Privilegios

Malas Historias Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.  


Scarlett encendió la televisión, pero su mente no estaba en las noticias sobre precios congelados en la canasta básica. Miró el temporizador que había establecido para prepararse. Aún tenía varios minutos así que canceló la cuenta regresiva y se acomodó para reposar sus pies y cabeza en la cómoda silla de su tía mientras esperaba.

Había sido invitada a una fiesta en el instituto privado más prestigioso del país. El sitio en que se cocían los proyectos novedosos y se forjaban futuros brillantes.

Uno pensaría que aquellas ostentosas puertas de roble tallado se abrían solo para la crema y nata de la sociedad, pero lo cierto era que su cuerpo estudiantil era una mezcla de todo tipo de talentos, hábitos y orígenes. Y aún si no estudiaban ahí, algunos afortunados podían entrar si conseguían una invitación para cualquiera de las fiestas organizadas en el salón principal.

Y Scarlett por fin había tenido una onza de buena suerte.

Excepto porque, después pasar por ella a las seis, ofrecerle bocadillos salados y bebidas dulces, y bailar desde la salsa hasta el vals, el caballero que la había invitado la tomó de la mano y la guió a un pasillo solitario y juntos se colaron a una oficina silenciosa.

—¿Qué… hacemos aquí? —preguntó la morena, intentando ocultar su nerviosismo.

—No voy a proponerte algún jueguito picante, si eso es lo que te preocupa.

—Eh…. Está bien. Pero no responde mi pregunta.

—Pues, echa una mirada a esto. Entonces estará claro como el agua.

“Esto” se ocultaba tras una puerta metálica que daba la impresión de ser muy segura y hermética. Ella no quiso satisfacer su curiosidad y en lugar de ello se dirigió a la puerta por donde había ingresado.

Al abrirla, soltó un gritito de sorpresa y retrocedió un par de pasos, con los ojos como platos y la boca entreabierta. En el pasillo, un musculoso muchacho obstruía la salida que ella planeaba usar. Como el primero, no era demasiado alto y tenía el cabello y los ojos del color de la miel. Sus caras tenían tantos rasgos comunes que parecía que el tipo del pasillo fuera una versión mas alegre y regordeta del que permanecía dentro. Claro que, su rostro redondo no bastaba para pasar por alto que el tipo no era sol grasa: también había suficiente músculo para moler a golpes al otro chico, flaco como fideo… O a ella, para el caso.

—Felicidades, Carly. Eres la primera lo bastante lista para no asomarse. Uno esperaría que todos salgan corriendo, pero no. Es como si nadie conociera el cuento del ratón en la sopa…

—No era sopa, Stewart, era caramelo —interrumpió la voz bobalicona del que obstruía la salida.

—¡Como si pudieras recordar algo mejor que…! No importa, no importa. . Ahora, ven, Carly, asómate de todos modos.

—¿Por qué haría eso cuando ya me dijiste que es peligroso?

—Porque tengo esto —el joven escuálido abrió una gaveta cercana y sacó una pistola—, y si no eres obediente voy a dejarte como pascón.

Era un argumento convincente y Scarlett se dirigió lentamente a la puerta de metal, preguntándose si estaba saltando de la sartén al fuego.

El anfitrión abrió la puerta para ella y la invitada descubrió que no era fuego lo que la esperaba, sino cuchillos. Cuchillos gigantes varios metros abajo. Por algún mecanismo que no alcanzaba a ver, unos se balanceaban como el péndulo letal de un villano de caricatura mientras otros se deslizaban en ranuras igualmente enormes o simplemente permanecían fijos y verticales, esperando al infortunado que cayera desde la puerta.

Quizá era buen momento para pedir auxilio o suplicar por su vida, horrorizada al estar a tan poco pasos de esa afilada muerte. Quizá debía retroceder, y si hubiera sido de las temerarias, podía señalar que era difícil escoger entre quedar como colador o en rebanadas.

Nada de eso pasó por su mente. Sólo quería saber qué tipo de colegio tenia instalaciones como estas y quizá de quien era la oficina. Pero, mas importante, recorrió rápidamente el trecho entre ella y la puerta.

La incertidumbre nubló la vista del demente que la había traído aquí, pero pronto comprendió lo que ella pretendía. Sujetó lo que pudo mientras ella lo empujaba. La gravedad tiró de él, y él tiro de la puerta, que por fortuna abría hacia la habitación letal, o le habría prensado los brazos porque el tirón la habría cerrado. Aún así, tampoco era una gran ayuda sujetarse de algo con ese material y forma. Como si se sujetara de una barra de mantequilla, se resbaló casi de inmediato.

