Cupido no es un buen tipo

Lucas era bueno con las palabras, pero resultaba difícil concentrarse en la misiva mientras escuchaba a su compañero de habitación quejarse de lo fastidioso que era escribir un reporte sobre la razón para mantener el acceso a la educación en una dictadura. Que si le parecía enfermo que hubiera “una” razón, como quien habla de la única verdad; que si era una razón ridícula por esto; que si era una falacia por aquello. En general, Marcelo odiaba la asignatura.
―Cualquier persona que pueda entender la mitad de esa basura también ha de entender que las dictaduras son vulnerables ―dijo, como si recién llegara a esa conclusión, aunque lo repetía todos los miércoles y lunes―. Lo único que dura es la Democracia de la Miseria.
Ocupado como estaba con la carta, no se le ocurrió una forma sutil de cambiar el tema. En cambio, le siguió la corriente:
―En todo caso, gobernar no paga en nuestra época. La Tolerancia le ata las manos a cualquiera. No entiendo por qué dan Sociología para Dictadores… ¿Y tú, por qué la tomas?
―Me equivoqué de renglón al apuntar las clases ―suspiró el primero.
Por un momento guardó silencio y Lucas estuvo tentado a albergar la esperanza de que ya dejaría de distraerlo. Sin embargo, la sombra que se proyectó sobre el papel decorado le advirtió que Marcelo se había acercado, como siempre, sin hacer el menor ruido.
―Oye… eso no es tarea… es una… ¡¿Carta cursi?!
―No ―replicó, irritado, y sin dejar de escribir, comenzó una explicación que acabaría pronto con el interrogatorio―. ¿Supiste que Annie…?
No pudo ni terminar la pregunta introductoria antes de ser interrumpido con una exagerada exclamación de sorpresa.
―¡¡No puede ser!! ¿Tú? Digo, todos sabemos que estás obsesionado con ella, pero ¿esto? Como sigas así, te expulsarán.
―¡No, idiota! ―gruñó Lucas, y abrió la boca para intentar explicarse una vez más.
―No te preocupes ―Marcelo interrumpió de nuevo―, no voy a decirle a…
―Claro que no. Porque sabes que lo pagarías caro. Pero todavía no sabes qué secreto estás guardando.
―¿No?
―¿Recuerdas que ella recibió una carta de Jaime Nafar?
Confundido, Marcelo asintió: lo recordaba.
―No tiene oportunidad ―dijo, todavía llevando el mentón de arriba a abajo a pesar de dar lo que él suponía una mala noticia―. Tú, menos. Le gusta Milton.
Por primera vez en la conversación, el enamorado de Annie se dignó a mirar a su interlocutor.
―¿Ya se habla de eso? ―quiso saber. Dar explicaciones podía esperar.
―Sip. Y claro, él tiene complejo de secuaz, así que ni bien se enteró, se puso de tapete.
―Oh. Eso va más rápido de lo que esperaba ―reflexionó Lucas―. Ojalá no vaya a cuajar antes de que ella se embobe por el otro.
―¿Qué? ¿Tú… tienes algo que ver con eso?
―Es lo que iba a decirte, acelerado. Envío cartas y disperso rumores para que ella tenga que elegir entre un enamoramiento que no le conviene con Jaime y poder usar al estúpido pero complaciente Milton. ¿Ves?
―¡Claro! ¡Y así podrás…! Eh… ―después de meditarlo un segundo, Marcelo se dio por vencido―. ¿Qué vas a ganar? Ella se pondrá gruñona y tratará peor a todos. Incluyéndote.
―¿Necesito dibujarte todo? Lo hago sólo para verla arrancándose el cabello. Me encanta cuando hace eso ―confesó, con una sonrisa perversa… ¿o era una sonrisa dulce? Cuando se trataba de esa chica, ni él mismo sabía.
Sí, las expresiones de ira controlada de su amor platónico le encantaban. Pero más le gustaba verla patear a todo el que se atravesara, incluso… mejor dicho: especialmente si eso lo incluía. Pero ese era su secreto.
―Oye, ¿y si no funciona? Annie es… ―Marcelo no parecía convencido de poder decir “rara” en presencia del peligroso enamorado de la chica, aunque dicho sujeto lo dijera todo el tiempo.
―Perfecta. Pero también es una chica. La naturaleza, que es la peor villana posible, la diseñó para procrear; y Jaime es… buen material genético.
A Marcelo no le sorprendió escuchar eso viniendo de uno de los últimos misóginos del país, pero se quedó con los ojos cuadrados cuando, media hora después, Annie le dio la razón.
―¿En serio no lo sabías? ―agregó, con desdén, al observar su reacción.
―Las chicas siempre lo niegan ―dijo él, tímidamente.
―Ellas sabrán por qué lo hacen. Pero siempre es posible que esos problemas se presenten, así que lo resolví con anticipación. En todo caso, ese niño consentido no es tan buena opción. Tengo mejor ADN en mente.
―¿Es un chiste? ¿No te gusta? Pero si por aquí la mitad quieren casarse con él y la otra mitad queremos ser como él…
―Quizá. Pero es porque no se han detenido a pensarlo. Jaime sólo tiene recursos. Y talento.
―¿Quieres más?
―Por supuesto. Alguien que no tenga habilidad para desperdiciar todo eso. Y, ¿a ti que te importa, metiche? No somos amigos, sólo hacemos un negocio.
Marcelo asintió, con nerviosismo, y preguntó algo que la huérfana seguía sin responder:
―¿Qué vas a hacer con Lucas?
―¿No debiste esperar la respuesta antes de contarme todo? ―inquirió Annie, su voz habitualmente áspera se había convertido en seda, su sonrisa mostraba colmillos felinos.
―N-no es que tuviera muchas opciones.
―Dos son todas las que se necesitan. Sólo tenías que decir que no estabas interesado en el intercambio.
―¿Y reprobar Sociología? No puedo da…
―Me aburres con tus quejas.
―Lo siento.
La sonrisa se volvió más humana, pero no menos temible.
―No haré nada con Lucas ―respondió Annie, por fin.
Marcelo abrió un poco la boca e inclinó la cabeza.
―¿No?
―Ni le diré que su esbirro lo delató, tampoco.
―¡No soy su esbirro! ―se defendió él.
Ella puso cara de sorpresa por un instante tan breve que Marcelo jamás sabría si realmente había ocurrido.
―No te preocupes ―consoló, de inmediato, como si él hubiera estado lamentándose—. Si no te ha dado el título es porque le gusta dárselas de autosuficiente. No porque sospeche que eres poco confiable.
En efecto, no hizo nada en contra de Lucas. Sólo observó en silencio como Marcelo se volvía en su contra en un esfuerzo por evitar la fama de lamebotas y el título de secuaz.
En cuando a Milton y Jaime, ella no le miraba ningún problema. En la era de la tolerancia no hacia falta elegir.

