su cordura se hundió en la culpa y la nostalgia.
Ahora lanza una atarraya entre las piedras que ocuparon el antiguo cauce del rio, mientras el mundo avanza sin explicaciones hacia su gloria o hacia su destrucción.
La villa, en cambio, mantiene la paz mental adaptándose a las actividades pero no a los principios de un planeta que gira.