Veloz como el relámpago, el grandulón corrió en su auxilio, y de algún modo que Scarlett no llegaría a cuestionar, llegó justo a tiempo para sujetarlo por el antebrazo antes de que cayera a una muerte segura.

Eso había salido mejor de lo que esperaba la joven. En el acto echó a correr por el pasillo y se mezcló entre los asistentes de la fiesta.

A estás alturas ya circulaba algún tipo de alcohol y una considerable porción de los presentes estaba menos racional que al llegar. No pidió ayuda ni a los sobrios ni a los ebrios. Todos tenían que estar en el estofado, o alguien habría visto raro que hubiera un cuarto subterráneo con navajas.

Localizó las puertas principales y salió a la calle caliente como un horno. Corrió por su vida hasta encontrar un taxi. No la seguía nadie.

En casa, tras explicar lo ocurrido a su familia, tenía que tomar una difícil decisión: ¿llamaría a la policía antes de huir de la ciudad? No tenía ganas de llorar ni se quejó de su infortunio. No le sorprendía, a decir verdad. Hacía mucho que tenía claro que estaba frita si pretendía fiarse de su suerte, era por eso que siempre estaba lista para tener que lidiar con sorpresas horribles. En cambio, a los gemelos, aquello los tomaba por sorpresa. Se les hizo difícil conseguir un reemplazo para el sacrificio que requería lo que sus amigos llamaban la sopa mística, de donde provenían sus poderes… un tema del que no quiero hablar, ellos son reservados y yo prefiero evitar los problemas.  

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Lagartijas

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Mientras el niño usa su imaginación para recrear otra era con los dinosaurios de plástico en su habitación, un reptil más moderno utiliza la suya para tomar el sol a pesar de que esta diluviando en el patio.
Se quedó fuera desde el verano, cuando el pequeño creía que también era un dinosaurio. Fueron buenos tiempos, con preguntas sobre él y preguntas dirigidas a él.

Una vida de juguete que llegó a su fin demasiado pronto y ahora su única función  es servir de coartada para la otra lagartija que a veces se cuela en el jardín demasiado tarde. No es el papel que un juguete leal haría con gusto, pero así son las cosas para los objetos inanimados.

Cada vez que alguien mira a la otra lagartija, sus reflexiones o una conversación breve llevan a la misma conclusión: “es un juguete que el niño dejo fuera”. Y como mucho, comentan que parecía que se estaba moviendo, y se ríen de las bromas que les juega su imaginación.

Y lo dejan pasar.

Lo dejarían pasar aunque supieran que el animalito que vieron moverse no era el mismo reptil de plástico que no puede buscar refugio con este clima. Aunque quizá alguno le lanzaría una piedra. Pero no se preocuparían, no cerrarían con más cuidado las ventanas. ¿Por qué harían alboroto por una lagartija? Ya bastante tienen con preocuparse de si las lechuzas o los gatos negros llevan mensajes de muerte o infortunio prolongado.

El gato de la familia es color negro, pero no trae mala suerte y no ha sido reclamado por la bruja del pueblo, al parecer es seguro tenerlo en casa. Ni siquiera el perico necesita temerle, porque es un animalito perezoso que solo muestra interés en los bichos si son de juguete. Por eso, no hace caso a la lagartija oscura que, por fin, ha decidido entrar por la ventana abierta en el cuarto del niño.

Hoy tiene luna nueva, y la lluvia cesará muy pronto.

Hoy es un buen día para pasar la tarde con un inocente y dedicar la noche a engañarlo para que salga de casa. Hoy es un buen día para que una familia pierda su mayor tesoro y ella gane unos años más de vida.