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Privilegios

Malas Historias Colección de relatos inspirada en los disparadores literarios que propone la Agenda Creativa 2016 de Indigo Crea.  


Scarlett encendió la televisión, pero su mente no estaba en las noticias sobre precios congelados en la canasta básica. Miró el temporizador que había establecido para prepararse. Aún tenía varios minutos así que canceló la cuenta regresiva y se acomodó para reposar sus pies y cabeza en la cómoda silla de su tía mientras esperaba.

Había sido invitada a una fiesta en el instituto privado más prestigioso del país. El sitio en que se cocían los proyectos novedosos y se forjaban futuros brillantes.

Uno pensaría que aquellas ostentosas puertas de roble tallado se abrían solo para la crema y nata de la sociedad, pero lo cierto era que su cuerpo estudiantil era una mezcla de todo tipo de talentos, hábitos y orígenes. Y aún si no estudiaban ahí, algunos afortunados podían entrar si conseguían una invitación para cualquiera de las fiestas organizadas en el salón principal.

Y Scarlett por fin había tenido una onza de buena suerte.

Excepto porque, después pasar por ella a las seis, ofrecerle bocadillos salados y bebidas dulces, y bailar desde la salsa hasta el vals, el caballero que la había invitado la tomó de la mano y la guió a un pasillo solitario y juntos se colaron a una oficina silenciosa.

—¿Qué… hacemos aquí? —preguntó la morena, intentando ocultar su nerviosismo.

—No voy a proponerte algún jueguito picante, si eso es lo que te preocupa.

—Eh…. Está bien. Pero no responde mi pregunta.

—Pues, echa una mirada a esto. Entonces estará claro como el agua.

“Esto” se ocultaba tras una puerta metálica que daba la impresión de ser muy segura y hermética. Ella no quiso satisfacer su curiosidad y en lugar de ello se dirigió a la puerta por donde había ingresado.

