Última y primera

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

No hay nada de inocente en el timbrar de un teléfono público.

No cuando él teléfono en cuestión está casi completamente solo; no con todas esas historias de terror.

Pero Helena se acerca de todas formas, porque el sonido no cesa y quizá alguien del otro lado necesita que le expliquen que es el número equivocado o que se fue la persona a la que busca.

Levanta el auricular, abre la boca para explicar, y se queda de piedra cuando una voz esperanzada al otro lado de la linea busca verificar:

—¿Helena Ramos?

—Este es un teléfono público… —Intenta evadir la pregunta, quien sea esa persona ella no lo conoce.

—Lo sé. Pero… ¿Eres Helena, en enero del 2001? O, quizá… ¿Preguntas a la gente? Revisé los cálculos un millón de veces, debe estar ahí ahora…

No supo más. Que la vigilara un extraño daba miedo, y ella no jugaría ese juego, así que colgó y siguió con su camino… directo al cruce donde un camioncito repartidor de golosinas no vio ni la luz roja ni a la mujer que aprovechaba su turno de pasar.

Fue la última llamada para ella.

Era la primera para el operador de Cambiando Pasados S.A., que nunca olvidaría aquel fracaso inicial.

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Nostalgia

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


El mundo cambia a diario. Las tecnologías complican una actividad para simplificar otra; los gobiernos caen y las sociedades evolucionan.
Pero, al pie de la montaña Flaviado y en lo lindes del río Escarpado, existe una pequeña villa que no había cambiado desde el día en que sus veintiséis fundadores hicieron las primeras casitas que aún hoy se alzan sobre sus columnas parcialmente sumergidas.
En aquel entonces, las columnas permanecían secas en verano y prácticamente desaparecían cuando crecía el rio. Pero en aquel entonces el Escarpado tenía otro nombre y era más caprichoso.
Fue el cambio del rio lo que cambió las actividades de la aldea.
Después de lo que parecía una eternidad de pescar para subsistir, ahora todos se dedican a vender piedra y cosechar arroz. Solo el anciano aquel, con su atarraya, sigue intentando sacar peces del muerto caudal del que fuera el rio Maxo.
A pesar de los cambios en sus tareas, y de que tuvieron que hacer nuevas herramientas y desarrollar nuevas destrezas, estas personas siguen teniendo los mismos valores de siempre, y mantienen sus vidas sencillas y sus conversaciones animadas. Sus tradiciones permanecen aunque las comidas y el calendario han cambiado de forma radical.
En cambio, el último pescador nunca volvió a cenar a la mesa con sus hermanos. No participa del festival. No es el que antes era. A pesar de lo mucho que se esfuerza por seguir en aquellos días de antes, cuando volvía a casa muy alegre con Raúl, Miranda y Javier, más temprano que cualquiera del pueblo. Siempre fueron los primeros en levantarse para ir de pesca.
Hoy, es sólo él, haciendo lo imposible por seguir en donde siempre estuvo y ser quien siempre fue. Una vez cambio sus hábitos. Una sola vez se fue con los vecinos en lugar de acompañar a sus hermanos.
Se despertó, igual que todos, demasiado temprano. Por un segundo no supo que era lo que pasaba. Todavía estaba oscuro. Pero había un sonido muy extraño retumbando por el valle. Sintió curiosidad, como muchos otros. Pero sabía que debía levantarse muy pronto, así que se reacomodó en su cama y volvió a dormir, solo para despertar después, cuando el estruendo se volvió más fuerte.
Decidieron levantarse de una vez, si de todas formas no podrían descansar.
El estruendo venía del río, pero sólo uno de los cuatro hermanos decidió que era mejor ir rio arriba, investigar un poco, a pesar de que los peces desbordaban las redes.
Él se fue, se reunió con otros curiosos, se dejó arrastrar por ellos cuando llegó el momento de correr o morir.
Sus hermanos fueron sepultados por la corriente de roca.
Su cordura se hundió en la culpa y la nostalgia.
Ahora lanza una atarraya entre las piedras que ocuparon el antiguo cauce del rio, mientras el mundo avanza sin explicaciones hacia su gloria o hacia su destrucción.
La villa, en cambio, mantiene la paz mental adaptándose a las actividades pero no a los principios de un planeta que gira.