Luces, susurros y tiza

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La primera vez que removió la puerta, fue con un trapo húmedo en las manos y mucha rabia alojándose en su pecho. Creía que era un juego de los niños de la zona, y por un tiempo se limitó a enojarse cada vez que tenía que limpiar. Pero había un pequeño detalle que le molestaba y no estaba muy seguro de qué era, hasta que decidió que voigilaría a la hora en que pasaban los chiquillos. Ahí se acordó: en esa colonia no habían niños de menos de quince años.
¿Y si en lugar de niños eran pandilleros los que pintaban una puerta de tableros en su pared frontal casi todas las semanas? No había pandillas ahí, no todavía. Pero nunca se sabe. Era un asunto preocupante, urgía borrar aquel graffitti cada vez que aparecía.
Su vecina dijo que no había visto nada, que seguramente era cosa de espíritus, o peor, algún vecino que intentaba algún ritual. Según ella no podía salir de eso nada bueno, pero a él le preocupaban mas los pandilleros.
Sin embargo, a todo se acostumbra el cuerpo, y el pobre hombre tuvo que hacerse a la idea. Una tarde, dejó la dichosa puerta justo ahí, donde alguna mano física o metafísica la había pintado.
Esa misma noche, una figura alta, delgada, con dedos de más en una mano y de menos en la otra, se detuvo frente a la puerta. Extendió una mano con cinco dedos exactos, giró el picaporte, y abrió la puerta hacia afuera.
Nadie volvió a saber del hombre que vivía en la casa de la puerta dibujada con tiza, aunque su vecina hablaría con psicólogos, sacerdotes y curanderas, sobre luces extrañas y una conversación entre susurros.

Fin del camino

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Entro en pleno día, parece buena idea. No hay nadie vigilando pero supongo que eso es a cualquier hora.
El concepto de propiedad privada todavía está vigente, sobre todo para alguien como el dueño de esta enorme casa, pero ya nadie vigila nada. Hubo un tiempo en el que nadie se preocupaba por nada más que los ladrones, porque los otros peligros les parecían muy distantes. O imposibles, como dijeron los que me acusaban de ser un demente que miraba monstruos en las sombras y garras en las ramas de los árboles. Pues hoy en día hay muchas sombras y ramas de árboles. En especial, en la propiedad de la familia Molina.
Pero consigo pasar inadvertido mientras cruzo la puerta principal.

Frente a mí se abre el enorme salón, con su decoración sobria y muebles clásicos. La televisión moderna pero no gigante. Justo en la pared del fondo, el retrato de Armando Meza Molina me dedica una mirada severa.

En el piso de arriba, se oye la risa de uno de los perros del viejo. Esos no me preocupan. He aprendido a evadir y engañar a esos retrasados mentales. Pero si uno de sus hijitos mimados me encontrara… ¡O, peor aún, su mano derecha! Se me desboca el corazón de sólo pensarlo.

Necesito moverme.

No sé por que camino encontraré lo que busco, y me temo que hay mas posibilidades arriba. ¿Me arriesgo con los perros?

Probaré las escaleras de incendio antes. Ya nadie usa escaleras de incendio.

Las vías de escape se volvieron muy valiosas después de que se armó la gorda, cuando los monstruos comenzaron a cazar a los humanos. Mucho ha ocurrido desde el día en que mi hermanastra tuvo que admitir que yo no estaba loco (la población disminuyó, los humanos empezaron a cazar al cazador , mi hermanastra fue asesinada por una pandilla que creyó que el apocalipsis era un pase libre para todo…), y ahora hay calma de nuevo. Las escaleras de incendios, están desiertas.

Creen que el problema está resuelto, yo sé que no. Así como fui el primero en comprender que el amable señor Molina, con sus donaciones millonarias a hospitales, escuelas y reservas biológicas, era una fiera letal.

Y está en alguna parte de esta casa.

Oigo pasos y me oculto tras las escaleras. Justo a tiempo. Desde mi escondite veo como arrugan la nariz al pasar y entro en pánico. Estos no son los perros estúpidos, son los recién llegados: no necesariamente listos pero al parecer, con buen olfato.

El olfato y el pelo fueron lo que determinó el sobrenombre de estos monstruos, ya sea que se escaparan de un laboratorio o de un libro encantado. Hombres lobo. Mujeres lobo. Era lo primero que se le venía a la cabeza a cualquiera que los viera.

No se ven así todo el tiempo, desde luego, pero eso lo hace aún más similar a la leyenda. Los que se alejan, confundidos por mi capa y los aromas artificiales que obtuve antes de venir, se ven como cualquier par de muchachos.

Subo las escaleras, encuentro la alcoba del dueño. La puerta se abre ante mis dilatados ojos.

Contagioso como la rabia, aunque no sea por medio de mordidas, lo que esto haya sido, se extendió antes que las noticias al respecto. Pero el primero fue este hombre.

Molina, el primer hombre lobo.

Y yo me he colado en su casa.

Sonríe.

—Vaya vaya. El último humano. ¿Has venido a aceptar la oferta que te hice entes de que nadie creyera siquiera en todo esto?

No tengo mas remedio. Todos aceptaron el brebaje que los haría mas aptos para sobrevivir: la fiera y el humano, todo en uno.

La idea no me agrada, pero ya no tiene sentido ir contra la corriente.