Al abrirla, soltó un gritito de sorpresa y retrocedió un par de pasos, con los ojos como platos y la boca entreabierta. En el pasillo, un musculoso muchacho obstruía la salida que ella planeaba usar. Como el primero, no era demasiado alto y tenía el cabello y los ojos del color de la miel. Sus caras tenían tantos rasgos comunes que parecía que el tipo del pasillo fuera una versión mas alegre y regordeta del que permanecía dentro. Claro que, su rostro redondo no bastaba para pasar por alto que el tipo no era sol grasa: también había suficiente músculo para moler a golpes al otro chico, flaco como fideo… O a ella, para el caso.

—Felicidades, Carly. Eres la primera lo bastante lista para no asomarse. Uno esperaría que todos salgan corriendo, pero no. Es como si nadie conociera el cuento del ratón en la sopa…

—No era sopa, Stewart, era caramelo —interrumpió la voz bobalicona del que obstruía la salida.

—¡Como si pudieras recordar algo mejor que…! No importa, no importa. . Ahora, ven, Carly, asómate de todos modos.

—¿Por qué haría eso cuando ya me dijiste que es peligroso?

—Porque tengo esto —el joven escuálido abrió una gaveta cercana y sacó una pistola—, y si no eres obediente voy a dejarte como pascón.

Era un argumento convincente y Scarlett se dirigió lentamente a la puerta de metal, preguntándose si estaba saltando de la sartén al fuego.

El anfitrión abrió la puerta para ella y la invitada descubrió que no era fuego lo que la esperaba, sino cuchillos. Cuchillos gigantes varios metros abajo. Por algún mecanismo que no alcanzaba a ver, unos se balanceaban como el péndulo letal de un villano de caricatura mientras otros se deslizaban en ranuras igualmente enormes o simplemente permanecían fijos y verticales, esperando al infortunado que cayera desde la puerta.

Quizá era buen momento para pedir auxilio o suplicar por su vida, horrorizada al estar a tan poco pasos de esa afilada muerte. Quizá debía retroceder, y si hubiera sido de las temerarias, podía señalar que era difícil escoger entre quedar como colador o en rebanadas.

Nada de eso pasó por su mente. Sólo quería saber qué tipo de colegio tenia instalaciones como estas y quizá de quien era la oficina. Pero, mas importante, recorrió rápidamente el trecho entre ella y la puerta.

La incertidumbre nubló la vista del demente que la había traído aquí, pero pronto comprendió lo que ella pretendía. Sujetó lo que pudo mientras ella lo empujaba. La gravedad tiró de él, y él tiro de la puerta, que por fortuna abría hacia la habitación letal, o le habría prensado los brazos porque el tirón la habría cerrado. Aún así, tampoco era una gran ayuda sujetarse de algo con ese material y forma. Como si se sujetara de una barra de mantequilla, se resbaló casi de inmediato.

Veloz como el relámpago, el grandulón corrió en su auxilio, y de algún modo que Scarlett no llegaría a cuestionar, llegó justo a tiempo para sujetarlo por el antebrazo antes de que cayera a una muerte segura.

Eso había salido mejor de lo que esperaba la joven. En el acto echó a correr por el pasillo y se mezcló entre los asistentes de la fiesta.

A estás alturas ya circulaba algún tipo de alcohol y una considerable porción de los presentes estaba menos racional que al llegar. No pidió ayuda ni a los sobrios ni a los ebrios. Todos tenían que estar en el estofado, o alguien habría visto raro que hubiera un cuarto subterráneo con navajas.

Localizó las puertas principales y salió a la calle caliente como un horno. Corrió por su vida hasta encontrar un taxi. No la seguía nadie.

En casa, tras explicar lo ocurrido a su familia, tenía que tomar una difícil decisión: ¿llamaría a la policía antes de huir de la ciudad? No tenía ganas de llorar ni se quejó de su infortunio. No le sorprendía, a decir verdad. Hacía mucho que tenía claro que estaba frita si pretendía fiarse de su suerte, era por eso que siempre estaba lista para tener que lidiar con sorpresas horribles. En cambio, a los gemelos, aquello los tomaba por sorpresa. Se les hizo difícil conseguir un reemplazo para el sacrificio que requería lo que sus amigos llamaban la sopa mística, de donde provenían sus poderes… un tema del que no quiero hablar, ellos son reservados y yo prefiero evitar los problemas.