 

Vacío

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


Tenía unos enormes ojos en sus alas. Parecía el rostro de un búho. Quizá en el lugar y momento correctos esa ilusión la hubiera mantenido a salvo, pero nada vale contra la ira de un humano frente a un invasor.
Miranda se sacó la chancleta del pie izquierdo y preparó el golpe con lentitud. La gran mariposa oscura aleteó una sola vez, antes de que… Sigue leyendo

Vete

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


No me gusta decir que tengo mala suerte, pero no sé como más explicar el haber estado atrapado durante toda mi vida. Encerrado en Las Cuevas, como todos, pero también encerrado de forma especial, por ser diferente. Antes, en la burbuja que no podría protegerme para siempre. Ahora, en la habitación que mi familia ha convertido en una celda por el bien de todos.

Ellos creen que se cuidan de mí. Creen que yo causé esas muertes, porque es así como funcionan las personas normales: hacen que ocurran cosas. Yo no; no soy como los otros, no puedo provocar nada con mi voluntad. Creen que lo hago por accidente, que no es mi culpa pero debo ser controlado, alejado del mundo.  Eso de encerrar personas es nuevo por aquí, así que se limitaron a enviarme a mi habitación y sellar las salidas. Hacen que la comida aparezca aquí a las horas usuales y aunque me aburro todo el día, estoy mucho mejor así.

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Un sólo inconveniente

Malas Historias
Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.

 


 

Había muchas teorías sobre cómo fue asesinada, ¿saben? Ninguna fue demostrada y, un siglo más tarde, el misterio había sido olvidado a pesar de todo el dramatismo que se diera al asunto en su momento. La comunidad lo dejó atrás con dificultad; sus padres fallecieron, ya ancianos, con aquella carga todavía sobre sus hombros. Y la vida siguió su curso.

No escuché sobre ella hasta que… bueno, hasta que la escuché a ella. Pobre muchacha. Debió ser muy difícil todo ese tiempo en… cautiverio. Sigue leyendo

Muerte en otoño

Proyecto de Adictos a la escritura: Escritura sorpresa.
Enero 2014
Género oculto: Terror

Género oculto: Terror

Siempre lo supe: aquello que realmente debemos temer llega durante el día. Los verdaderos monstruos sí duermen. Duermen, y sueñan. Los seres más temibles sueñan con gigantescos edificios y escriben palabras dulces en papelde colores.

Cuando llegaron, mientras las hojas secas comenzaban a caer al suelo, muchos pensaron que eran inofensivos. ¿Por qué iban a dudarlo? Tenían un par de ojos humanos, un par de piernas humanas, manos con cinco dedos y una sola boca sin colmillos de fiera, lenguas bífidas o veneno letal.

Aunque la mayoría de los locales prefirió mantener la distancia, otros fueron curiosos. Los más intrépidos intentaron comunicarse con ellos. No teníamos los medios para comprender que no eran como nosotros. Y sin embargo, había algo sobre ellos… algo que no podíamos describir, ni comprender, pero que tampoco podíamos obviar. Algunos vimos el peligro aún antes de que comenzara el canto de la muerte.

Esa tonada suya, ese rugido, cesa un par de veces en el día. O al menos eso creo. Es difícil medir el tiempo desde que ellos vinieron. La última hoja de otoño ya está por caer, y yo juraría que el sol ha salido por el este sólo una pocas veces desde que llegaron.

Los que pudieron huir, lo hicieron. Unos desde el inicio, otros mucho más tarde, cuando las vidas ya habían comenzado a extinguirse por montones. Por supuesto que se fueron. No había forma de proteger sus hogares, enfrentar a los enemigos o siquiera esconderse.

Yo me quedé.

Yo no podía irme.

¿Qué puede hacer un viejo inmóvil cuando la muerte se cierne sobre él?

Justo aquí, presencié la caída de todos mis amigos, que entre quejidos perdieron la vida como lo haría yo tarde o temprano.

