Preguntas sin pronunciar

Nunca entendió por que alguien querría un tatuaje. Una marca permanente que además del dolor físico del primer día, amenazaba con causar dolor emocional en cualquier momento.

El nombre de su “verdadero y único amor” se burlaría de ellos cada maldito día después del inevitable rompimiento. El logo de su banda favorita los haría preguntarse a dónde había ido esa persona prometedora que habían sido de jóvenes.

¿Qué los grabados en la piel habían sido usados para deshumanizar a las personas? ¿Para clasificarlas? No le quedaba claro como funcionaban los rebeldes modernos, tan desesperados por ser independientes y únicos y originales, como por ser catalogados y marcados para siempre como elementos sin nombre.

Por supuesto que había tatuajes muy bonitos, verdaderas obras de arte. Pero ¿cómo sabían cuál era el mas hermoso? Podrían cubrir cada centímetro de piel y aún así se toparían tarde o temprano con el horror de que la pieza perfecta para ellos aparecía demasiado tarde.

Muchas imágenes bellas se convertían en adefesios en las manos equivocadas o por causa de las arrugas y los kilos que se les unían con el paso de los años. El cuerpo humano era un lienzo muy difícil de mantener.

De verdad, ¿por qué seguían viniendo, con sus desafíos, sus amores, sus recuerdos y sus gustos más dulces o retorcidos? No se los preguntaba, porque le preocupaba que se dieran cuenta de que no había respuesta.¡Amaba los tatuajes con locura! Desde la idea hasta el resultado final, especialmente cada segundo que pasaba haciéndolos. ¿Que sería de ella si los lienzos dejaban de quererlos?

Mejor recibía su bendición sin preguntas y atendía otro cliente.

 

Inspirado por el Write on Wednesday de enero 17.

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Luces, susurros y tiza

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

La primera vez que removió la puerta, fue con un trapo húmedo en las manos y mucha rabia alojándose en su pecho. Creía que era un juego de los niños de la zona, y por un tiempo se limitó a enojarse cada vez que tenía que limpiar. Pero había un pequeño detalle que le molestaba y no estaba muy seguro de qué era, hasta que decidió que voigilaría a la hora en que pasaban los chiquillos. Ahí se acordó: en esa colonia no habían niños de menos de quince años.
¿Y si en lugar de niños eran pandilleros los que pintaban una puerta de tableros en su pared frontal casi todas las semanas? No había pandillas ahí, no todavía. Pero nunca se sabe. Era un asunto preocupante, urgía borrar aquel graffitti cada vez que aparecía.
Su vecina dijo que no había visto nada, que seguramente era cosa de espíritus, o peor, algún vecino que intentaba algún ritual. Según ella no podía salir de eso nada bueno, pero a él le preocupaban mas los pandilleros.
Sin embargo, a todo se acostumbra el cuerpo, y el pobre hombre tuvo que hacerse a la idea. Una tarde, dejó la dichosa puerta justo ahí, donde alguna mano física o metafísica la había pintado.
Esa misma noche, una figura alta, delgada, con dedos de más en una mano y de menos en la otra, se detuvo frente a la puerta. Extendió una mano con cinco dedos exactos, giró el picaporte, y abrió la puerta hacia afuera.
Nadie volvió a saber del hombre que vivía en la casa de la puerta dibujada con tiza, aunque su vecina hablaría con psicólogos, sacerdotes y curanderas, sobre luces extrañas y una conversación entre susurros.