En ambas direcciones, como el amor

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—Me buscaste un remplazo —recrimina, con una mueca de ira deformando su preciosa cara.

Sus manos tiemblan, es evidente cuando deja de usarlas para revolverse el cabello. Las lágrimas ruedan sobre sus mejillas enrojecidas mientras pasea como león enjaulado.

Vuelve a sentarse, sus miradas se cruzan y se levanta de un salto.

—Dijiste que me amabas y que no cambiaría con la distancia —agrega, ahora en voz mas baja, pero mas venenosa—. Esto me dice justo lo contrario.

Esta vez hay respuesta. La voz es tan alta que podría decirse que ya llegaron a los gritos; hay un ligero temblor en algunas de las palabras.

—Lo que dice, es que el lugar que debías ocupar estaba desolado. Cuando te necesité, no encontré a nadie. Tuve que conformarme con quien me quisiera, porque tú me defraudaste.

—¡No te atrevas! —grita, mientras va hacia la puerta.—. ¡Fuiste tú quien me defraudó a mí!

Desaparece de la vista, cerrando de un portazo, dejando a solas a su pareja… A su ex, que ahora entierra la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa.

El silencio vibra entra las paredes hasta que arañan los primeros sollozos.

Reglas

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El abogado está obsesionado con la limpieza. No le gusta limpiar ni cree que semejante tarea corresponda a alguien de su posición. Pero se encarga porque no lo hace nadie más y él no puede soportar la suciedad.
Así ha sido siempre, así seguirá. Y así era cuando encontró la lámpara de aceite que tras una frotada quedo brillante y dejo salir a un genio, se aclaró la garganta y se echó ese discurso que ya todos nos conocemos, con lo de los tres deseos y las normas.
El abogado se apresuró a pedir que su abuelo se mudara a vivir con él. Lo había querido mucho desde su más tierna infancia, y justo le habían informado sobre su muerte, pocas horas atrás.

—Sé que parece muy oportuno que me encontraras justo cuando enfrentas esa pérdida, pero recuerda que no puedo resucitar a los muertos.

El abogado lo llevó a las oficinas pertinentes para demostrarle que no había ningún registro en ningún lado de que el abuelo ausente hubiera muerto, y después de unos mese de litigio, se dictaminó que el deseo debía concederse.

El genio se sentía insultado, pero la ley era la ley y cumplió.

Pronto, ese reanimado caballero recomendó a su nieto que se casara para no estar solo en la vejez, y el abogado pidió una esposa práctica, inteligente y educada.

—No se puede. La tercera regla es que no influimos en el amor.

—No he dicho nada de amor, no necesito semejante cosa porque es muy inconstante y demandante.

Y así obtuvo una esposa el abogado. Pero con todo y su falta de sentimentalismo, el hombre práctico era justo lo que ella buscaba y pronto se vio enamorada y vivieron muy felices durante dos días.

Pudo ser mucho más, pero todos murieron a causa del último deseo del abogado.

Con cada ser humano enterrado, los genios se aburrían, y uno le preguntó porque -y cómo- había cumplido un deseo que eliminara a tantos.

—Su deseo era válido, no era contra ninguna regla, así que podía cumplirlo.

—¿Pues que pidió?

—Que todo esté limpio todo el tiempo.

Lenguaje

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Lo segundo que mis ojos somnolientos consiguen enfocar es una carpa, no muy lejos de el sitio oscuro en que desperté hace un segundo.
Una vez más intento pedir ayuda, pero mi clamor se pierde entre la interminable mezcla de música, voces, risas… ¡Todas esas personas desprevenidas! Incluso traen niños y cometen la imprudencia de soltar sus pequeñas manos y dejarlos correr en este peligroso sitio.
Creen que el circo es divertido, y sí estas en el sitio correcto, supongo que lo es. Pero no por ello es seguro.

—¡Vete! ¡No estás a salvo! —intento advertirle al niño que se me queda mirando.

Por un segundo, la preocupación en su rostro me dice que lme entiende, que está bien que llore y que llame a su mamá, porque eso significa que se irá antes de que le ocurra algo terrible. Pero no. Lo asustó mi voz, que no puede comprender.

—¡Huyan! —insisto, desesperado—. ¡Antes de que los encierren, loa azoten y les prendan fuego!

Pero no tiene caso. No entienden mi lenguaje.

Un día, cuando haya olvidado lo que fui, tampoco voy a poder entenderlos.