Quizá para muchos la certeza era una especie de consuelo. No había nada más por lo cual preocuparse, porque la muerte los abrazaría de cualquier modo. Sólo podíamos abrazarla también. Pero… Esto sonará absurdo, puesto que hablo de algo inevitable, sin embargo confieso que yo no quería morir.

Yo hubiera querido defenderme. Hubiera querido, por lo menos, sólo esta vez, lo que nunca anhelé: hubiera querido moverme.

Pero no puedo y me ha llegado el turno. La noche casi llega, y aún así con la última luz del día ellos me eligen. El brazo postizo del monstruo me alcanza y me muerde. Es un brazo que muerde. Estos monstruos son realmente espantosos. Tienen un brazo extra que te arranca trocitos en mordidas muy pero muy pequeñas y, cuando quieres darte cuenta, caes hecho cadaver.

Pero ahí no termina su maldad.

Todos hemos oído cómo sigue: cuando yo haya caído, me arrastrarán lejos de aquí, y si tengo la suerte de que no me lancen a las llamas, será porque su propósito es aún más humillante. ¿Exhibirán mi cadaver en sus salas, como parte de un mueble? ¿O lo van a triturar y terminaré siendo papel para poesía?

Mundos que se terminan

Proyecto de Adictos a la escritura: El fin del mundo frustrado.
diciembre 2012

Marcela y Julius tenían una vieja apuesta. En el 99, cuando recién se conocían, Julius esperaba que la vida en la tierra llegara a su fin junto con el año. Ella dijo que era cosa de lo mal que fuera el mundo y no de fechas previstas.

El 12 de julio del año 2000, seguían con vida, pero él estaba convencido con la nueva teoría de que el milenio no acababa todavía y tomaba aquel año extra como una segunda oportunidad. Vivía como si estuviera obligado a alcanzar todos los límites. Esa fue una de las razones por las que le declaró su amor a Marcela en aquella fecha.

Su romance resultó ser caótico. No estaban listos para ese tipo de relación. Pero ella decidió mantenerla porque le gustaba la forma en que él ponía todo de su parte. Y él decidió seguir invirtiendo esfuerzos en ella porque no quería lamentarse de haber perdido el amor mientras el mundo se terminaba.

Un año después, tenían una relación más calmada y feliz, en este mundo en el que todavía no se acababa la vida.

Y así siguieron. Todo cambiaba pero la apuesta y el amor seguían uniéndolos.

Los mayas prometían otro final. Julius volvió a poner sus cosas en orden. Perdonó algún amigo traidor, se dio un gusto que había postergado por años, volvió a jurarle amor a quien ahora era su esposa.

La diferencia era que, ahora, ella también creía. A sus ojos, la humanidad estaba lo bastante mal. Aquel planeta herido tendría que seguir sin ellos. Cosas peores habían pasado en la historia de la especie que se llama a sí misma inteligente, pero estas eran las que ella conocía, así que le parecían lo más tremendo.

No estaba interesada en hacer las paces con nadie ni resolver pendientes. El que se acabara el mundo le restaba importancia a lo que antes era de vida o muerte. ¿Para que quería estar en paz con su padre si ya no lo vería más? ¿Qué importaba si por fin terminaba ese collage que había desatendido los meses anteriores, si pronto sería destruido por la naturaleza que recuperaría su espacio?

Lo que sí aceptó, fue la invitación de Julius a una de las fiestas que habían organizado en la ciudad para esperar el gran final.

Para cuando se cansaron, habían bebido de más. Pero tenían lucidez suficiente para recordar que no debían conducir. Caminaron porque sólo eran unas pocas cuadras y no había transporte a esa hora. De todas formas eran sólo un par de cuadras.

No conducir ebrios fue lo más responsable; pero tal vez no fue lo mejor.

A media cuadra de casa, el camino de dos se cruzó con el de alguien menos responsable que conducía sin permiso el convertible de su padre.
El 22 de diciembre llegó como si nada. Había vida en la tierra. Pero Julius no lo veía de ese modo. Por un tiempo el mundo se vería muerto y él vestiría de negro y sufriría insomnio.