La mejor defensa

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Érase una vez, un ratoncito que vivía feliz en el campo, rodeado de casas habitadas por personas ocupadas pero con más comida de la que podían consumir. Eran personas que odiaban a las alimañas y no se medían a la hora de comprar trampas, pero el pequeño roedor no se preocupaba, porque no había trampas en el basurero exterior, donde él tomaba sus banquetes en silencio.
Un día desafortunado, llegó un nuevo vecino a la región, un gato rayado de andar elegante, voz dulce y muy corta edad. El minino había hecho un viaje bastante largo y tenía hambre, así que persiguió al ratoncillo desde que llegó.

Después de huir y ocultarse por dos días, el perseguido decidió que debía deshacerse de aquella amenaza, así que lo tentó a perseguirlo y lo guió hasta las casas, con sus jardines llenos de trampas y, en ese día de la semana, de personas.

No ocurrió ninguna de las tragedias que él había decidido cargar en su conciencia, pero el gato perdió interés en su víctima después de un rato de que los niños acariciaran sus orejas y le ofrecieran golosinas.

El nuevo vecino jamás se marchó, pero sus amigos humanos le daban tanta comida, que el ratoncito no tuvo que volver a preocuparse por la posibilidad de convertirse en la cena.

 

Moraleja: a menudo olvidamos que nuestros supuestos enemigos pueden cambiar su actitud una vez que tienen la panza llena y un poco de cariño.

Distante

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Es medianoche. Melinda quiere bailar un vals y su ignoto hermano gemelo le ofrece la mano como invitación.

—¿Debería tener miedo? —pregunta la adolescente, mientras asumen la posición inicial.

—Hay un par de posibilidades bastante aterradoras —responde él, y hoy su voz es grave por primera vez—, pero no ganas nada con asustarte en éste momento.

—Sin miedo, entonces.

La música es la voz distante de personas ocupadas y un constante bip bip bip, que a veces pierde el ritmo. Pero es un vals perfecto para ellos.

—¿Puedes decidir eso, Mels? —la curiosidad de su hermano es auténtica.

—Aquí sí. ¿Tú no?

Sus rizos negros se sacuden cuando él niega con la cabeza.

—Yo estoy muy asustado ahora.

La luz es brillante pero no ayuda a ver bien, sólo opaca las estrellas. Es imposible definir de donde proviene y cuál es su propósito.

—¿Y tú por qué?

—Si todo sale como ellos quieren, no vendrás más por aquí.

El bip se acelera y desaparece antes de regresar con mejor ritmo.

—Vendré, tarde o temprano. O me quedaré.

—Que no te asuste. Cuando tengas la experiencia completa te gustara. Preocúpate de que hagan algo tonto y no puedas sentir los dedos ni quedarte aquí.

—Lo sé. Y a veces pienso en quedarme. Pero, nuestra familia…

—Todo a su tiempo, hermanita.

Las luces se apagan.

—Oh… Buena  suerte allá…

Apenas puede oír esa última palabra y lo demás llega como un susurro demasiado lejano como para entenderlo, pero aún puede sentir las manos de su hermano sujetando las de ella,

—Gracias, hermanito… Volveré de un modo u otro. Y… Lamento lo del cordón umbilical.

Quizá no alcanzó a oírla, ahora él ha desaparecido, desaparece todo… Oh, sí hay una luz, y personas con batas…

—Algo está mal..

—Está despierta.

Las personas en batas intercambian frases y alguien resuelve el problema que había surgido con la anestesia.

 

Última y primera

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No hay nada de inocente en el timbrar de un teléfono público.

No cuando él teléfono en cuestión está casi completamente solo; no con todas esas historias de terror.

Pero Helena se acerca de todas formas, porque el sonido no cesa y quizá alguien del otro lado necesita que le expliquen que es el número equivocado o que se fue la persona a la que busca.

Levanta el auricular, abre la boca para explicar, y se queda de piedra cuando una voz esperanzada al otro lado de la linea busca verificar:

—¿Helena Ramos?

—Este es un teléfono público… —Intenta evadir la pregunta, quien sea esa persona ella no lo conoce.

—Lo sé. Pero… ¿Eres Helena, en enero del 2001? O, quizá… ¿Preguntas a la gente? Revisé los cálculos un millón de veces, debe estar ahí ahora…

No supo más. Que la vigilara un extraño daba miedo, y ella no jugaría ese juego, así que colgó y siguió con su camino… directo al cruce donde un camioncito repartidor de golosinas no vio ni la luz roja ni a la mujer que aprovechaba su turno de pasar.

Fue la última llamada para ella.

Era la primera para el operador de Cambiando Pasados S.A., que nunca olvidaría aquel fracaso inicial.